Sala de cine. Anuncio de la nueva Rápidos y furiosos número mil. Tiros, músculo, cosa golda, autos, choques, culos, niños (sí, dije niños) gritando desaforados en la butaca.

Logan.

Náuseas. Sensación de asco y pesadumbre incontenible por un saco de carne.

Lost, in a snow filled sky, we’ll

make it alright

To come undone now

We’ll try to stay blind

to the hope and fear outside

Hey child, stay wilder than the wind

And blow me in to cry

Duran Duran

James Mangold, director de Wolverine (2013), traza esta vez con movimientos reflexivos y efectivos una película rotundamente material, hecha de cuerpo y espíritu o, mejor dicho, de alma y forma.

Logan (2017), inspirada en el cómic Old Man Logan de Mark Millar, comienza en el año 2029, era post-Trump con un pantallazo al gigantesco muro que ahora separa Estados Unidos de México. La escena no resulta algo menor. Como señalamos en repetidas oportunidades, la saga completa de X-Men es una especie de tratado filosófico, un compendio de diferentes praxis políticas al calor de una sociedad post-humana.

Visto desde este punto, la figura de la frontera, el borde, el límite es construido como espacio narrativo dentro de la película en toda su territorialidad: los cuerpos, la tierra, la mente y más allá. Todos estos elementos conjugan una composición revulsiva y crítica. Justamente es la frontera como lugar de intercambio en donde se combina la contaminación y la excepcionalidad agambeneana. Mangold confecciona allí una agonía lenta, opaca y dolorosa de aquello único: Logan.

Surfeando estos bordes, nos encontramos a James Howlett (un enorme Hugh Jackman) , un hombre «cincuentón» y corpulento que trabaja como chofer para ganarse la vida. Parece mentira que ese hombre fuese, en esta misma vida, aquel héroe legendario, amado por niños y grandes, apodado «Wolverine» o esa parafernalia armamentista denominada «Arma X» por el coronel Stryker, o incluso aquel hombre común que elige para definirse a sí mismo el pseudónimo «Logan». Todas estas identidades se hacen – y deshacen- con una virulencia radical, al igual que ese cuerpo fragmentado que todo lo soporta. Somatizamos entonces, como espectadores, la crudeza, la excrecencia de la sangre que fluye en torrentes voluptuosos, el chasquido del adamantium que desgarra la carne para aparecer en escena, las cicatrices de cada corte, todo, absolutamente todo, nos provoca impresión y sencillamente duele. Cada golpe recibido pero, necesariamente, toda herida infligida a otro cuerpo provoca malestar y tensión. Y este sentimiento de asfixia se mantiene suspendido durante toda la película ya que, como buena heredera del clima y la estructura del cine policial norteamericano de los años 50, la atmósfera se vuelve inexorablemente más agobiante, carente de catarsis a la cual recurrir .

Desde esta perspectiva amarga, es posible pensar cierto acercamiento con el concepto de cuerpo gibsoniano, perforado, cortajeado o hundido. Logan sufre y expía -a su pesar, literalmente- los pecados de los suyos -curiosamente nunca los propios- haciendo las veces de una especie de mártir mutante en un mundo inhóspito y crudo. Justamente, decimos que en clave policial se introducen, a sabiendas, elementos propios que homenajean el western yendo estos mucho más allá de la propia referencia a Shane (1953) inserta claramente en la película. La naturaleza que recorren los protagonistas es de una matriz tan hostil que recuerda las Wastelands de Mad Max: grandes extensiones de desierto que encierran en su inmensidad tétrica un salvajismo exuberante.

La proyección de este desierto crea un espejismo cruento en el que siempre parece más verde del otro lado. Hay algo promisorio detrás de todo ese polvo, pero esa esperanza -que Xavier (Patrick Stewart) ansía infructuosamente para Logan- le está sistemáticamente negada. El mutante de las grandes garras no pudo (no puede ni podrá) vivir en el Edén porque sus acciones se (desen)vuelven sobre un eterno presente por lo que es imposible una progresión lineal. Logan, héroe fordiano, se mueve en la circularidad del mito y este estado de excepción lo ubica al mismo tiempo dentro y fuera de la ley, con todas las consecuencias que esto trae aparejado.

“El hijo se convertirá en padre y el padre en hijo”.

La película se conduce y reconduce a través de la parábola bíblica del hijo pródigo. Logan es, aparentemente, el único sobreviviente del incidente que provocó el deceso de cientos de personas, incluidos aquellos mutantes más cercanos a Xavier. Efectivamente, Xavier no miente durante la escena de la xenía en la casa familiar: Logan fue, quizás, su peor alumno y justamente por ello el efecto de su compromiso tiene otro valor.

