caesar_planet_of_the_apes6427Distinciones coprofágicas.

1. En una escena de Socios por accidente, uno de los dos personajes que están en medio de la selva come la mierda de un bicho como signo de que está preparado para todo y conoce todo lo necesario para sobrevivir; más tarde y ya solo, el otro protagonista también la come para mandarse la parte ante sí mismo de que puede estar a la altura del otro, y cuando la prueba descubre que le gusta. Aunque no es uno de los gags mejor construidos de la película, la escena provoca risas, como no puede ser de otra manera si tenemos en cuenta que la escatología es una de las más saludables válvulas de escape que la cultura tiene incorporada para flexibilizar su función represiva, y también si atendemos a que la película pareciera estar dirigida a pibes de hasta 14 años, habida cuenta de que los únicos dos chicos que aparecen no tienen más que esa edad y son lo más cercano a representantes en la ficción del espectador que ésta presupone, o de adultos que jueguen a serlo. Si así fuera, a la película le falta desparpajo escatológico, ese con el que un pibe tendría que tener una cercanía mayor que un adulto, a menos que antes de llegar a la pubertad ya le hayan lavado el cerebro para transformarlo en un engranaje pulcro de la sociedad.

Allí está una de las fallas de Socios por accidente, y no me extrañaría que la anticuada moral de las películas “para toda la familia” de los Mentasti sea en buena medida responsable de ello. Así como los grandes estudios estadounidenses tienen rasgos de identidad diferenciales que impregnan a sus productos, lo mismo podría rastrearse en las productoras argentinas a lo largo de la historia (en “Cien años de cine argentino” Fernando Martín Peña da suficientes datos sobre el derrotero de Argentina Sono Film como para tener una primera aproximación) si bien los Mentasti de esta película no son exactamente los mismos que los de Bañeros 4. Además, el guión es mediocre, falla el ritmo (aunque no es larga) y Pedro Alfonso es tan o más insípido que su personaje. Nicanor Loreti se ha referido a esta película como un encargo, nada fuera de lo normal para unos directores que, como su compañero en este trance Fabián Forte y el compadre de ambos Daniel De la Vega, no pretenden hacer otra cosa que el mejor cine industrial posible en un país que carece de industria cinematográfica, aunque no audiovisual, y hay varios detalles que denotan la mano de tipos con ganas de trabajar y divertirse más allá de las presuntas restricciones del proyecto. El más significativo es el nada grosero fuera de campo “oral” de la escena en la que la pareja de chicos aparece por primera vez junta en el sillón, porque subvierte la lógica de humor blanco “para toda la familia” ya perimido salvo para algunos padres y empresarios, pero sobre todo porque lo hace con medios específicamente cinematográficos, tanto que muy posiblemente no estuviera escrita en el guión técnico, en caso de que haya habido uno. También se distingue algún efecto sonoro característico de los dibujos animados, así como el eficaz reencuadre de la primera escena, que potencia uno de los dos aciertos no explotados al máximo por el guión: los equívocos amorosos de la relación padre-hija y el de la traducción al ruso.

bncff33cmaaodbj2. Me imagino que Bañeros 4 debe ser mucho peor, y espero verla para poder comparar dos películas estrenadas casi en simultáneo con unos puntos de partida conceptuales sobre la diversión familiar bastante añejos, una dirigida por dos realizadores a los que les entusiasman las películas y otra por Rodolfo Ledo, así como para ver culos y tetas (parece que todavía no da para pijas por estos lares), por supuesto, y a Karina Jelinek diciendo: “¿Qué pretende usted de mí?” (si Ledo tampoco se dio cuenta de que ella está para eso no tiene perdón de Bó).

3. ¿César debe morir? La mierda jorobada de la semana, sin embargo, es la de los monos. La segunda parte de la relanzada saga de El planeta de los simios (El planeta de los simios: Confrontación) es, en principio, incomparable con la original porque se vale del digital a la nefasta manera naturalista de Avatar, pero sin su mitología, en vez de privilegiar el artificio como lo hacía la de 1968 de Franklin Schaffner con sus actores usando máscaras de monos y obligándonos, entonces, a creer en la representación en vez de pretender que nos olvidamos de ella.

Allí donde Socios por accidente es una película con mierda, la de los monos es una película de mierda, entre otras cosas porque es otra carga más del mainstream virtual sobre la materia filmada que no incorpora la más mínima resistencia interna a ese proceso, y  porque pretende hacer un uso realista y no fabuloso de ello pero no tiene en cuenta la dimensión azarosa de lo real físico (como en la escena en la que el villano cae, no sin antes rebotar en todos los obstáculos colocados en vez de sólo dejarlo caer). Hay muchos seres humanos –y unos cuantos críticos- fascinados por el parecido de los monos digitales con los de carne hueso, fascinación que me recuerda la de los indios ante los espejos, sólo que en este caso su objeto no es la reproducción mimética típica de los realismos sino la sustitución de la materia (como modelo fílmico).

