
«Y tú, alma mía, allí donde te encuentras»
Una araña silenciosa y paciente, Walt Whitman (1868)
Un Spider-Man con burn out por depresión. No sé si los chicos (recordemos, es una película del Hombre Araña) disfrutarán de esta película. Sus temas son densos y hasta quizá, les resulte aburrida. Pero es el dilema de Disney y del género de superhéroes en este momento, que se hicieron de un público cautivo que prefiere que los personajes de su infancia tengan problemas de adulto para sentirse identificados antes de intentar identificarse con nuevos universos por descubrir.
Y hay algo de ese sujeto contemporáneo en este Peter Parker (Tom Holland), algo de crítica a su espectador targeteado en la disolución de Peter en su máscara social, que resulta ser justamente el vecino amistoso Spider-Man de Brand New Day: cierto lumpenaje, una marginalidad estoica, estética, de compus y de casa caída, desprovista de gustos y enfocado cien por cien en la tarea. Peter, discípulo aquí de Tony Stark, el tipo más corporativo cool, casi nuevo tío Ben, que era más del Poder que de la responsabilidad (aunque lo intentara), y siendo casi tío Ben, por evento canónico, debía morir, ergo, abandonarlo. Un Peter con maña para la tecnología, pero nunca aceptado del todo, un peón, un troll del sistema, un creyente decepcionado, por ser el blanco perfecto de las corporaciones, el perfil incel (no por serlo realmente, sino por apropiación) nutrido de la imagen impostada del macho alfa (representada en el Punisher (Jon Bernthal)) y el hombre dócil que se reprime perpetuamente (Banner/Hulk (Mark Ruffalo)). Este Peter, víctima de las fake news de Mysterio, de sus drones, del olvido también, del abandono, vive fantaseando con amistades a través de pantallas y noviazgos inexistentes con su expareja, con la identidad completamente disuelta en su alter ego. La máscara actúa como una prótesis productiva, un disfraz emocional hipermediatizado. Superhéroe por mandato, por evasión, workaholic, donde la computadora, con nombre, con voz, pero artificio al fin, es su único filtro (¿por qué necesitaría uno el Hombre Araña?) con el entorno, una interfaz; una fantasía frustrada urbana que encuentra en su antagonista, Jean Grey (Sadie Sink)(mutante, marginada, poderosa y perseguida) una posible vía de escape.
Este es un Spider-Man que siente asco de largar telaraña orgánica, mucha; alegoría nada sutil del puritano asco a la paja, la masturbación como ineficiencia orgánica, como dopamina inconducente. Peter, en el devenir del criptobro que se levanta a las cinco de la mañana, se ducha con agua fría, lee un libro de Tony Stark y se pone a tradear mientras para al Escorpión (Michael Mando), visita la tumba de la tía May (Marisa Tomei) y stalkea a su ex antes del mediodía. Paja. Todo y nada. Rutina, precariedad, hipermediatización. No es que ya no sepamos de qué trabaja Peter; es que ya no hay Peter. Sobrevive, seguramente, de changas digitales que no vale la pena ni contar en un metraje cinematográfico, o quizá de la plata que heredó de la tía May o de apuestas deportivas, todo en solitario, disuelto por completo en Spider-Man. Es el vecino amistoso que ni siquiera le devuelve el saludo a su nueva vecina macanuda. (Peter siempre rechazando sus vecinas rubias macanudas).

Si Spider-Man es el arquetipo del precarizado, el sujeto urbano considerado un bicho —aun cuando sus villanos sean las verdaderas alimañas y él, como la araña que caza moscas, termine siendo echado igual a escobazos— en una sociedad racional, científica y tecnocrática (mordido justamente por una araña experimental de esa misma sociedad), entonces la disolución de Peter en su alter ego es el resultado directo de la precarización absoluta, ya no del trabajador, sino del ser.

Es, como ya dijimos, gracias a (la confrontación con) Jean, a quien logra ver pese a su rol de marginal (lo que lo hace especial), que logra definir que no es solo la araña ni es solo el humano, sino ambas cosas. Ella es una oprimida pero también abusada y abusadora, expulsada, manipuladora a la vez que expansora de mentes, que salta de mente en mente para encontrarse a sí misma (la hermana es ella misma cuando le toca ocupar la silla). Amor propio buscado afuera cuando ya estaba dentro, V-max es el bautismo, la expansión de su ser, pero no lo comprende del todo hasta que Peter le muestra el recuerdo de la tía May, aceptando para sí el cariño negado de su madre, el lugar que le daba a Sara, su hermana, pero que era para sí misma. Valoración, validación. Afecto para uno mismo, pero en red, acompañado, como en una telaraña. Una tía May que -él no supo escuchar en su momento- le da la fuerza para ser también Peter además de la máscara, que le permite (ahora que la entiende) parar la moto, rebelarse contra Damage Control (pero también de los Avengers, de Stark) y su instrumentalización de todo lo que esté por fuera de lo funcional; y por eso, ese recuerdo, ese cariño, ese abrazo, es para Peter y también es para Jean. Que el poder no reside en la validación externa, que eso es neurótico, deshumanizante, irónicamente la pérdida de sí; que disfrazarse de un otro (la máscara, la posesión) lleva indefectiblemente al vacío a la soledad.
Peter, diciéndole a Jean que ya no está sola, se vuelve Peter. La araña es el otro.
Spider-man:Un nuevo día (Spider-Man: Brand new day, Estados Unidos, 2026) Dirección: Destin Daniel Cretton, Guión: Chris McKenna y Erik Sommers. Fotografía: Brett Pawlak. Edición: Nat Sanders, Gina Sansom y Harry Yoon. Elenco: Tom Holland, Zendaya, Mark Ruffalo, Jon Bernthal, Sadie Sink. Duración: 145 minutos
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