Pozitia-Copilului_Arad-GTC¿Cuál es la mirada del hijo?, nos preguntamos ante esa mirada a la que el título alude y que no termina de expresarse. ¿Qué lugar podría ocupar cuando la que se manifiesta es otra que monopoliza el espacio hasta exiliarla de la imagen y quitarle el aire? El film de Calin Peter Netzer plantea, justamente, la imposibilidad de una mirada frente a otra que lo invade y lo asfixia todo, y tiene la virtud de convertir este interrogante -que en primera instancia es existencial- en un dilema cinematográfico.

Un accidente automovilístico en el que un hombre le quita la vida a un niño será el disparador de una historia que comienza, en realidad, cuando la madre del conductor acude en ayuda de su hijo que aguarda el peritaje policial. Se advierte desde el inicio que el contraste entre pobres y ricos (la madre moviendo dinero e influencias para evitar que su hijo sea condenado; la familia de bajos recursos llorando y pidiendo justicia) no es más que un telón de fondo para mostrarnos a esta madre (impecable Luminita Gheorghiu) comprando voluntades. La voluntad de los policías, la de otro automovilista involucrado, pero también la de la esposa del hijo, la del hijo, la de la mucama. Porque comprobaremos, a medida que las escenas se sucedan, que no es sólo una situación límite la que la compele a actuar de ese modo, sino que se trata de un proceder cotidiano. La madre invade, conquista y arrasa con la firme convicción de estar haciendo siempre el bien.

Su mirada omnipresente constituye una influencia improbable de soslayar. La cámara la sigue en su enérgico ir y venir, registrando cada gesto, cada cambio de expresión: sus músculos se tensan, sus párpados bajan, sus ojos brillan, siempre en primer plano. La puesta se hace eco de esa supremacía desbordante. El hijo, por el contrario, permanece fuera de campo, o en un segundo lugar, lejano e inaccesible. El hijo calla y se retrae, se hunde y acepta, mientras la madre habla, gesticula, se mueve, actúa, interviene, soluciona y arrolla todo lo que se interpone a su paso. La madre es una presencia tan contundente que impone un punto de vista absoluto, dejando al hijo afuera del cuadro, desterrado de la imagen pero también de la existencia. El director rumano representa con maestría este avasallamiento vital.

cgm7238c9bcd6e0be9be141b41f48bc7e11644Los calificativos parecen fáciles: la madre es prepotente, el hijo es un cobarde; sin embargo la madre puede ser tan conmovedora como terrorífica, y el hijo tan entendible como, por momentos, despreciable. Por eso resulta imposible tomar partido en esta contienda: ambos generan empatía en sus encrucijadas íntimas capitales. Ante la dificultad para resolver esta disyuntiva, la tragedia parece potenciarse: de la más visible y obvia –la del accidente-, La mirada del hijo pasa a otra más profunda e igualmente desgarradora, la de la irreconciliable, y por lo tanto trágica, relación filial. Después de todo, la mirada es, en este caso, una postura ética. La escena final, situación agónica que expone el drama desnudo, establece un límite a los personajes al situarlos frente a lo irreparable. El acercamiento al dolor de la familia de la víctima los transforma; la madre se detiene por primera vez y decide callar, y el hijo, aunque nunca escuchemos sus palabras, finalmente habla.

La mirada del hijo es una película oscura, de cielos siempre nublados y atardeceres interminables. Algo llega a su fin y la cámara lo documenta, persistente, crepuscular, siguiendo a sus criaturas con pura vocación de registro; de allí el movimiento constante, de allí la buscada desprolijidad de los encuadres. Cada situación que les toca atravesar soporta el peso de lo definitivo. Allí esta la realidad, cruda y descarnada, áspera y porosa. “La realidad se presenta a veces de manera tan contundente que tiene la textura de un sueño”, dice un personaje de Doce casas, sorprendente ficción teatral de Santiago Loza y Eduardo Crespo que se emite por la Televisión Pública. Calin Peter Netzer nos sitúa en el centro de un huracán anímico, en un momento en que la existencia se abre ante sus protagonistas como una grieta abismal. Con esos materiales, el director ejecuta un ejercicio de hiperrealismo, una sinfonía dramática cuya realidad hecha cine es tan contundente que tiene la textura de esas pesadillas que suelen soñarse despierto.

La mirada del hijo (Pozitia copilului, Rumania, 2013), de Calin Peter Netzer, c/Luminita Gheorghiu, Bogdan Dumitrache, Natasa Raab, Ilinca Goia, 112’.


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