Autopista al Infierno POSTERBrian Helgeland comenzó escribiendo guiones para películas de miedo. Sí, de terror. Tal vez todos lo vinculen al suspenso, al thriller o al policial, como Los Ángeles al desnudo (Curtis Hanson, 1997), pero en la ya lejana y fluorescente década de los ‘80 Helgeland vendería por una modesta suma de dinero el guión de una extraña película prácticamente desconocida que se convertiría en una de las mejores películas de terror de aquellos años y sobrevivió a duras penas en algún VHS casi extinto: 976 – Evil (1988), dirigida por Robert «Freddy Krueger» Englund.

976-Evil narra la historia de un joven torpe y nerd, marca registrada del imaginario popular dentro del cine estadounidense de género. Bajo la castradora y sofocante mirada de su tía sucumbe a los delirios religiosos que ella le impone para vivir bajo su techo. Solo contra el mundo el pibe cede a la tentación de poder de una línea telefónica (deus ex machina) que predice el futuro, horóscopo negro de origen demoníaco que facilita su terrible y violenta venganza. Como El cisne negro (Darren Aronofsky, 2010), 976-Evil es una relectura de Carrie (Brian De Palma, 1976) donde la religión, las obsesiones, la castración, el despertar (sexual o psicológico), la violencia, el abuso y la mirada despectiva de la sociedad ante un/a boludo/a con poca calle conectan con el nervio de la tragedia romántica donde el/la mártir de turno lleva a cabo su hermosa venganza hasta el límite. En Carrie y en 976-Evil la motivación es el orgullo; en El cisne negro, el ego. Helgeland volcó al papel un enorme disparate que dio como resultado una película surrealista, densa y visualmente poderosa. Gracias a ella Robert Englund lo recomendaría a New Line Cinema para que escribiera el guión de la que terminó siendo Pesadilla 4: El amo del sueño (Renny Harlin, 1988), estrenada el mismo año que 976-Evil.

La de Harlin es una película con gran poder visual (gente transformándose en cucarachas y gateando por el cielorraso, deformidades cronenberguianas que emergen del cuerpo, casas que engañan la percepción arquitectónica como en un cuadro de Picasso) pero peca porque el pastiche no cuaja del todo. Si bien muestra facetas casi rupturistas en su narración (la protagonista muere a la mitad del relato, el rol del héroe es transferido a una amiga) que la aleja de ciertas formalidades del género, el mayor problema recae en la dirección. Harlin, que se especializaría en cine de acción destacándose con Riesgo total, la encara como si por momentos se tratase de Karate Kid (demandas de marketing de la época), por momentos de un melodrama barato, y va a los bifes muy rápido (algo que Wes Craven, Jack Sholder y Charles Russell manejaron mejor en sus predecesoras). No sabe de climas ni aprovecha las aristas metafísicas que plantea el guión de Helgeland.

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Su tercera y última incursión en el género llegaría con Highway to Hell (Ate de Jong, 1992) mixturando aventura y comedia. Highway to Hell narra las desventuras de una pareja adolescente que huye en auto de su vida gris y monótona cruzando una carretera desolada de los Estados Unidos. Después de pasar por una estación de servicio ya avanzada la noche y recibir la advertencia de no quedarse dormidos al volante son atacados por un policía del infierno literal y sádico que se lleva a la chica al infierno. El muchacho irá tras de ella y cruzará el umbral que da paso a un universo tenebroso y anacrónico dominado por Lucifer. Teniendo en cuenta que Helgeland ya tenía experiencia en el género el resultado es mediocre. La esencia bizarra que emana es la misma que la de la delirante versión cinematográfica de Super Mario Bros (1993), pero en el peor sentido de la palabra. Ninguno de los géneros fusionados (terror, aventuras, comedia) funciona aunque entretiene.

En las tres películas escritas por Helgeland hay una constante: la guerra personal que desata el protagonista, siempre joven, virginal, inocente y lo transforma en un guerrero, monstruo u hombre. En Pesadilla 4 venga la muerte de sus amigos; en 976-Evil la emprende contra la sociedad; en Highway, contra la adversidad que interrumpe el amor representada por el diablo y su mundo maligno. Esa guerra marca una ruptura en los personajes y conecta el discurso formal de Helgeland con el que utiliza Craven para retratar a sus criaturas. La pérdida de control de una situación o de un rasgo personal es otra característica en sus narraciones. En Pesadilla 4 se cree haber controlado y matado a la bestia de Freddy Krueger; en 976-Evil el autocontrol fallido es psicológico, en Highway se trunca la fuga romántica (en Los Ángeles al desnudo el personaje de Russell Crowe intenta en vano controlar su ira desmedida). Helgeland, como su colega Larry Cohen, es dueños de ideas brillantes dentro del género no siempre bien adaptadas.


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