Quien comienza a leer esta reseña de Soldado, el documental recientemente estrenado (primero en YouTube y luego en cine, ambas en forma gratuita) sobre Guillermo Moreno, deberá tener en cuenta que el que escribe estas palabras no es un especialista en cine; es apenas un espectador lego de películas, un aficionado a la política y un fanático del ex Secretario de Comercio Interior. Es en ese carácter que escribo esta semblanza de un personaje con diversas facetas que toma como excusa comentar el documental. 

El militante. Guillermo Moreno es ante todo “un militante de la causa nacional y popular”. La película comienza con la emocionada despedida de la Secretaría (porque un militante comprende “cuando tiene que estar en el frente y cuando tiene que estar en la retaguardia”), su estancia en Roma como agregado económico de la embajada argentina en Italia, su encuentro con Maradona (quién más que “pertenecer al pueblo” argentino, resume en su propia biografía la síntesis de epopeya y tragedia que es su historia), su retorno a Buenos Aires para el ballotage que enfrentó a Scioli y Macri.

En una escena que pone en marcha la trama se muestra a un grupo de militantes (de lo que luego sería La Néstor Kirchner, la agrupación de Moreno) viendo los resultados de ese fatídico domingo 22 de noviembre de 2015. Las caras lo dicen todo. Son caras de desazón, de tristeza. Moreno la interrumpe: “no van a poner cara de velorio, que no vienen los tanques a buscarnos. Cara de culo, no. No me vengan a hinchar las pelotas con la cara de culo”.

Si me apurasen a definir cuál es la tarea de un militante diría que un militante tiene la obligación de ir en contra de la corriente cuando la mayoría está imbuida de emociones improductivas (afectos negativos, diría Spinoza) –recuérdese también el discurso de Néstor Kirchner en Parque Lezama después de la derrota de 2009–. Y eso aún a costa de callar sus propias tristezas, como la que Moreno se permite sólo en el espacio de la intimidad de un taxi.

El cuadro técnico. Contrariamente a la imagen estereotipada que se ha construido de él –“cavernícola” (Leuco), “bruto” (Lanata) o “buen salvaje” (Cabot y Olivera) que apela a la figura roussoniana de un animal que es compasivo pero carente de razón–, Guillermo Moreno es un economista que, aunque prefiera el lenguaje llano (cultor de esa antigua prudencia que sabe que no sólo importa el contenido de un pensamiento sino también la forma en la que se lo comunica, y por eso su insistencia en que “hay que dejar de hablar en esdrújulas y empezar a hablar en graves y agudas”), es perfectamente capaz de manejar esos tecnicismos que tanto le gustan a los economistas. También ha propuesto una teoría del conocimiento (“el conocimiento brota de abajo hacia arriba” y, como han dicho en el estreno de la película los muchachos del Colectivo Audiovisual “Pueblo Peronista”, “el cine es y siempre será una herramienta de [ese] conocimiento colectivo”) y una teoría de la comunicación. En suma, Moreno es un cuadro técnico del peronismo.

Los cuadros intermedios –decía Perón en aquellas clases dictadas en la Escuela Superior Peronista editadas bajo el título de Manual de conducción– son los encargados de desagregar los principios de la doctrina en teorías y formas de ejecución. Moreno fue el responsable de concebir y ejecutar algunas de las medidas más emblemáticas de los últimos 12 años, algunas buenas y otras malas. Entre las primeras podemos consignar: la creación de ARSAT y del proyecto de fabricación de un satélite integralmente argentino, la estatización del Correo Argentino, la administración del comercio interior y del comercio exterior (aquí la ejecutora fue Beatriz Paglieri). Fue también el ideólogo del Informe sobre Papel Prensa (seguramente redactado por su mujer, Marta Cascalles, escribana y abogada especialista en derecho societario, sin cuya participación –me atrevo a conjeturar– Moreno no habría podido cumplir el rol que cumplió). Entre los aspectos negativos de su gestión, Moreno ha consignado (a modo de autocrítica) “haberle hecho faltar azúcar y harina” por algunos días a los argentinos y no haber discutido más enfáticamente el plan de negocios de YPF elaborado por Galuccio. A éstas me permito –modestamente– agregar la autorización de la fusión Cablevisión-Multicanal. Intuyo que él me concedería este atrevimiento siendo que su propósito, a la hora de contar lo hecho, fue dar testimonio para que “las generaciones futuras aprendan de los errores más que de los aciertos”.

