x_men__days_of_future_pastUna voz me llega de Seír, en Edom: Centinela, ¿cuánto durará la noche? 

ISAIAS 21,11

 El  porvenir de una ilusión. Todo el poder a los mutantes.

Se estrenó entonces la tan esperada X-Men: Días del futuro pasado de Brian Singer y, para regocijo de los amantes de la saga, la película (aunque con muchas licencias respecto al cómic) reencauza contundentemente el universo de los X-Men solucionando mucho de los errores argumentales acaecidos en las entregas anteriores. En ese sentido, no es obra de ninguna mano invisible: es la clara voluntad de Singer que se impone sobre un mapa de vacíos.

X-Men: Días del futuro pasado está inspirada en un cómic clásico de dos entregas creado por el genial Chris Claremont en 1981, dentro de la franquicia de los X-Men. La película comienza situándonos en un futuro apocalíptico, con escenas  desoladas y oscuras comparables a la intro del filme de  James Cameron Terminator (1984). Se muestra brevemente una arqueología de la destrucción como punto de partida. La mayoría de mutantes ha sido aniquilada o trasladada a campos de concentración por los centinelas: un ejército de  poderosas criaturas cibernéticas creadas en condiciones de laboratorio con materia prima mutante diseñadas para destruirlos. De más está aclarar que a nosotros, humanos, el porvenir nos resultó mucho peor.

Al borde de la extinción, los mutantes sobrevivientes elaboran un plan que consiste en impedir un hecho acaecido en el pasado para cambiar las condiciones del presente. Para ello, la conciencia de uno de ellos debe trasladarse a los ’70 y tratar de persuadir a un grupo disgregado de mutantes (que no son otros más que ellos mismos) de que no actúen de acuerdo a la propia naturaleza de su temperamento. En los cómics, es la misma Kitty Pride quien produce y se transporta en el viaje mental; aquí, en el filme, todos los números los tiene Logan.

Wolverine, nuestro entrañable Pathos andante,  llega a 1976 (diez años después de X-Men: Primera generación). Un pasado que tiene de fondo la era Nixon, la derrota de  Vietnam, la música disco y el asesinato de los Kennedy, a fin de intentar inscribir un nuevo futuro.

U2_MexicoCity1Lo interesante de esta película es que se retoma con fuerza la idea, siempre presente en la saga X-Men, sobre las diversas teorías de acción política. Hay una consistencia, maquiavélica, lúcida y ética de los históricos “villanos” que fácilmente mella cualquier  posición trans-maniquea que se pretenda sostener. En efecto,  resulta apreciable el Xavier lumpen y desamparado que muestra la película en contraste con el  burgués sabelotodo  que vela por los intereses de la humanidad. Baste recordar en X-Men: Primera generación, la terrible mansión que hereda Charles, su asistencia a Oxford, su  auténtica vida de filántropo capitalista comparable a un progre Bono Vox  de nuestra era.

Aunque esta faceta nunca aparece en el cómic, el abuso de whisky y otras sustancias, humanizan en la pantalla al insoportable pelado pedagogo. Seriamente, ver a la escuelita sepultada entre la hierba y la maleza es, a diferencia de lo que podríamos suponer, un mensaje bastante esperanzador. La escuela de Xavier es la contrapartida del campo de concentración, pero su otra cara necesaria. Ambos no solo constituyen la matriz económica divergente entre Magneto (por respeto a él, nunca lo llamaremos por su nombre humano) y Xavier sino que son los principales espacios simbólicos desde donde se juega la modernidad ideológica entre los Nietzche fanboys y cierto sesgo de Marxismo –Leninismo del verdadero líder de la revolución mutante. Xavier “adecenta” a los mutantes, los educa, los neutraliza en una escuela que funciona al margen del Estado. Las familias (principalmente norteamericanas) depositan alegremente a sus hijos “raros” en la escuela de Xavier, deshaciéndose de ellos o condenándolos a la abyección. La segregación es violenta pero con apariencia feliz y voluntaria. Por esto no es nada casual que la película comience con imágenes futuristas de centros de detención, campos de concentración para mutantes y humanos. En cierta manera, se reproduce el inicio de la película del 2011 cuya introducción mostraba el campo de concentración donde fue criado Magneto.

