503893Mientras los fanáticos de Stephen King esperamos el estreno de La torre oscura, adaptación de la saga homónima escrita por el maestro (Harry Potter y El Señor de los Anillos, un poroto), entramos en calor con algunas de sus obras menores también llevadas al cine, y también igual de carajeadas. Sí, a sabiendas de que en la adaptación de La torre oscura el personaje central de Roland, que en la novela se aclara mil veces que está inspirado en Clint Eastwood y por ende es de tez blanca, lo protagoniza Idris Elba, que es negro como la bola 8, lo que pasa en El Pulso no debería llamarnos la atención.

Son muchos los directores que optan por cagarse en los libros de King, en los fanáticos que esperan mucho tiempo para ver representadas sus historias en la pantalla grande. Pero, principalmente —si no, no me enojaría tanto—, se ensañan en filmar terribles bostas que, de no basarse en novelas de King, igual lograrían el mismo efecto: que el público se vaya del cine a las puteadas o burlándose a pura carcajada.

Tratándose, en algún sentido, de una película de zombis, es prudente trazar algún paralelismo con The Walking Dead, gran adaptación televisiva del cómic creado por Robert Kirkman y Tony Moore. Frank Darabont, director de la serie, elije varias veces alterar la historia original: aunque puede ser que para el fanático estos cambios molesten un poco, ninguno puede decir que la serie pierde sentido o cuesta entenderla. En El Pulso varias cuestiones cambian, pero el problema principal es la estructura narrativa, que convierte una novela atrapante y sin baches, aunque no es de lo mejor de Stephen King, en una película amateur, cargada de errores y sin sentidos. En cuanto a los zombis en sí, los creados por Tod Williams en El Pulso parecen pacientes bajo los efectos del valium o el rivotril más que de una nueva experiencia apocalíptica.

El Pulso arranca molestando. Los títulos iniciales, dispuestos sobre unas placas negras que pisan las imágenes, son demasiado grandes, joden la paciencia. Mientras que el director intenta presentarnos el escenario inicial, el espectador reza para que esos cartelotes se terminen pronto, antes de ganarse una contractura de cuello espiando para saber qué pasa por detrás. El pésimo gusto inicial termina y estamos junto a nuestro personaje principal en un aeropuerto. Es la prehistoria de la caza de pokemones, aparatos “pesados” que ni los chetos aceptarían llamarlos “vintage”. Pero, al igual que en la novela, la atención la ponemos en el uso desmedido y adictivo del teléfono celular. A través de estos ansiolíticos se propaga El Pulso, lo que convierte en zombis a cualquiera que le ponga la oreja. El ataque es súbito: en pocos minutos de iniciada la película John Cusack se encuentra esquivando personas que babean, otras que muerden, algunos cuchillazos, balas, y hasta dos aviones que se vienen a pique con pésimos efectos especiales.

cellCusack la rema, pero el guion se lo devora desde el principio. Inmediatamente se encuentra con Samuel L. Jackson, el otro protagonista, y juntos, luego de zafar de las primeras dos hordas de zombis, salen por una alcantarilla a la puerta de la casa de Cusack. La cuestión de las distancias será uno de los problemas cruciales de la película. Cada lugar al que deben llegar los personajes parece estar a la vuelta de la esquina. El espectador no se agota, no tiene miedo, no dimensiona. Se sorprende de lo fácil que resulta para los personajes avanzar en este apocalipsis de cotillón.

Si las distancias las transitan como si nada, si hasta el objetivo del protagonista (la trama para el espectador) sólo se pronuncia una vez, qué decir de los lazos entre los personajes. ¿Quién carajo entiende las lágrimas entre ellos cuando alguno palma? Cuando llega la hora de despedirse entre algunos de ellos, el espectador se queda en pelotas. La falta de cocción de esas relaciones, la falta de lazos que establezcan los sentimientos como corresponde, hace que las despedidas suenen ridículas, al igual que cada una de las palabras emotivas que intentan pronunciar. ¡De arranque mataste a tu vieja y seguiste caminando, pero te entristece dejar atrás (y vivo) a un pendejo que conociste hace diez minutos de película!

