Hay un modelo Netflix de producción de documentales: biográficos, por momentos hagiográficos, conforman –o eso pretenden- una visión totalizante y poco cuestionadora del sujeto del que se ocupan. Suelen concentrarse en una línea temporal y en la sucesión de hechos destacables sin detenerse demasiado a la hora de pensar debilidades o contradicciones: su fuerte es la organización de imágenes de archivo y su cruzamiento con la opinión de personajes cercanos. En la mayor parte de los casos, se asemejan a esos videos de casamientos o cumpleaños especiales en los que los invitados terminan hablando siempre en buenos términos del homenajeado, que, vamos, es quien termina pagando la fiesta de una manera o de otra y no hay que ser desagradecido.

Hay que reconocer que la aparición de otras plataformas de streaming implica la necesidad de dar competencia. Y en la competencia hay que diferenciarse por una razón obvia: quién va a pensar en adquirir la copia si al mismo precio tiene el original. HBO parece entrar con Tina a disputarle a Netflix ese predominio en el segmento de ese tipo de documentales de los últimos años. Se nota ya en el título, donde el nombre lo resume todo –piensen en cuántos documentales de Netflix ponen el nombre, o el apellido, depende qué represente más, por sobre cualquier título.

Desde ahí, plantea las posibles diferencias. Romper con esa estructura de línea de tiempo. Poner al personaje como parte de las entrevistas. No dejar que todo se lo lleve el material de archivo. Pensar al personaje reflexionando sobre su propia historia desde el presente. La gran pregunta, en todo caso, es para qué lo hace.

En Tina lo que parece mandar no es lo que uno espera del documental sobre un artista: que se centre en su trabajo, que se analicen sus cambios, sus evoluciones, su carrera como parte de un devenir histórico. En Tina lo que hay es un esfuerzo sobredimensionado por transformar un documental en un programa televisivo en el que se ventilan historias del pasado. De un pasado doloroso para el personaje pero atractivo para el espectador. Eso que habitualmente despierta el morbo.

Y es que el problema del documental se reduce al punto de partida que elige. Una entrevista que Tina Turner da en el año 1981 a la revista People, en donde cuenta por primera vez los maltratos y abusos a los que fue sometida por su ex marido Ike Turner. El “hallazgo” que el documental pretende poner en el centro consiste en recuperar las cintas de esa entrevista –que de hallazgo tiene poco ya que las cede el periodista que la entrevistó, quien a su vez también aparece en el documental-, como si en sí mismas tuvieran un valor excepcional. Las cintas no revelan nada diferente de lo que se conoce, ni de lo que reveló aquella entrevista en su formato gráfico, ni de lo que se conoció cuando Tina escribió su biografía unos años después. No hay aquí una recuperación que permita rearmar toda una historia –como pasaba con las cintas de Belushi, por ejemplo, originalmente utilizadas para una biografía en formato libro pero que en la película adquiere una dimensión coral del personaje-, sino una especie de eterno retorno al mismo punto para contar la misma historia.

Esas cintas y la relación conflictiva con Ike Turner se llevan los primeros 56 minutos –casi la mitad del total- de película íntegros. No es que no haya momentos de interés en ese lapso –las imágenes de Tina Turner en sus actuaciones en vivo o en televisión en la década del 60 y comienzos de los 70 tienen una energía que la película no sabe aprovechar-, sino que resulta un despropósito dedicarle esa cantidad de tiempo. Porque el efecto que se produce es que uno empieza a pensar que el documental no debería llamarse como se llama, sino Ike & Tina –y el orden de los factores es deliberado.