Por supuesto, a Moreno siempre se lo vinculará con “la intervención del INDEC”. Él se ha cansado de aclarar que el organismo nunca estuvo intervenido hasta que Macri nombró a Todesca como interventor. También se ha cansado de explicar que el INDEC nunca modificó la metodología con la que se medía la pobreza y que el que sí hizo un modificación metodológica fue el INDEC actual (la elaboración de una nueva canasta vino como anillo al dedo para abonar el relato M según el cual el “gobierno anterior dejó uno de cada tres argentinos en la pobreza”). Como no soy un experto en estadísticas y no estoy en condiciones de saldar el debate, me limitaré a hacer dos observaciones de las que me puedo hacer cargo. Por un lado, si otros países utilizaran la canasta actual del INDEC, Chile tendría una cifra de pobreza muy similar a la de Argentina, Brasil tendría 10 puntos más, Perú 20, Colombia 25, Ecuador 30 y México 40 (datos de 2014). O sea, si en Argentina hubo “pesada herencia”, no fue tan pesada como en el resto de América Latina (salvo en Uruguay que tendría 10 puntos menos). Por otro lado, la batalla por la credibilidad del INDEC terminó siendo una derrota. Esto debería hacernos reflexionar acerca de las estrategias de comunicación pública y de lo inconveniente que resulta dejar libre la cancha para que el otro juegue. Moreno parece haber aprendido esa lección (“hasta ahora hablaron ellos, ahora empezamos a hablar nosotros”). No se puede decir lo mismo de muchos otros dirigentes.

El polémico. Guillermo Moreno se ganó en los medios el mote de “polémico”. Ese rótulo, nacido de la falta de ingenio de cierto periodismo que lo condena a repetir lugares comunes, resultó paradójicamente exacto. “Polémico” viene de polemos que, en griego, significa guerra, batalla. Hay toda una tradición del pensamiento político que tiende a identificar al concepto de lo político con el de polemos, esto es, con la intensidad que hace de un conflicto cualquiera, uno que separa al campo de los amigos del de los enemigos. Recientemente, esa tradición se ha domesticado hasta entender esa intensidad conflictiva como compatible con la que existe en las democracias vívidas (en palabras de Moreno: “los argentinos, gracias a Dios, hemos decidido resolver nuestros conflictos en el estado de derecho y no en el estado de violencia”).

Moreno es tributario de esta tradición. A su juicio, la historia argentina es la historia de la lucha del pueblo contra la oligarquía: el peronismo clásico obtiene su carácter distintivo de su enfrentamiento con la oligarquía, el conflicto de la 125 fue en definitiva una pelea con la oligarquía por el precio de la comida y, ahora, con Macri, la oligarquía ha recuperado el gobierno que había perdido. Moreno es el único que caracterizó (adecuadamente) al gobierno de Macri como un modelo (y, más recientemente, como un experimento, por carecer de consistencia interna) oligárquico, alejándose de la etiqueta facilista de “neoliberalismo”. He aquí su diferencia conceptual con Axel Kicillof.

El hombre de fe. Guillermo Moreno también es un hombre de fe. Pero hay muchas formas de practicar la fe. ¿Qué representan exactamente la fe, la Iglesia y el Papa para él?

