El protagonista de esta película basada en ficciones de Bourroughs -autor de Tarzán y de una serie de novelas de ciencia ficción- se apellida Kitsch, y sería interesante pensar si el término aplica a John Carter y, si así fuera, qué connotaciones específicas le caben al producto. Pero me dan pocas ganas de ponerme a pensar en eso a partir de esta película, que tampoco hace demasiado por ofrecer estímulos autoconcientes o siquiera inconscientes al respecto. Lo que sí hay que pensar, y supongo que ya lo habrán hecho pero no me enteré, es qué signos del presente pueden ser leídos en el grupo de películas que cruzan relatos de aventuras, historietas, mitología, ciencia ficción y otras yerbas, tal como hiciera Susan Sontag a mediados de la década del 60 con el cine popular aficionado a imaginar el desastre de una civilización. Pudo haber sido interesante el cruce entre spaghetti western y peplum futurista que la película propone pero no desarrolla.

Los nativos del planeta al que llega el héroe son avatares de los indios de los westerns y no existirían, como hemos dicho, sin la oportuna deformación introducida por el subgénero italiano, pero nada queda por acá del revulsivo físico, escatológico, moral y político de ese cine, a menos que el chiste del héroe al que llaman Virginia nos parezca una osadía atendible. La última versión de Conan, por citar otra película más del montón, con predominio de amarillos y de bárbaros forzudos, era mucho más intensa que este bodoque informe sin ritmo, sexo, sangre, alegría, dolor de ninguna clase, cosas que deben aparecer en toda buena película, dentro o fuera de campo, literal o simbólicamente, y que nutren también a películas pensadas para chicos como Buscando a Nemo o Wall-E, por citar dos de este mismo director.

El drama de un héroe entre mundos es absolutamente desaprovechada, en parte porque la película se desarrolla en uno solo, salvo breves prólogos y epílogos decimonónicos urbanos antes que cercanos a la épica del oeste. Aunque la protagonista muestra las gambas y algo del escote, la cámara no privilegia ningún tipo de enfoque erótico. El pibe, por otra parte, no es más que eso, un pibe más andrógino que otra cosa. Un modelo más asexuado que ambiguo Las 2 horas 10 minutos se hacen largas o más bien insustanciales, y un perro parecido a Jabba el Hutt, pero más chico y mucho más simpático, hace pensar en Jar Jar Binks y todos los roles cómicos estúpidos y a menudo retrógrados de la historia del cine clásico. El héroe tiene la particularidad de surcar grandes distancias saltando por los aires, pero esa misma proeza la practicaba con gracia acrobática, ligereza danzarina y humor cromático el Hulk de Ang Lee, que por ser verde no se perdía en el paisaje.

Esa ingravidez pudo haber sido la pauta a seguir, en la estela del relato de aventuras tradicional y festivo, pero termina siendo pesada como un kolossal. Parece estúpido que la lógica de exhibición del capital financiero que lastraba las películas históricas «serias» de fines de los 50 y principios de los 60 se repita en estos productos. Esa abstracción a la que llamamos ‘capital financiero’ antes se concretaba en el peso y la materia de miles de extras y decorados, que ahora soslaya, aligera o encubre la virtualidad. ¿La pesadez de la película se debe entonces a mera torpeza narrativa, o hay otra cosa detrás de la continua demostración de fastos reales en estas ficciones acerca de reinos mitológicos? Quizá sea un signo de vanidad, acaso la fantasía monárquica de capitalistas como George Lucas y otros muchos que están atrás del imperio actual del entretenimiento. Que tantos espectadores se solasen con esa clase de imágenes -hablo de las institucionales antes que las de acción- me recuerda lo mucho que me gustaba alinear de chico los juguetes que tenía a mi disposición.

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