divergent_poster_hqHe visto el futuro y…. Y es una porquería. Mientras uno se rompe el lomo –bueno, todo es relativo- trabajando, pagando, votando y creyendo en las utopías, la literatura y el cine, bajo el escudo de las distopías, nos tumban los castillitos que supimos torpemente construir, y nos anuncian qué mundo les quedará a nuestros descendientes. Ahora bien ¡cómo lo gozamos a veces: Blade Runner, Brazil, Soylent Green, Escape de Nueva York, etc.! Hay para discutir largo a ver quién nos presenta, de la forma más imaginativa, novedosa o cruel, ese mundo oprimido y ese final que viene anunciándose tal vez desde antes de la mismísima Metrópolis, anticipando la barbarie.

En fin, otra que la cadena del desánimo:  un subgénero del cine de ciencia ficción que abreva en problemas y conflictos de pasado y presente (la discriminación, la tiranía, las guerras, la contaminación, las polémicas sobre la manipulación genética, etc.) proyectándolos en el futuro con una amplificación que prescinde de cualquier atisbo de esperanza de cambio de la raza humana. A la vez, convengamos que una fantasía ideal y sin conflicto no tendría razón de ser como argumento o sería bastante aburrido. Sin ahondar más en este tema que ha sido harto analizado, el mejor y más equilibrado ejemplo (si me permiten esta subjetividad) es esa mixtura casi inempardable que es La máquina del tiempo (1960) donde alternan el romanticismo y la decepción por el género humano que sentía H.G. Wells, y que tan bien acompañaba el lirismo de George Pal.

El hambre y las ganas de comer. Si es que alguna vez decayó, la fiebre del distopismo como deporte cinematográfico fue retomada más por el avance de las tecnologías digitales (lo que antes era conseguir paisajes desolados, extras y dobles de riesgo hoy parece ser lograr un software un poco más complejo) y últimamente el de las sagas literarias llevadas a la pantalla, que por el deseo de aportar una visión, una alegoría o un juicio sobre el mundo convulsionado en que vivimos y su proyección. Desde las del Van Damme de vuelta de todo y con bajo presupuesto hasta productos rompetaquillas con Matt Damon, Tom Cruise o Brad Pitt a la cabeza, han trajinado mayormente en forma rutinaria y con poca sorpresa los futuros posibles con el hombre como víctima o victimario de su propia raza, convertido en su propio verdugo.

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En este panorama, Divergente no cumple más que como una continuación del fenómeno Los juegos del hambre (2012), es decir sagas futuristas basadas en best sellers que descuentan el cantado éxito de taquilla y se prolongan desde el vamos. Así como este año se vio Los juegos del hambre: En llamas, la segunda parte de la historia escrita por Suzanne Collins, Divergente, la película de Neil Burger (un apellido para el cachetazo si hablamos de cine industrial), se estrena ya teniendo dos secuelas bajo el brazo provenientes de la pluma de la joven Verónica Roth (25), que imaginó un mundo donde luego de la gran guerra sólo quedaron las grandes ciudades aisladas por murallas y las sociedades organizadas en facciones con el objetivo de evitar conflictos internos y protegerse de potenciales enemigos invasores provenientes de lo que haya quedado fuera.

La osadía de ser abnegado. Así, el Chicago distópico amontona a los inteligentes, los que aprecian el conocimiento y la lógica, en el grupo “Erudición”; a los que trabajan la tierra, pacíficos y alegres, en el grupo “Cordialidad”; a los honestos y ordenados en el grupo “Verdad”; a los valientes y vigilantes protectores de la ciudad como el grupo “Osadía”; y a los más solidarios y desinteresados se los ubica en el grupo “Abnegación”, que como son servidores públicos y buenos están en el poder, pero mal vistos por los eruditos: flor de alegoría. Así de arbitraria y “faccista” es la cosa, y los que no encajan en ningún grupo son la escoria y ni piedad para ellos salvo un plato de sopa de los abnegados. La heroína de Roth, la adolescente Tris (Shailene Woodley), es la que nos informa de todo esto y también nos dice que “todos saben a dónde pertenecen, menos yo”. Luego de su acto de reclutamiento –que tanto la puede llevar a quedar en su facción de abnegados o pasar a la policía brutalmente entrenada de los del grupo Osadía, y Tris es un raro caso de potencial para una u otra- la protagonista empezará a conocer la otra cara de ese “mundo feliz” que aparenta la organización social postholocausto y donde la presión por el poder funciona (¿nunca aprenderemos?) igual que hoy.

winsletdivergent2-827En su  capítulo presentación –qué feo pero inevitable es decirlo, ojalá no cunda tanto el ejemplo – Divergente cumple con las reglas estéticas del diseño de producción del sci fi de estos tiempos, lo cual es más bien poco decir así como tampoco es mucho lo que aporta la historia de Roth imaginando sociedades del futuro divididas estrictamente en grupos de afinidad, más que profetizar que la violencia seguirá en nosotros así como la discriminación, la exclusión y la opresión. Vaya dato. Más allá de la novedad de presentarnos a Kate Winslet en plan Cruella De Vil, tanto como para acentuar el duro proceso de incorporación de Tris a su rol social y marcar distancias, ayuda el contraste expresivo (en un entorno militarizado y agresivo) de los dos roles femeninos principales jugados por Woodley y la inmerecidamente semiolvidada y en su justa madurez Ashley Judd, en el episódico rol de la madre, uno de los pocos puntos altos de una película que será otro indudable taquillazo en la ola de las sagas distópicas, pero que tranquilamente podría ser un videojuego más en la estantería.

Divergente (EEUU, 2014), de Neil Burger, c/Shailene Woodley, Theo James, Kate Winslet y Ashley Judd, 139′.


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