Yo quería hablar acerca de la juventud. Filmar un corto que indagara en las ideas, las actitudes, los objetivos de esa nueva generación con la que sólo tenía aproximaciones. Pero, claro, también quería a través de ellos hablar de mí misma, revisar un pasado político del que había tomado parte, obtener la oportunidad de repasar una lección rápida y mal digerida cuyos errores podían objetivarse a mi alrededor una y otra vez en todos estos años; cuyos errores yo necesitaba comenzar a asumir de una vez.

Así fuimos con Ferrari, un periodista, estudiante de abogacía, hombre político; con un grabador a cuestas por una zona que yo había visto una y otra vez desde el tren que me lleva a La Plata y donde Ferrari tenía un amigo que nos sirvió de enlace para nuestras encuestas. Era un grupo de muchachos y chicos del barrio de Sarandí, Villa Domínico, Avellaneda; unos estudiaban, otros trabajaban o eran simplemente desocupados y día tras día nos hablaron de muchas cosas. De lo que pasaba en Avellaneda cada vez que se producía una revolución, un movimiento armado o un planteamiento militar; de la indiferencia o del acostumbramiento; de los soldados a quienes los vecinos invitaban con facturas y con mate, o a pasar un ratito para ver televisión; también nos hablaron del tango, de ese fervor callado que rara vez se baila; y claro, también de su vida en el barrio, de la esquina, del club, del terraplén poblado de parejas.

Cuando empezamos a filmar ya nos conocíamos bastante. Por eso fue fácil entendernos. Ellos sabían que yo quería hablar de ellos así tal cual eran, y ellos fueron así frente a la cámara. Repitieron algunas de sus actitudes cotidianas; y nos dieron con naturalidad su disponibilidad, su aburrimiento, su búsqueda de los sábados a la noche y nuevamente su aburrimiento y su disponibilidad.

Claro que además tanto Ferrari como yo queríamos otra cosa. Que también estaba allí, entre ellos. Pero sobre todo en las chicas que habíamos interrogado. Había en ellas una mayor lucidez, un conocimiento más sensible de esa realidad inmediata y visible que fácilmente podíamos recrear a través de los muchachos. Era a través de ellas –que en el barrio y en el film juegan el papel pasivo de lavar un patio, repasar el vestido para el baile del sábado a la noche, recostarse en las puertas en los atardeceres- que el mundo siempre igual –cálido, aburrido, circunscripto a límites precisos- podría transformarse en otra cosa. E hicimos a Hilda, una de las muchachas de esta historia, un personaje, el único en el que se produce una toma de conciencia de la realidad. Una realidad que tiene fechas y nombres más que cuestionables: la revolución libertadora, las elecciones anuladas, los golpes militares.

Soy de aquí” pasó al instituto y fue calificado en categoría “B” no exportable, que es lo mismo que decir: “A éste lo liquidamos un poco más que a los otros”. Porque los otros igual no se exhiben. Las razones, si puede hablarse de razones, siguen siendo las mismas de siempre: ceguera frente a la realidad, incapacidad para asumirla, insensibilidad para entenderla.

Publicado en revista Barrilete N° 7, marzo/abril de 1964.