Uno de los primeros lugares donde nuestros protagonistas se refugian es una universidad. Allí se encuentran con el decano y un alumno que no sólo resisten sino que también tienen elaborada una teoría avanzada sobre estos zombis inalámbricos. ¿Qué pasa con esto, Director? ¿Usted se caga en la novela, serrucha, cambia lo que quiere? ¿Es la Marta Minujin del cine? Pero sabe qué, obvió un detalle: como en la película los protagonistas llegan un día después de desatado “el pulso” (acá alguien se ha tragado varias páginas del libro), pareciera que el decano y el alumno tardaron un tiempo récord en descubrir lo que pasa. ¡Ahí sus zombis se convierten en los más boludos del mundo! Un día y la amenaza ya está casi controlada. Todavía no arrancó la película y ya les descubrieron el efecto del aparato maligno.

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En el cine ya se escuchan risas, algunas puteadas y comentarios reprobadores por lo bajo. Estamos rendidos a otra serie de insultos a Stephen King. Cusack y Jackson reman en dulce de leche. El director se manda una cagada detrás de otra. Pero la tiene que terminar con todo, a lo grande. Cusack, montado en un camión de helados cargado de explosivos, se mete en medio de la gran masa de zombis que en círculo giran alrededor de una gran antena. Ya no es importante no entender las reglas de estos zombis, esas páginas también se las tragaron el director o los guionistas. Entonces, Tod Williams o algún otro elije terminarla tres veces. La primera con el final del relato, algo que a esta altura nos importa poco y nada: explosión pedorra con un presupuesto menor al de Peter Capusotto y sus videos. La segunda con un sueño, si es que interpretamos como tal esos segundos de  imagen esfumada. Funcionarían como lo que al protagonista le hubiese gustado que pase: ¿Y a nosotros qué nos importa, Tod?  Pero, en tercero y último lugar, desafiando al espectador quien, más que perdido, intenta entender qué carajo vio y en qué género ubicar a esta bazofia, Williams se ríe de sí mismo, o de nosotros, o estaba muy drogado a la hora de sumar estas escenas. La cuestión es que la termina nuevamente con los zombis girando alrededor de la antena, pero con Cusack también convertido y en primer plano. Esto debería funcionar en algún sentido de modo parecido al final de Slumdong Millionaire y los protagonistas bailando en la estación de trenes. En aquella, de lo trágica y gris que se describe la vida del niño que termina (gracias a ello) ganando un millón de dólares, se pasa a una alegre coreografía en los andenes. Algo así como queriendo decir: “ojo que no sólo somos ese estereotipo de gente triste y muerta que siempre nos pintan”. Acá, en este final de El Pulso, no sabemos qué pensar. Ahí chocan los géneros. El realismo de la película se pierde en los colores del final, en la oscuridad que parece dibujada al estilo Tim Burton, que en este caso tampoco sabemos si es buscada, o es producto de pésimos efectos especiales. En esa impronta, el final en cuestión, con la suma del protagonista danzando al compás del resto de los zombis, abandona por completo el realismo trágico para convertirlo en algo más parecido a la sátira, a un Evil Dead trucho y totalmente fuera de lugar.

Entendemos ahora porqué la adaptación de la novela Cell tuvo tantas idas y vueltas. Entendemos porqué desde el 2007 cada guion se cayó, postergando la filmación y el correspondiente estreno de la película. Lo que no entendemos es cómo finalmente es esta versión la que sí se aprobó. Cómo Stephen King, que te agarra de las bolas en la primera página de cada novela que escribe, permite que salgan estas bostas sin sentido, que te expulsan del cine y resultan una traba para aquellos que todavía no se animaron a leer al gran maestro de la literatura mundial.

El Pulso (Cell, EUA, 2016), de Tod Williams, c/John Cusack, Samuel L. Jackson, Isabelle Fuhrman, 98′.


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