Pero eso no es todo: durante la primera media hora tenemos que aguantarnos a unos monos digitales que, luciendo físicamente idénticos a los que conocimos en el zoológico o recordamos de la televisión, quieren hacernos creer que están fundando una civilización ¡hablando con señas! Pocas veces vi un espectáculo tan ridículo, y no me refiero sólo al que estaba en pantalla sino sobre todo al de los que estaban en la sala aceptando esa fantochada que ni siquiera aligera su fracaso dramático con el más mínimo sentido del humor. Si alguien quiere apreciar el valor fílmico del lenguaje de señas hay que ver El país del silencio y la oscuridad, de Werner Herzog, en la que se transforma a ese sistema de signos en un hecho verdaderamente dramático.  Para lo primero –animales en la pantalla- prefiero ver un documental sobre una comunidad de simios, y para una ficción sobre monos cultos, a unos actores filosofando vestidos de monos. El ritmo de esa primera mitad es insufrible porque no pasa nada dramáticamente eficaz, vale decir nada que los realizadores hayan sido capaces de mostrar sin diálogos onomatopéyicos o por señas, como ya dijimos, sin que resulte tedioso. El pacifismo de esa incipiente cultura es soporífero y la banda sonora no hace más que estar siempre presente sin puntualizar nada (en vez de complementar las imágenes, duplica su inanidad). Por otra parte, el pacifismo como ideal social sólo responde, en este caso, al habitual formato narrativo que postula un punto de partida estable destinado a quebrarse para justificar el estallido de la violencia (las rape and revenge hacen eso mismo, pero a diferencia de El planeta de los simios: Confrontación exhiben esa postura como punto de partida de la expectación, de manera que no engañan a nadie y dejan abierta la posibilidad de un salto cualitativo o una transgresión al esquema). No creo en el pacifismo, pero soy incapaz de tolerar ese teatro de las almas bellas, puras e inocentes, cuyo accionar lleva el nombre de corrección política, a las que más temprano que tarde no les queda otra que eliminar a medio mundo desde una distancia prudencial que les permita conservar el pellejo -o disfraz- de superioridad con que se envisten. Esa es la posición de los realizadores de esta película que se revela reaccionaria cuando rechaza adjudicarle el inicio de la agresión armada a los humanos y se lo endilga a los monos, pese a que no iniciaron contacto alguno con el grupo y carecen del arsenal que los otros tienen, suficientemente grande como para volar a todos los monos de todos los capítulos de todas las sagas habidas y por haber.

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No contento con seguir criminalizando a una cultura que no los había atacado y contra la que tienen con qué defenderse, el guión celebra la bonhomía  de -y entroniza como héroe a- un ingeniero que, con el respaldo del ex marine sensible Gary Oldman, lo único que quiere hacer es poner otra vez en funcionamiento una central eléctrica. ¡Progreso sin fin! ¿Les suena la fórmula? No es sólo la de los Estados más poderosos –avanzados tecnológicamente- del planeta sino también la del mainstream transnacional cuyos artefactos audiovisuales son espacios cada vez más dominados por la virtualidad. Si encima hay que soportar discursos belicistas solapados, es demasiado. La mierda es la mierda, lo imperdonable es la mierda con olor a Poett.

4. Gente que la sabe lunga acerca de la mierda, como los creadores de South Park, hace una década entronizaron a Michael Bay como el rey de las cagadas; Team America, y las dos horas de Transformers 4 –todo lo que vi de la filmografía del director- me confirman lo acertado de tal nombramiento. Ya sé que Transformers 4 dura casi tres horas pero me fui después de entender, durante los últimos 40 minutos de mi estadía en la sala, que no había nada que entender (además de que China corta cada vez más el bacalao de estas nuevas versiones virtuales, imperialistas y pesadas de los viejos kolossals) ni quedaba diversión alguna después de algunos momentos tan graciosamente grasas como los de Socios por accidente, y otros tan sexualmente sutiles como la saga Bañeros pero disimulados por el despilfarro financiero, la tradición industrial y la aceitada estructura de producción.

También percibí hasta qué punto este mastodonte masivo está dirigido a un público infantil o a uno proclive a la regresión, como la de Loreti y Forte pero aún con menos escatología, durante uno de esos innumerables e interminables planos de los cosos de lata cayendo en cámara lenta con el grito grave deformado de la misma manera en que yo me tiraba sobre la cama cuando de chico fingía ser ametrallado por un enemigo imaginario. Creo que este recuerdo es tan enternecedor como el de haber oído a Michael Bay decir en una entrevista para televisión que cuando empezó a trabajar en la industria tuvo acceso a uno de los primeros corte de Indiana Jones y la última cruzada y después de verlo se le ocurrieron unas cuantas mejoras. Una lástima que no le hayan hecho caso.

Aquí pueden leer la crítica Agustín D’Ambrosio de El planeta de los simios: Confrontación y la crítica de Gabriel Orqueda de Socios por accidente.

Socios por accidente (Argentina/2014), de Nicanor Loreti y Fabián Forte, c/José María Listorti, Pedro Alfonso, Anita Martinez, Ingrid Grudke, 90’.

Bañeros 4: Los rompeolas (Argentina, 2014), de Rodolfo Ledo, c/Emilio Disi, Pachu Peña, Pablo Granados, Karina Jelinek, Luciana Salazar, 85′.

El planeta de los simios: Confrontación (Dawn of the Planet of the Apes, EUA, 2014), de Matt Reeves, c/Andy Sarkis, Jason Clarke, Gary Oldman y Keri Russell, 130′.

Transformers 4: La era de la extinción (Transformers: Age of Extinction, EUA, 2014), de Michael Bay, c/Mark Wahlberg, Stanley Tucci, Nicola Peltz, Jack Reynor, 165′. 


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