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La escuela –el campo de concentración- parecerían conformar lo que Giorgo Agamben ha señalado como “espacios de excepción”: lo que este espacio de excepción obtiene no es ni una vida animal ni una vida humana, sino sólo una vida separada y excluida de sí mismo. El denominado ‘espacio de excepción’ representa una zona vacía y ezquizofrénica.

La decisión de Raven/Mystique (Jennifer Lawrence) frente al asesinato actualiza “el tropiezo” al que Xavier alude frecuentemente cuando intenta exponer las terribles consecuencias de apartarse del camino. El desamparo del Profesor se da frente al dolor, ya que como Nietzche propone en Más allá del bien y del mal: “Existen pocos dolores tan agudos como el haber visto, el haber adivinado, el haber sentido alguna vez cómo un hombre extraordinario se apartaba de su senda y degeneraba”. Cerebro no hace más que subrayar la agonía de Xavier al comprobar que la mayoría de los mutantes se alejan de lo que él considera la senda: el camino a la coexistencia pacífica. En ese sentido, Charles es lo suficientemente dogmático para imponer a los otros un pacifismo desangelado, tozudo e incomprensible. Como a Jean Grey/Fénix (producto esquizofrénico de la mente del profesor), Xavier no obliga a tomar a Raven/Mystique una decisión sino que, justamente, es al revés: él encarna el elogio a lo neutro, una política de aplazamiento indefinido del conflicto. Frente a la propuesta de Magneto: “Quiero que seas lo que eres, como te hizo la naturaleza” –con la que no podemos más que acordar fervorosamente- el profesor propone la vindicación de un derecho a no responder, al silencio.

El final, al parecer, apolíneo de la peripecia, no lo es tanto si consideramos lo fundamentado más arriba. La desaparición de los centinelas, ¿realmente nos hermana frente al dolor? Magneto lo entiende muy bien y también nosotros, en la antesala del Apocalipsis.

X-Men: First Class

Bonus track

Celebradísima la variación en la inclusión de personajes como Quicksilver (Evan Peters), hijo de Magneto –tampoco aparece en el cómic X- Men: Days of the Future Past-  quien le otorga un genial toque cómico a la peripecia estilo “simuladores” que se produce durante la escena del escape del Pentágono. Jovencito insufrible si los hay, su personalidad  inmadura juega un interesante contraste con su taciturno padre. No obstante, frente a esta libre versión, cabe recordar que Quicksilver aparecerá también en  Los vengadores 2 (2015) interpretado por Aaron Taylor Johnson con una estética absolutamente diferente (algunos dirán más fiel al cómic)  y en ningún momento se mencionará  allí su naturaleza mutante o su filiación con Magneto. Sobre gustos…

Aunque es genuina estrategia marketinera, la elección de Peter Dinklage como el científico Bolivar Trask  no resulta  una mala decisión. El actor se muestra consistente en el rol de un hombre de ciencia, frío, medido, calculador. De la misma forma,  Michael Fassbender vuelve a afianzarse en dar vida a Magneto: su historia, su temperamento, su padecer resultan en el actor, una síntesis notable.

La adaptación estética de los centinelas también es polémica. Para muchos, la nueva versión “pierde” cierta esencia humanoide en pos de un impacto visual-tecnológico. Sin embargo, apreciar la fuerza ígnea en la cara “abierta” de los gigantes, es enfrentarse cara a cara con la destrucción. En oposición, los efectos especiales de la película resultan discretos pero nunca conmovedores.

X-Men: Días del futuro pasado (X-Men: Days of Future Past, Inglaterra/ EUA, 2014), de Bryan Singer, c/Hugh Jackman, James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Halle Berry, Anna Paquin, Ellen Page, 131’.


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