malka_aficheBreve comentario sobre Malka, una chica de la Zwi Migdal, de Walter Tejblum.

Apenas iniciado el documental, Walter Tejblum (director y protagonista) advierte que, por casualidad, mientras tramitaba un pasaporte polaco, se enteró de la existencia de la Zwi Migdal: una suerte de mafia judía de principio de siglo XIX que se dedicaba a la trata de mujeres judías y el regenteo de prostíbulos, facturando millones gracias a los múltiples contactos políticos que tenían en Buenos Aires y el sur del país. A medida que indaga sobre esta mafia en internet y librerías también se entera de la exclusión que sufrieron dentro de la colectividad y, sobre todo, de una mujer, Malka Abraham, que escapó, en teoría, de la Zwi Migdal y se radicó en el norte de la Argentina, en Tucumán, pasando a regentear su propio prostíbulo para luego ser asesinada aproximadamente en el año 55, dejándole como herencia a la colectividad judía de Tucumán la suma impresionante de 4 millones de pesos.

Sin embargo, a pesar de los amagues iniciales de la película y del título mismo, lo que a Tejblum le importa mayormente no es hacer un documental a partir de la reconstrucción biográfica y casi mitológica de la vida de esta mujer (de hecho, se dice que es hasta milagrosa) si no de encontrar respuestas a la inquietud que él mismo manifiesta desde el principio de su documental: “Algo comenzó a inquietarme”, dice, “judíos explotaban a mujeres judías…”

A Tejblum no le interesa tratar el tema de la prostitución en la Argentina, ni de reconstruir el sistema de trata que operaba en el país a principios de siglo XIX, o de darle algún tipo de actualidad -salvo un graffiti que se filma en una pared tucumana- a la violencia de género sufrida por las mujeres; no, lo que a Tejblum le interesa es averiguar por qué esta mafia judía traía engañadas a chicas judías al país y las prostituía; por qué judíos engañaban, esclavizaban y explotaban a otros judíos.

Para ello, Tejblum viaja a Tucumán y comienza a indagar en diarios, archivos, periodistas y personas de la comunidad judía tucumana acerca de Malka y, sobre todo, de qué pasó con su fastuosa herencia; de cómo una mujer que fue totalmente aislada y detestada por la comunidad judía dejaba semejante herencia a la comunidad; de cómo esta comunidad que consideraba plata “mal habida” a la dejada por Malka la terminó usando en la construcción de un colegio que es, hasta el día de hoy, el más importante de la comunidad judía en Tucumán; de cómo -por tradición y respeto- Malka no tiene ni una mísera placa donde se le agradezca dicho gesto, y que hasta no hace mucho su tumba en el cementerio judío tucumano estaba aislada de las demás.

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Las respuestas que Tejblum va encontrando a estos interrogantes a través, principalmente, de las entrevistas que va realizando a miembros -desde rabinos hasta ginecólogos- de la colectividad son fragmentadas, confusas, oscuras. La importancia de lo que estos personajes dicen pasa más por lo que callan que por lo que exponen, y esta característica los vuelve, por momentos, personajes fascinantes. Malka era, es y seguirá siendo un tema tabú dentro de la colectividad judía tucumana y así debe permanecer. En especial porque, por una cuestión biológica obvia, las personas que la conocieron o pueden hablar de ella son mayores de 70 años; por lo tanto, con la muerte de estas personas, la memoria de la figura de la prostituta pasada de boca en boca también se morirá. De allí que escuchar a las ancianas del centro para adultos hablar -y callar- de Malka no tiene desperdicio. Igual que escuchar al ginecólogo al enterarse que Tejblum tiene copias del testamento, o a la nieta del albaceas que había tenido la prostituta al momento de escribirlo y que, al discutir el tema de la herencia de Malka ante el resto de la colectividad judía, dijo algo así como: “Si la basura es nuestra, no tiene que salir para afuera”, asumiendo con ello la condición de tabú, secreto y silencio que este caso iba a significar, hasta la actualidad, para la comunidad judía tucumana y la sociedad tucumana en general.

Malka_658x400A lo largo de los casi 65 minutos que dura el documental, Tejblum, que por momentos practica ciertos rituales judíos dentro de la película identificándose, al parecer, como un judío practicante, no logra en su investigación más que incomodar a sus entrevistados. Nunca puede terminar de formular -y mucho menos responder- las hipótesis que quiere plantear en torno a la muerte de Malka y su dinero. Sin embargo, que personas mayores de 70 años se sigan incomodando en la forma en que lo hacen al hablar de “la Malka” (como la llaman) le otorga al documental una cuota de suspenso y picardía que lo sostiene; le da ritmo, interés y, por momentos, dotes policiales que, casi desde el principio del mismo, amenazan con escasear. Pues, en definitiva, esta película no parece aspirar a más que trasformarse en esa placa recordatoria que Tejblum tanto reclama para Malka; en esa placa recordatoria de un judío hecha a otro judío; en esa placa que sigue callando más de lo que termina diciendo.

Malka, una chica de la Zwi Migdal (Argentina, 2014), de Walter Tejblum, 65′. Documental.


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