En el primer cuadro de la película aparece un fondo negro con una frase de Perón: “un hombre de nuestro movimiento podrá tener cualquier defecto, pero el más grave de todos será no ser un hombre del pueblo”. En tanto hombre del pueblo, Moreno comparte sus gustos futbolísticos (Maradona) y su fe (el catolicismo). No es necesario aclarar que el catolicismo no es la fe de todos los que componen el pueblo, pero tampoco es necesario explicar por qué el catolicismo es un fenómeno popular: las imágenes de la peregrinación a la virgen de Luján lo muestran claramente. Moreno no vive la fe como una justificación para ser excluyente con aquellos que llevan un modo de vida que no encaja estrictamente dentro de los preceptos de la Iglesia, ni entiende a ésta como el agente de fiscalización de las prácticas sexuales de los demás. Su compañera de militancia, la Secretaria General de AMMAR, Georgina Orellano, puede dar cuenta de eso. Restaría saber si su compañero de Honestidad y Coraje, Gustavo Vera (con quien Georgina ha tenido más de un encontronazo) comparte esa opinión.

En el minuto 77 Moreno también afirma que “el ser cristiano es […] una forma de vida que coincide con el ser peronista”. Aquí Moreno recupera lo que el propio Perón expusiera en el “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional”. Allí Perón sostiene que existen dos ideologías, el capitalismo y el comunismo, que representan extremos que se tocan en el hecho de que ambas representan intereses imperialistas. Estas ideologías carecen de valores sustanciales, no son humanistas. Al contrario, en tanto ideologías materialistas, deshumanizan al hombre. Sin embargo, también existe la concepción cristiana del mundo, que es profundamente humanista, pero que carece de una “versión política”. En 1974, Perón piensa al peronismo como la realización política de los valores humanistas cristianos y, fundamentalmente, del mandato de amar al prójimo.

Esto es particularmente importante en la coyuntura, ya que “ahora se está armando un mundo que no se revela ante la injusticia de los pobres”. Y como “el Papa es el único que [a nivel internacional] denuncia la pobreza estructural que se está armando en el mundo” hay que hacerse cargo del desafío que éste presentó en la primera misa de la historia celebrada integralmente en español en la Catedral de San Pedro: pensar un modelo de desarrollo que sea justo, inclusivo y sustentable. Esa es la tarea del peronismo.

Los mandatos cristianos son, además, la primera forma en la que el pueblo aprende a distinguir lo que está bien de lo que está mal. El problema es que un modelo oligárquico necesita “que la pobreza no te duela” y, para lograrlo, tiene que conmover la línea que separa al bien del mal y, sobre todo, la forma en la que el pueblo accede a esas distinciones. Por eso “ahora aparecen estos gurúes que te enseñan a respirar, a armonizarte con el universo, y si el que está al lado se muere de hambre, no importa”. Cuando Moreno afirma que este es “un gobierno de ateos”, el problema no son las creencias personales de los funcionarios, sino el intento de borrar los mandatos prácticos del cristianismo. El problema es la búsqueda expresa de socavar el suelo sobre el que se asientan las distinciones entre lo que está bien y lo que está mal. Algo similar a lo que Edmund Burke señalara: “Antes la audacia no era característica de los ateos en tanto tales. Más bien, estaban más cerca del carácter contrario; previamente, eran como los viejos epicúreos, una raza más bien pusilánime. Pero no hace mucho que se han vuelto activos”. Si nos pusiésemos meticulosos, el término adecuado, más que ateísmo, sería nihilismo. El macrismo es un nihilismo que se ha vuelto activo.

Contra el nihilismo, Moreno apela a la distinción entre lo que está bien y lo que está mal. Contra la deshistorización (animales en vez de próceres), Moreno apela a las memorias colectivas. “No es que este proyecto empezó en el 2003 […] el peronismo tiene más de 70 años”. No debería sorprendernos, entonces, que después de una derrota como la del 2015 se haya producido “la afiliación más importante de la historia después de la que ordenara el general Perón”. En esa afiliación muchos (entre ellos quien escribe) se reconciliaron con el peronismo. Después de todo, estos 12 años no fueron en vano.

Fuente: Los cuadros fueron realizados por Daniel Scteingart.

Soldado (Argentina, 2017), de Colectivo Audiovisual Pueblo Peronista, 82′.


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