El prólogo sitúa la acción en Paraguay, en el año 1978, durante la dictadura del General Stroessner, que fue una de las más prolongadas y crueles de Latinoamérica. La voz en off de un hombre relata en guaraní la historia de su perro Negro, que se volvió salvaje y huyó hacia las profundidades del cañaveral, pero que siempre acecha desde allí porque lo atrae el olor de la sangre. A medida que avanza el relato, la voz se une a las subjetivas del hombre que intenta localizar, entre la vegetación selvática, aquellas fauces ocultas en la oscuridad. Este es el comienzo de Matar a un muerto (2019), ópera prima del director paraguayo Hugo Giménez, co-producida entre Paraguay, Argentina y Francia.

Este perro malvado que ronda desde la oscuridad, y al cual se trata de situar, es un elemento que gravita toda la película desde el fuera de campo, sugiriendo un efecto de thriller que es logrado por la alusión a su posible aparición a partir de gruñidos inquietantes. Que se sugiera que ese perro tiene los ojos rojos lo sitúa como una entidad perteneciente a lo diabólico. Quien relata es Pastor (Ever Enciso), un hombre entrado en años y que conoce desde hace tiempo el oficio, y se dirige a Dionisio (Aníbal Ortiz), un joven novato, que está detrás de él en el sendero, a quien está iniciando. Ambos son enterradores clandestinos de los cuerpos muertos que llegan a la vera del río, que corresponden a los desparecidos de la dictadura militar. Los nombres de los personajes establecen sus posiciones. Pastor es quien está al mando y quien predica las órdenes e instruye al joven Dionisio, cuyas pulsiones y pasiones hay que domesticar para que se ajuste al trabajo. Amo y esclavo son sus lugares. Cada día Pastor recibe, desde la radio, el mensaje con la indicación de los “paquetes” que han llegado, y juntos los recogen en la orilla del río. Como Amo, Pastor da las órdenes, mientras que a Dionisio le cabe poner el cuerpo y realizar el trabajo duro de cavar las fosas; enterrar a los cadáveres y echarle cal a la tierra para evitar que se acerquen los animales carroñeros. En tanto Amo, Pastor es un hombre apesadumbrado, carga con la preocupación de que el negocio funcione y de las posibles consecuencias si algo sale mal. Mientras que Dionisio, si bien hace el trabajo más duro, en tanto esclavo le queda más libertad para el goce. Es un joven sin conciencia de clase o política y por ello insiste en saber de ese otro fuera de campo que es el campeonato mundial de fútbol. Este mundial opera como suerte de escape de la realidad para Dionisio, y a la vez como tapadera deliberadamente planificada por los poderes de turno para el horror que se llevaba a cabo puertas adentro de las dictaduras de Latinoamérica. También resulta simbólicamente sugestivo que cuando Dionisio pregunte por noticias del Mundial, se le responda que Argentina y Brasil van ganando, que ambos están en el “Grupo de la Muerte” y que se haga referencia al apodo del jugador argentino Mario Kempes como “El matador”. El horror e la muerte, ronda como el perro, aunque se la pretenda olvidar u ocultar.

Pastor es además un hombre apegado a las tradiciones ancestrales de la tierra. Lleva consigo un pequeño frasquito con la piedra del Itakaru, que funciona como una suerte de amuleto de la buena suerte al cual se tiene que alimentar con algún elemento vinculado a aquello que se quiere obtener. Este talismán protector es un elemento de la puesta en escena interesante, que vincula a Pastor con el Fausto de Goethe, quien vende su alma al diablo. Con esta piedra se realiza un pacto mediante el cual, al alimentarla, ella cumple los deseos. Pero si no se la satisface, si por alguna razón se decide romper el pacto, la piedra se vuelve contra su dueño causándole infortunios. La piedra, elemento frío e insensible, puede leerse en esta línea como un símbolo del poder militar con quien Pastor ha realizado el trato como enterrador, pero que puede volverse en su contra si desobedece las órdenes o si cuenta algo de lo visto y oído. Esta coyuntura adquiere todo su dramatismo cuando un día que van a recoger los “paquetes” encuentren a un hombre (Jorge Román) que aún tiene vida. En este punto se plantea para los protagonistas el conflicto ético, pues ¿qué deben hacer? ¿Matar a un muerto o dejarlo con vida y atenerse a las consecuencias de poner en riesgo la propia vida? Por otro lado, una cosa es enterrar a un muerto, aún cuando se haga en la clandestinidad, pero otra cosa muy distinta es matar a un hombre. Aunque este sitio aislado y fuera de la civilización habilita a que cualquier cosa sea posible, ahí se traza una línea que divide a lo humano de lo inhumano, de lo que ya no se reconoce como humano y está fuera de él. ¿Serán capaces Pastor y Dionisio de matar a un hombre?

El color rojo de la camisa del desconocido lo identifica como el odiado comunista, a quien los dictadores buscaban eliminar. Los muertos dan cuenta del fenómeno del odio, donde claramente se apunta a eliminar el ser del Otro, como tentativa de aniquilar ese modo de goce otro, diferente, que sostiene mi vecino, mi compatriota y que se vuelve insoportable.