Es después de esa primera mitad que el espectador empieza a pensar que ahora sí, que liberada de Ike, conservando su apellido como señal de su propia construcción artística, ahora sí tendremos a Tina Turner en pantalla. Pero como si se tratara de una obsesión, el relato vuelve una y otra vez a Ike. Lo muestra en una entrevista de 1991, cuando parece comprender qué fue lo que pasó en la relación entre ambos. Se regodea en remarcar que Tina debió trabajar en Las Vegas para pagar las deudas que Ike no pagó. Vuelve sobre los fragmentos de entrevistas televisivas en los que solo le preguntan por los años de relación con Ike. Y, como si fuera poco, sigue utilizando las cintas de 1981, para cada vez que Ike es mencionado por cualquier motivo. Es en ese momento que se comprende que no se trata de un documental de Tina Turner, sino de la sombra en que Ike Turner se convirtió en su vida. Hay un par de momentos aparentemente banales en los que esa desproporción se vuelve evidente. En algún momento de la segunda mitad de la película, vemos la casa de Tina Turner en Suiza: una mansión hermosa y elegante, que la cámara recorre registrando los rastros de Tina en las paredes de la casa –posters, pinturas, premios-, y por sobre todo, la decoración barroca –al borde del mal gusto, por cierto- de sus habitaciones. Pero en toda la casa no hay nadie. No hay rastros de vida. En cambio, la casa que compartió con Ike aparece varias veces. Tomada desde afuera, comparando fotos de la época con su estado actual. Pero sobre todo, aparece en un travelling que recorre los pasillos hasta la habitación de la pareja: un travelling que se triplica, utilizado en dos oportunidades para narrar el momento en que el hijo de Tina descubrió a Ike golpeándola y para narrar parte del proceso de ruptura, pero que también se recobra en la escena de la ficción Tina-What’s love gotto do with it que pone en escena el momento en que Ike la lleva a Tina agarrándola de los pelos y arrastrándola hasta la habitación. A diferencia de la otra casa, esos espacios vacíos funcionan como evocativos de algo que sucedió en una intimidad que la cámara hubiera deseado registrar.

Es por esa misma razón que el breve lapso en el que el documental se concentra en el regreso de Tina Turner a las grandes ligas a mediados de la década del 80, con la energía del pasado intacta –aunque haya perdido parte de la originalidad radical de los inicios en pos de un pop globalizado pero eficiente-, es el momento más disfrutable en tanto se vuelve a la música, a la cadena de casualidades que lleva a ese impacto mundial inesperado a partir de un cover de una ignota banda pop australiana. Si parece demasiado poco para un documental que pretende ser la despedida de la artista de sus fans mundiales para retirarse a la privacidad definitiva en los años que le queden de vida –no hay que olvidar que tiene 81 años aunque no los parezca-, es porque, sí, es poco. Y porque la sombra de Ike sigue sobrevolando cuando gana un Grammy, cuando entra en el Salón de la Fama y hasta el día de su muerte: Tina, en lo que plantea el documental, nunca pudo liberarse de su ex marido.

Pero en verdad, habría que verlo de otra manera. El documental en sí mismo hace todo aquello que Tina Turner quiere dejar atrás, como ella misma lo dice. La nota en People fue el intento de contar lo ocurrido para poder superarlo y no tener que volver a contarlo. La biografía que escribió durante su estrellato de los 80 la obligó a volver una y otra vez sobre esos episodios, no solo en la escritura, sino en las preguntas de las entrevistas de promoción. Y como no hay dos sin tres, el documental, en un  ejercicio casi perverso, hace que Tina Turner vuelva sobre ese pasado que quiso dejar atrás, 40 años después. Lo único que deja en claro es que no es que ella no tenga la decisión de dejarlo atrás. Es que, una y otra vez, los que necesitan reciclar la basura y el morbo seguirán estando ahí para recordárselo, como si contarlo una vez haya sido su condena y entonces deba contar la misma historia eternamente.

Tina (Estados Unidos, 2021). Directores: Daniel Lindsay, T.J. Martin. Guion: Daniel Lindsay, T.J. Martin. Fotografía: Dimitri Karakatsanis, Megan Stacey, Montaje: Taryn Gould, Carter Gunn, T.J. Martin. Duración: 118 minutos. Disponible en HBO Go.


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