Droga - Camino sin regresoI.

Allá, a fines de los ochenta o principios de los noventa, calificaba películas en el INCAA como representante de la crítica.

Un apunte: cuando subió Menem me rajaron, como a otros, pero los gorilas feroces que había en las distintas salas de calificación, la mayoría llenos de guita, quedaron. Entre ellos, varios radicales. De la UCR, digo.

Pero quería contar otra cosa.

Un día vimos una película sobre drogas. Muy brutal, también muy ordinaria, pero nos planteó un problema: se suponía que el film era contra la adicción a las drogas, pero había un regodeo morboso en mostrar cómo gente joven se drogaba y, luego, los efectos de la droga sobre las personas, sin escatimar vómitos, ataques de pánico y hasta muerte.

A alguien se le ocurrió pedir asesoramiento a profesionales y especialistas en el tema. Se acercó un grupo de tres o cuatro, médicos y psicólogos, que hablaron para los calificadores.

En lo sustancial dijeron que, más que espantar, las imágenes alentaban el consumo; pese a lo terrible de éstas el efecto era opuesto al buscado o presuntamente buscado.

Pedí precisiones, si las podían dar.

«Al adicto no le importan las consecuencias, ni en la salud ni las de su probable muerte, porque eso, justamente, es lo que buscan. Por eso, tampoco sirve mostrarles a los fumadores el estado de sus pulmones. Siguen fumando. Se trata de saber, y romper, ese lazo con la muerte y con la degradación, que obviamente es inconsciente, y eso es un trabajo largo y fino. No se arregla con el susto de que se van a morir porque, secretamente, se quieren morir. Por eso, mostrarles imágenes de lo que viene si siguen drogándose es contraproducente, ya que estimulan el deseo oculto»

No sé si esto es cierto, pero me acordé en estos días en que veo que mucha gente votará por Macri, y a otros que tratamos de alertarlos de las consecuencias de esa elección para él y para los suyos.

Y al ver que esas alertas que lanzamos no les interesan, se burlan, nos insultan, como quien va al precipicio bailando como ratas al compás de una flautita que de mágica no tiene nada.

Pura engaña-pichanga con la que están felices.

II.

El doctor Albino dice en Clarín: “El homosexual es una persona que tiene un problema”.

Como todos sabemos, los heterosexuales no tenemos problemas.

Recordaré algo:

En El lobo de Wall Street (de Martin Scorsese), cada vez que Di Caprio convence a alguien, engatusándolo, del presunto gran negocio que ese alguien ha hecho aceptando poner sus ahorros donde el financista le ha dicho, Di Caprio se levanta, pone sus manos a altura de su cadera, y moviéndola hacia atrás y hacia delante, pone en escena, visualmente, lo que acaba de ocurrir en la realidad: se lo ha cogido. El otro, obviamente, y como demuestra la película, se enterará más adelante, cuando le empiece a sangrar el culo.

Protestará, golpeará las puertas de los bancos, se quedará sin la casa que venía pagando desde hacía años, perderá el trabajo y hasta le será difícil comer y darles de comer a los suyos.

Inútilmente.

El culo ya está roto.

Y el alma, las esperanzas, los sueños.

albino-abelIII.

Ya conté alguna vez que entre fines de los ochenta y comienzos de 1990 -me rajaron enseguida- calificaba películas por edad en el INCAA. Me volví a acordar por el cuarto de hora que está teniendo el doctor Albino, a quien Macri ama, o respeta, o vaya a saberse.

Al empezar la democracia era obligatorio ver las películas enteras para poder calificarlas. Incluía las pornográficas, y se dieron situaciones entre jocosas y penosas en los primeros años, según me contaron cuando yo entré.

Cualquier película que mostrase una teta, por ejemplo, era calificada como de «exhibición condicionada» por los representantes de los distintos credos, virulencia que crecía entre los católicos, es decir: se podían exhibir en salas dedicadas a la explotación del porno como industria. Así que señores adustos, y señoritas de piernas apretadas -al menos públicamente- pasaban del soponcio por la teta al casi desmayo cuando unos enormes penes se desplegaban a lo largo de los dos o tres metros de la pantalla del microcine de la calle Lima.

Las señoras, llenas de calores impensados, pretendían salir de la sala y, obviamente, poner su calificación condicionada, pero esa era la hora de la venganza de los otros, que hartos de que por una teta se pretendiese mandar a salas especiales toda pelicula con un mínimo desnudo, las obligaban a ver todo el cachondeo o, en su defecto, renunciar a la calificación.

Me hubiese gustado estar allí.

Finalmente, habían pedido ser eximidas y, yo creo que con buen criterio, Antín -director del Incaa- accedió. No tenía sentido perder una hora y media para calificar algo que estaba claro desde el vamos. De todas maneras, la primera pija había que verla para la constatación del asunto. Y ese rato era un momento sublime de alteración emocional y de terror hormonal entre las catequistas metidas en el lugar al que nunca se tendrían que haber asomado. Y también, nobleza obliga, de hombres ostentosos de su virilidad pero muy incómodos al compartir esos desmanes con mujeres.

Nadie se quejó de la decisión de Antín; esa gente por razones obvias, y el resto porque después de cinco minutos nos íbamos a casa.

Sin embargo, había un señor, abogado, orillando los sesenta años, con bigote canoso, calificador serial contra toda teta o todo culo, que es quien me lleva a este recuerdo y a estas líneas provocados por el doctor Albino y su cuarto de hora warholiano:

Representante de la Iglesia Católica, cada vez que había una porno para calificar, y mientras todos nos íbamos en fila india hacia la puerta de salida, alegaba una audiencia en Tribunales, o una cita posterior, y para hacer tiempo -decía- se quedaba a ver completo el festival de vaginas y penes que tanto lo incomodaban.

Pillín. Viejito pajero. Todavía te estoy viendo.


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