01“Si uno no tiene a quién contarle sus cosas, se las va olvidando.”

(Saajan Fernandes, protagonista de Amor a la carta)

Si se hubiera estrenado veintipico de años atrás, cuando todavía había matices en la cartelera de estrenos en Argentina, tal vez el film hindú Amor a la carta hubiera sido un gran éxito, de esos que nos creaban fama de paladares negros en la taquilla mundial. Hasta hubiera sumado puntos aún con ese lavado y trillado título que reemplaza al original, que podría traducirse como «La vianda» o la más anglófila «La lunchera» o «La lonchera», según la adopción castiza del término. En fin, cada vez peor.

Esta vianda tiene todos los platitos con sabores de seguro éxito en la platea, y hasta podríamos decir que apenas cambiando los actores podría tener –muy probablemente la haya- una remake estadounidense. Y ya que estamos pronosticando, protagonizada por jóvenes sucedáneos de Tom Hanks y Meg Ryan, dados los puntos de contacto que tiene a simple vista con Tienes un E-mail, de Nora Ephron (1998) y, por ende, con la queridísima El bazar de las sorpresas, de Ernest Lubitsch (1940). Una comedia blanca y clásica que fácilmente puede tomarse como un producto hindú de exportación, un guiño de Bollywood a Hollywood. Pero en todo caso lo que hace aquí el guionista y director debutante Ritesh Batra es pintar su aldea con un color universal apelando al humor y la agudeza, aún donde la raíz profunda es el drama.

Vidas y viandas cruzadas. Las dabbas  son las conocidas latas cilíndricas apilables, clásico envase de las viandas a domicilio. En Bombay existe un servicio muy especializado que data de hace más de cien años. Si en un principio buscaba satisfacer gustos específicos de los ingleses en la India colonial, hoy en día el ajetreo laboral –al igual que en gran parte del resto del mundo- lo ha convertido en costumbre y necesidad de cualquier empleado, perdiéndose el hábito del almuerzo en la comodidad del hogar propio. Los dabbawalas –repartidores- recogen en hogares y rotiserías las “luncheras” que llegan a tener un recorrido a veces bastante largo hasta su destino que hasta incluye bicicleta y tren, transporte que presenta y despide la película, y nos introduce en la capital india y su ritmo de urbe súper poblada.

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Saajan Fernandes es un viudo a punto de jubilarse de su rutinario trabajo de oficina que comparte amontonado con un puñado de compañeros, y puntualmente recibe su consabida porción de coliflor a modo de vianda contratada. Un día, por equivocación, dejan en su escritorio la exquisita dabba que Ila preparó ilusionada para su indolente marido como recurso alternativo para mejorar la relación. Cuando la abnegada esposa advierte el error, luego de comprobar que su marido no parece muy estimulado con el cambio (te la encargo, coliflor toda la semana), enviará una nota al desconocido degustador que, en vez de encarrilar la situación, iniciará un extendido correo gastronómico/sentimental entre ambos. Cada nota irá creciendo en tamaño como en confidencialidad, involucrando sus realidades y hasta sus fantasías, aunque el guión de Batra y los silencios y miradas profundas de ambos protagonistas (inmejorables Irrfan Khan y la bellísima Nimrat Kaur) mantienen este cuento anclado a tierra y, por ende, a la irreversible realidad urbana.

Rodajas de vida. Con ritmo pausado, sin necesidad de altisonancias occidentales, Amor a la carta  entrega un pequeño puñado de personajes que encuentran un resquicio de humanidad y compañía en medio de las peores soledades: la que va acompañada por el silencio hogareño (el de Ila, cuyo único diálogo diario es con su tía para intercambiar recetas, resuelto a través de un ingenioso y contundente fuera de campo que resalta lo reducido de la cotidaneidad de la ama de casa) y la que es aturdida por el batifondo social (la oficina de Saajan y sus viajes en tren que nada tienen que envidiarle a las horas pico porteñas). Para más, un tercer protagonista, Shaikh, provee el contraste total: es quien aspira al puesto de Saajan y es joven,  pura vitalidad, sonrisa y charla, en vísperas de casarse y con toda la vida por delante. También será él quien, junto con las cartas vianderas, mueva inesperadamente los cimientos de la resignación de un hombre que se ve ante el ocaso de su vida.

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A pesar de la aparente linealidad de la trama, Amor a la carta despliega en su tono acogedor un sutil contrapunto entre el casi anacrónico recurso de escribir cartas, de narrar escenas de vida cotidiana, y el mundo atribulado que nos empuja a que nos programemos para contar cuitas, alegrías y penurias inevitable y únicamente en un diván o frente a impersonales compañías que no nos motivan. De allí la reveladora frase de Saajan que se destaca más arriba y termina de abrir ese caparazón de silencio en la vida del protagonista masculino: el improbable encuentro entre quien necesita desesperadamente hablar y abrirse y quien va cerrando puertas con la mirada más en el pasado que en el presente.

Amor a la carta (Dabba, India, 2013), de Ritesh Batra, c/Irrfan Khan, Nimrat Kaur, Nawazuddin Siddiqui, 104′.


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