hr_the_lego_movie_10La gran aventura Lego (The Lego Movie) es una película inmensamente divertida y rica, y esta aseveración se justifica en la inteligencia que hay detrás de ella, en el guión, en la puesta en escena, en la apropiación de ciertos clichés y lugares comunes, pero sólo para reinventarlos y fundirlos bajo una perspectiva original, cuya propuesta se fortalece al pensar en la ternura con la que aborda la total irreverencia que propone.

Emmet (Chris Pratt en la versión original que, de cualquier manera, tal parece que no vamos a tener ocasión de escuchar en el cine, gracias a las delicias de la versión latina obligatoria) es un ciudadano común, que sigue siempre las reglas.  Vive controlado, aunque no llega a darse cuenta de ello. En una ciudad absolutamente ordenada y funcional, donde incluso la alegría forma parte de la rutina, Emmet es sólo un personaje más, confundido entre tantos otros. Por ende, es forzosamente feliz y obsecuente.

Ya en este planteo inicial, resuenan ecos de todas las grandes distopías, desde 1984 de George Orwell hasta They Live, de John Carpenter. De hecho, La gran aventura Lego es conciente de ello y realiza varios guiños cómplices al respecto. Desde cámaras de vigilancia que se hacen explícitas hasta carteles que exigen a los ciudadanos la sumisión y obediencia. La cuestión es: ¿Qué tan feliz puede llegar a ser un individuo cuya libertad resulta ser una confabulación enorme? Y he aquí otro momento brillante: Emmet lo descubre todo por accidente. Es decir, sin proponérselo, sin sospechar nada de la distopía en la que vive. Descubre que su realidad es apenas una de muchas realidades y su mundo se cae a pedazos, pero de manera indolora e indolente. Básicamente, porque el ritmo de los acontecimientos, la aventura que sobreviene a ese feliz accidente, le impide detenerse a pensar demasiado las cosas. Y aunque lo hiciera, la verdad es que Emmet no es muy lúcido que digamos. Al menos, no al principio.

Una vez más, lo accidental es un eufemismo para nombrar al destino. En este caso (como en tantos otros), la aparición de una mujer: Wildstyle (Elizabeth Banks). Emmet se enamora de ella a primera vista. Ella está desobedeciendo las normas y la obligación ciudadana de Emmet es denunciarla, pero no lo hace y la razón por la que no lo hace es porque le gusta. Está embelesado por su belleza, y siguiendo su rastro es como Emmet termina involucrado en un plan subversivo de proporciones revolucionarias.

Resulta que Emmet, el anti-héroe por antonomasia, se convertirá accidentalmente en líder de un grupo que pretende derrocar la tiranía de las grandes corporaciones, capitaneadas por President Business (Will Ferrell). Este particular grupo (con reminiscencias religiosas) son seguidores de las profecías de Vitruvius (Morgan Freeman), viejo enemigo de President Business.

Vueltas de tuerca: el romance entre Emmet y Wildstyle se complica porque ella está sentimentalmente comprometida con Batman (Will Arnett). Ella es dark, es emo. Nada mejor que el, así llamado, Señor de la Noche, como novio. Emmet compite contra Batman para demostrarle a Wildstyle que él también puede ser dark, y en una antológica escena en la que Emmet fracasa en su intento, se ridiculiza con gran acierto el cliché del anti-héroe.

Hay más: el malévolo plan de President Business es anular definitivamente la libertad de los ciudadanos y, para ello, cuenta con un arma súper secreta: pegamento. Si consigue que todos permanezcan en la posición exacta en la que deben estar, el control de President Business sobre los ciudadanos será absoluto y total. Para presentar batalla, los héroes de esta historia se asocian, cruzando las fronteras entre varios universos: y así tenemos otros personajes del mundo de los superhéroes (¡cameo de  Jonah Hill como Linterna verde!), el medioevo, el salvaje Oeste, el espacio sideral, un tecno-pirata (que es en sí mismo un cruce de géneros) y tantos otros. Todos conviven en una misma saga épica, en un admirable y complejísimo juego de intertextualidad lleno de múltiples alusiones a la cultura pop.

Como si todo esto fuera poco, resulta que los múltiples universos terminan formando parte de otro universo más vasto que contiene todos esos universos y otros. Ese universo que los contiene no es otro que el universo de los seres humanos. Y aquí es donde adquiere sentido la usual comparación que se realiza con Toy Story, donde los diferentes mundos se definen por la oposición entre el mundo real (representado por los seres humanos) y el mundo de fantasía (representado por los juguetes).

Sin embargo, hay una diferencia sustancial. En la ficción propuesta por Toy Story, los juguetes cobran vida cuando los seres humanos no están prestándoles atención, con lo que se recupera, para el espectador, cierta idea de animismo (dotar de vida a objetos inanimados), un mito presente en numerosas culturas y ampliamente estudiado por la antropología y la psicología Freudiana. En La gran aventura Lego, la fantasía y la realidad quedarán, finalmente, bien diferenciadas. Queda claro que todas las aventuras que el espectador contempla son producto de la imaginación de un niño, una representación, una comedia. Una película dentro de otra.

Para confirmar esta impresión, vale aclarar que mientras que en Toy Story los seres humanos son representados con las mismas técnicas de animación que el resto de la película, en La gran aventura Lego los seres humanos son reales. Es decir, se mezcla el cine de animación con el, así llamado, cine de acción en vivo. Así que todas las aventuras y todos los universos planteados por la película pertenecen, después de todo, a una mente infantil. Esta resolución, que en líneas generales suele ser decepcionante, en este caso no lo es. Tal vez porque el abordaje a la creatividad e imaginación de un niño ha sido realizado con una ternura y efectividad pocas veces visto.

La gran aventura Lego (The Lego Movie, Estados Unidos/ Australia/ Dinamarca, 2014), de Phil Lord y Christopher Miller, c/ Chris Pratt, Elizabeth Banks, Will Ferrell, Morgan Freeman, Liam Neeson, Will Arnett. Producción: Roy Lee y Dan Lin, 100’.


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