Mangold trata con muchísima sutileza esa matanza de inocentes «no intencionada» bajo la responsabilidad de Xavier. Lo que Magneto denominaba “daño colateral” aquí resulta una jugada impiadosa que el destino le propina al profesor. Como señala el Dr. Rice (Richard Grant): “¡Qué paradójico que el cerebro más poderoso del planeta padezca una enfermedad neurológica degenerativa!”. Se nos muestra entonces una re-versión de la propuesta esquizoide que Xavier reservó a Jean Grey/Fénix, ya que Logan debe drogar al profesor para proteger-lo todo. Se produce una lógica inmunitaria en la que, para preservar la vida, hay que darle a probar un poco de muerte. Xavier vive en un dopádromo y no sabemos a ciencia cierta si fue una idea concebida por Logan o -como nosotros nos inclinamos a pensar,ya que es más propio de la mentalidad del profesor- si fue su propia idea para proteger a la humanidad e impedir que el incidente se repita. De un modo u otro, ambos hombres transcurren sus vidas mayormente enajenados. La latencia de la enfermedad del profesor en su mente es del mismo tenor interno y voraz que el veneno del adamantium que recorre las venas de Logan, corroyéndolos en una terrible comunión cartesiana.

Al respecto, ambas fuerzas son retratadas con minuciosidad impiadosa. La ancianidad y el padecimiento de Xavier son mostrados quirúrgicamente: los restos del cabello sin cortar, la delgadez aun más extrema, los cambios de humor, los flashes y la pérdida de memoria resultan sencillamente conmovedoras. Del mismo modo que aquellas escenas que involucran a la díada hijo/padre: Logan levantando a Xavier del suelo, subiéndolo en brazos por las escaleras, acostándolo en la cama y demás lugares comunes de la cotidianeidad. Como reverso de la moneda, la incapacidad de regenerarse rápidamente, el dolor permanente, el pus que emana de las heridas son estigmas que llegaron para quedarse y marcar esa piel a fuego. Todo el cuerpo de Logan está reaccionando contra ese elemento nocivo.  La batalla de un cuerpo que, ya vencido, está condenado (felizmente) a dejar de existir.

En otro sentido, Laura (Dafne Keen), copia genética de Logan, mantiene impertérrita esa máxima blochiana que enuncia que “donde crece el peligro, crece la salvación”. Por esto, mira a su “padre” desde una natural y candorosa rebeldía infantil, aunque también nos recuerda con ahínco los reclamos existenciales que cada criatura hace oportunamente a su creador –tópico frecuente desde Frankenstein hasta Yo, Robot y la literatura post-humana-. Pese a ser un producto de laboratorio no fabricado por él, Logan termina siendo cuestionado en el sentido de la responsabilidad. Por ello, la voz de Xavier siempre imprime el imperativo categórico del deber ser. Le habla entonces a Logan del locus amoenus, del lugar de la cena en casa intentando transmitir que ese hogar, utopía edénica, es posible y realizable. Esos “papeles” que están interpretando frente a la familia que los acoge, podrían ser reales. Logan opone a este planteo un no-lugar: el mar en medio de la nada. Resulta que solo allí es posible vivir porque todo lo demás es una caricatura de la vida: las actuaciones de padre/hijo/hija, e incluso el Edén al que Laura anhela llegar, está enunciado narrativamente desde un cómic: es apenas un dibujo. La felicidad es siempre algo irrealizable para él, por ello cuando finalmente encuentra ese “Neverland” entiende que su lugar nunca puede ser allí. Logan es, ante todo, un nowhere man cuya vida se reduce a atisbos de relámpagos entre tanta oscuridad.

La mirada de Laura va cambiando su naturaleza al tiempo que se va desanimalizando. Más allá de la obvia crítica ética a la ciencia, la referencia al genocidio y al uso de los niños en las guerras -esto último data ya desde los populares cantares de gesta-, la dinámica en la interacción entre padre/hija reside en la capacidad de Logan de confirmar la simetría en el padecimiento, de identificar(se) especularmente en el dolor del otro. En la cotidianeidad se construye un vínculo que se clausura con la rotunda frase final: “Así que esto es cómo se siente”. Se rompe entonces en mil pedazos el mito que da lugar a la re-humanización, la muerte iguala en tanto fenómeno colectivo y atenta contra la excepcionalidad, la felicidad  aun sobreviene con gusto amargo.

La experiencia finalmente se hace carne en Logan y ya nunca más lo dejará indemne, al igual que a cada uno de nosotros.

Logan (EUA, 2017), de James Mangold, c/Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafnee Keen, 137′.

Gustavo Gros (no) escribió sobre esta película acá


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