Bruce Wayne detesta a los suyos: millonarios, poderosos, dueños de empresas, conglomerados, dinastías, mafias, prostíbulos, narcotráfico, corruptelas, decadencias.

Bruce Wayne los detesta porque siempre entendió que su padre, Thomas, era “diferente” a ellos, era su contracara, era la excepción que derrumbaba la regla.

Bruce Wayne los detesta porque entiende que el ladrón que mató a su padre y a su madre a la salida del cine era, en el peor de los casos, un miserable delincuente producto de esta clase oligarca a la cual él tanto detesta y de la cual, sin embargo, forma parte.

Bruce Wayne forma parte porque el dinero le da poder y el poder satisface sus deseos más perversos: le otorga el acceso ilimitado  a un mundo tecnológico infinitamente complejo que le permite estar un paso adelante de cualquiera de esos delincuentes (del rango social que sea) que tanto odia.

Bruce Wayne está un paso adelante a partir de lo que el dinero le compra en tecnología y lo que él potencia con su mente: es un superdotado en ciencias y en criminología. Es, posiblemente, el detective más impresionante de todos los tiempos.

Bruce Wayne tiene a Gotham, su ciudad, ese émulo oscuro de la Chicago de Capone y de todas las mafias habidas y por haber, como su laboratorio de pruebas. Como un tablero de ajedrez cruel y frenético. Allí investiga, allí instiga, allí induce, allí hace venganza por mano propia. Allí es ley y ejecutante. Allí fogonea un sentido a su atormentada vida que parece necesitar sobredosis de sadismo vuelto masoquismo en ese cuerpo lleno de cicatrices que tiene por cada lucha bestial que ha sufrido.

Bruce Wayne se viste como un murciélago gigante para imprimir miedo -según él- y para esconder su persona protegiendo a los que quiere. Lo curioso es que solamente hay una sola persona en el mundo dentro de este rango: Alfred, su mayordomo, el tipo que lo cuidó, crió y entrenó en sus pulsiones de justiciero nocturno desde niño.

Bruce Wayne, entonces, es un solitario psicópata, dueño de un enorme intelecto y de una fortuna impresionante que cataliza en un enmascarado con reminiscencias a El Zorro, y su cruzada épica buscando vengar la muerte de sus padres para diferenciarse de esa lacra delincuente que tanto detesta y de la que él se considera una víctima más.

Bruce Wayne es lo mismo que detesta a pesar del propio Bruce Wayne. Eso lo vuelve complejo y contradictorio.

Bruce Wayne, por ello, no mata ni usa armas de fuego: juega con una moral muy finita para separarse de esos delincuentes que combate más allá de lo políticamente correcto. Sabe que cuando es Batman deja de ser Bruce Wayne y se libera de todos sus pesos psicológicos, sociópatas, familiares y sociales.

Bruce Wayne, en la nueva película de Matt Reeves, The Batman, es interpretado por Robert Pattinson que, quizás, sea el “peor” Bruce Wayne de todas las versiones y sagas audiovisuales, pero sea, a su vez, el mejor Batman entre ellas. Realmente la máscara transforma a Pattinson y a su atormentado y alterado Bruce Wayne. Reeves elige el intelecto antes que el músculo y lo ubica como el gran detective que es. Pattinson allí se luce pues, cuando la máscara no está y su Bruce Wayne es un millonario “más”, parece retrotraerse a su viejo “vampiro emo” de la saga Crepúsculo (2008).

Bruce Wayne, en la piel de Pattinson, es un pálido y anodino millonario que espera desesperadamente que llegue la noche para vestirse de Batman, saciar su sádico masoquismo de lucha y otorgar justicia (o lo que él considera como justicia) a una ciudad que le teme en vez de respetarlo.

Bruce Wayne, en la piel de Pattinson, vuelto Batman, es un superhéroe hipnótico que convence a Jim Gordon (Jeffrey Wright) de ser su cómplice en la lucha contra el crimen, atrae como nadie a la bisexual Catwoman (Zoë Kravitz) inspirando, al mismo tiempo, la “sed de justicia” en dementes como el Acertijo (Paul Dano) que le copian el juego aunque con diferentes métodos para justificar un mismo fin: erradicar la delincuencia de Gotham en todos su niveles, empezando por la punta de la pirámide, es decir, por el poder político, mafioso y empresarial.

Bruce Wayne, siendo el Batman de Pattinson, tiene unos primeros diez minutos memorables y unos últimos cuarenta y cinco casi igual de loables.

Bruce Wayne, siendo el Batman de Pattinson, tiene unas casi dos horas en el medio en las que “el detective” asume la escena -catapultando la innovación en la versión Reeves en relación a las de Nolan o Burton, por ejemplo-, volviendo particularmente pesado algo que, con otro ritmo, podría haber sido igual de efectivo[1].

Bruce Wayne, siendo el Batman de Pattinson, navega por un mundo oscuro, lluvioso, brumoso, gélido entre Seven(1995)y Zodiaco (2007) de Fincher, bombeado desde hitos del cómic en el universo DC como Batman Año 1 (1987), Batman El largo Halloween (1996), Batman Tierra Uno (2012) y Batman La corte de los búhos (2011), dando más guiños que certezas aunque con una coherencia estética en fotografía, vestuario y música muy lúcida, impecable por momentos.

Bruce Wayne, en la visión de Reeves, es apenas una suerte de joven en su camino de iniciación; un héroe clásico en sus primeros dos años de vida cuando la prioridad es descubrir su identidad por más que él crea otra cosa.

Bruce Wayne, en la The Batman de Reeves, es un muchacho al borde de la terapia más urgente, o por momentos del suicidio, que decide cambiar los triángulos freudianos y espejos lacanianos por una máscara cocida a mano que lo inmunice de su rol social y lo convierta en un temible agente disruptivo del poder de Gotham, que ama fajarse con sus manos y artilugios tecnológicos productos de su mente prodigiosa, cuerpo a cuerpo, contra los que él considera la lacra de la ciudad en todos sus niveles: mafiosos, policías corruptos, rateros, asesinos, patoteros, fiscales, patovicas y demás delincuentes pendencieros.

Pues, en definitiva y después de tres horas de película, el Bruce Wayne hecho Batman de Reeves es eso: poder. Uno que puede desbocarse o enfocarse, capitalizarse o desbandarse, pero es puro poder y, en esta delgada línea entre extremos antitéticos y, en cierta forma, antiéticos, muestra su mayor potencial (su génesis, su principio) tanto como historia autónoma o como franquicia; como un renacer de las películas de DC frente a las de Marvel después de los olvidables bodrios de Snyder o, discretamente, como un homenaje (más) al más extraordinario cómic de superhéroes yanquis de todas las épocas creado por Bob Kane allá por los años cuarenta. 


[1] Mucha culpa de esto es por el Pingüino de Farrell y el Falcone de Turturro, dos actores con sus respectivas personificaciones que no están ni cerca -por carisma y por guion- a la altura de estos villanos en el cómic y que tienen total supremacía en estas dos horas del film.

The Batman (Estados Unidos, 2022). Dirección: Matt Reeves. Guion: Matt Reeves, Peter Craig. Fotografía: Greig Fraser. Montaje: William Hoy, Tyler Nelson. Elenco: Robert Pattinson, Zoë Kravitz, Jeffrey Wright, Colin Farrel, John Turturro, Paul Dano, Andy Serkis, Peter Saarsgard. Duración: 176 minutos.


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