El fuera de campo del perro salvaje, que una y otra vez vuelve por sangre, se articula con el fuera de campo de los militares que les dan órdenes por radio y a quienes deben responder estos hombres.  Pastor comienza a perseguirse con la posibilidad de que este “paquete” que encontraron vivo sea una prueba del comando militar. Entonces le dice a Dionisio: “Los que llegan aquí deben ir bajo tierra”. El animal que devino salvaje se vuelve metáfora del compatriota, que por odio al diferente se separa de la humanidad para transformarse en un ser monstruoso, despiadado y cruel a quien no detiene en su acto de matar ni la moral, ni el asco ni la vergüenza. El animal salvaje que quiere cada vez más sangre, y goza en el acto de aniquilar al otro, se puede pensar como representación de la figura del torturador o de represor militar.

Por otra parte, es sugestivo el título de la película. Situar a alguien simbólicamente como muerto o como paquete es una maniobra que apunta a deshumanizarlo, a quitarle cualquier tipo de marca identificatoria que lo constituya como sujeto. Y es esta destitución de la subjetividad la que habilita que se lo pueda matar sin ningún tipo de cuestionamiento, a sangre fría. Pero, a la vez, el hombre con vida encontrado en la orilla tiene el estatuto de muerto vivo. Si hay que matar en acto nuevamente al muerto, esto da cuenta de que ese goce del otro fastidioso para el fascista, ese que se buscaba aniquilar eliminando su ser, no puede ser erradicado totalmente. El modo o las marcas de goce particulares de una comunidad retornan porque no pueden ser erradicadas, no pueden entrar totalmente en la simbolización que implica el estatuto de muerto. 

Otro punto interesante de la película es mostrar cómo se reproduce en esa comunidad de tres hombres la misma estructura jerárquica del ejército: hay un superior que es Pastor, un soldado raso que es Dionisio, y un prisionero a quien se trata como si fuera un animal, el muerto vivo. Esto a cuenta de la facilidad con que el hombre es lobo del hombre, esto es, cómo busca satisfacer sobre el más indefenso sus pulsiones de dominio y de agresividad.

Pastor tiene la apariencia de ser un hombre rudo en los modos cómo se dirige a Dionisio, pero se va advirtiendo que esto responde al temor a las represalias por parte de sus superiores. El pacto que ha hecho con la piedra sagrada no le dicta que sea momento para matar al prisionero. Y cuando le ordena matar a Dionisio, le aclara que debe hacerlo lejos de la choza en la que viven, porque la muerte podría quedarse allí y generarles desgracias. Dionisio practica con el arma descargada contra un árbol, se sienta agitado en una de las fosas y todo cobra un aire de película bélica en la selva: la fosa parece una trinchera y Dionisio comienza a ser afectado por la orden de tener que matar a otro hombre que se ha designado como enemigo. El carrete de la pistola Dionisio gira y el prisionero, a punto de ser fusilado, tiene un ataque epiléptico. La idea del bien -ya sea el bien propio si se realiza un acto malvado que los Dioses (la piedra el Itakaru) pueden castigar, o el bien del otro, ya que se siente mal- opera tanto para Pastor como para Dionisio como límite que detiene el acto y que los preserva el lado de lo humano. Además, para Dionisio negarse a hacer lo que Pastor no puede hacer y le ordena a él es una manera de marcarle un límite a sus imperativos y recuperar su dignidad como sujeto.

A partir de aquí, la dinámica de relaciones entre los tres hombres se modifica. Al fin y al cabo, los dos hombres son como el aparecido, en su necesidad económica, en su vulnerabilidad y marginalidad social son también muertos vivientes. Que la patrulla militar ande rondando, y pueda aparecer en cualquier momento, lleva a que Dionisio trate de arreglar su radio chica para detectar si está cerca. Los lugares se mueven y el prisionero pasa a ser un colaborador que aporta sus conocimientos para que Dionisio pueda arreglar la radio chica. Deja de ser un desconocido, un NN, para tener un nombre y recuperar las marcas de su historia. La maldad abominable ya no está en el interior del grupo, las fronteras que parecían establecidas entre el bien y el mal se desdibujan. Los tres hombres en realidad no tienen ninguna diferencia, son almas sufridas, asalariados o desclasados. Quedan entonces del mismo lado, oponiéndose a la bestia salvaje y canalla del poder de la dictadura militar, ese que se sirve de la propaganda de un país prospero de bellas familias felices buscando invisibilizar, en su efecto de entretenimiento, el horror que siembra sin temor ni temblor. En este contexto, la presencia del técnico del transmisor de la radio, en el tramo final, aumenta la tensión con cierto aire de western a punto de desatarse en cualquier momento.

Matar a un muerto es una película austera pero lograda y muy rica en cuanto a sus resonancias simbólicas tanto desde el guion como desde la puesta en escena. Con su atmósfera de encierro y suspenso, y sostenida en la solvencia actoral de los tres protagonistas que se destacan en sus interpretaciones, es una ficción que a pesar de anclarse en los años 70 continua interpelando en el presente al espectador y planteándole la pregunta respecto de qué lado se va a situar frente al avance  del neofascismo y del neoliberalismo. Cada uno puede tener sus miserias morales y sus diferencias con el otro, pero la línea tajante que separa la hijaputez de la humanidad es inapelable.

Calificación: 8/10

Matar a un muerto (Argentina/Paraguay/Francia, 2019). Guion y dirección: Hugo Giménez. Fotografía: Hugo Colace. Música: Sergio Cuquejo. Montaje: Andrea Gandolfo. Producción: Vanessa Ragone, Mónica D`Uva, Carolina Urbieta, Gabriela Sabaté, Alexa Rivero. Elenco: Jorge Roman, Ever Enciso, Aníbal Ortíz. Duración: 83 minutos.


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