Uno de los inmensos problemas de la crítica de cine -a pesar de los esfuerzos de Bazin y Deleuze entre otros- es la autonomía (¿originalidad?) de su propia epistemología. O la adopta torpemente de la terminología técnica (ángulos de cámara, montaje, sonido, fotografía, etc.) del cine y el lenguaje audiovisual o la roba más torpemente aún de las categorías clásicas sociosemióticas de la crítica literaria. De un modo u otro, el problema siempre está en intentar analizar un lenguaje audiovisual desde categorías de análisis de un lenguaje escrito -por más barthesiano que suene- a través de un formato (ensayo, reseña, artículo…) propio del lenguaje escrito justamente.

Ahora bien, ¿qué sucedería si planteáramos -¿lúdicamente?- una suerte de epistemología general, con sus respectivas categorías, que resolviera estas incompatibilidades y se pudiera articular (usar) fácilmente a cualquier análisis de una película independientemente de su estética preponderante?  ¿Qué sucedería si a esta epistemología -Rodolfo Kusch y Cornelius Castoriadis mediante- la comenzáramos a plantear desde una categoría simbólica y matriz llamada horizonte de supervivencia (con sus respectivos imaginarios) y entendiéramos a la misma como ese contexto (físico, imaginario, cultural, político, social, histórico, arquetípico, religioso…) a partir del cual una geocultura determinada se enfrenta son su “supervivencia” o “extinción” en todos los niveles antropológicos analizables, y la noción de cultura -en diálogo, primeramente, con Raymond Williams- es la que precisamente, por ausencia o saturación, brinda las herramientas necesarias para continuar esa supervivencia o perderse en esa misma posible extinción?[1]

 Pasaría, espero, algo así: Rambo V, de Adrian Grunberg, de por sí, es una película innecesaria -al igual que Rambo IV– para la saga: un Stallone viejo y cansado, con implante de pelo y sin la vincha roja y/o negra que todos amamos, intenta inyectarle dignidad a un personaje pasado de moda (generacional y estéticamente) que colapsa en su propia leyenda y que en la era 2.0 parece más un meme de Instagram que un recio ícono de testosterona hollywoodense. El guion está medio agarrado de los pelos: la “familia” adoptiva de Rambo es, mínimamente, inverosímil (le falta mucho desarrollo dramático para ser creíble) y las secuelas psicológicas de los trastornos que John Rambo trajo de la guerra de Vietnam (lo de los túneles es mundial) parecen casi una excusa para no olvidarnos que el tipo estuvo en ese conflicto de los 60. Falta Truman y se nota. Paz Vega (bellísima, pero pintada al óleo en la película) hace de mexicana y es claramente española al igual que los dos hermanos “mexicanos” que la juegan de capos de Cartel y parecen modelos de campaña de Carolina Herrera antes que émulos del Chapo Guzmán o Ismael El Mayo Zambada. Por eso, el film pasó sin pena ni gloria por los cines (en relación a las expectativas taquilleras que puede despertar esta franquicia) y terminó como una especie de nueva mal anécdota de un Stallone que ante la incompetencia de crear nuevos personajes icónicos agota a sus viejos personajes emblemáticos por más amor que le tengamos a cada uno de ellos… a él mismo.

 Pero, si nos atenemos a un análisis desde la epistemología del horizonte de supervivencia que planteamos, culturalmente hablando, para el imaginario yanqui inmediato -allí donde las minorías mexicanas se están transformando en una mayoría sistemática y donde Trump hace eje de campaña (tanto a favor como en contra del progresismo que lo condena y el conservadurismo que lo alaba) para su reelección- la película otorga funcionalmente un montón de herramientas a ser consideradas según esa noción de “supervivencia” o “extinción” que planteamos al principio de este trabajo.

 Los horizontes de supervivencia para la geocultura estadounidense de las cuatro Rambo predecesoras a esta última Last blood de Grunberg, están bien delimitados: en Rambo I, la sociedad yanqui pos Vietnam rechazaba (¿por vergüenza, por falta de empatía, por miedo?) a sus veteranos junto a sus trastornos y taras traídos de la guerra perdida; en Rambo II, la burocracia y maquinaria militar estadounidense ocultaba prisioneros y crímenes de guerra en plena Guerra Fría con tal de no exponer su propia inoperancia y negligencia (estatal) al respecto; en Rambo III, la decadencia del soviet, la emergencia del yihadismo y la política internacional de occidente en Medio Oriente y Asia eran los nuevos desafíos del imperialismo estadounidense y sus aliados; en Rambo IV, el revival dictatorial asiático, la globalización y las bobas intervenciones de progres y pacifistas en lugares en los que no tienen nada que hacer justificaban la intervención de militares “en serio” para poner orden en esas regiones, en Rambo V, el contexto está dado por la frontera yanqui-mexicana, el negociado de la trata de personas y el tráfico de drogas que se da en esta frontera que Trump detesta y los Carteles y sus consumidores “americanos” aman, negocian y preservan a fuerza de tiros y dólares por doquier. Por ello, en Rambo V, las herramientas culturales que la película otorga para la supervivencia-en-el-horizonte estadounidense son bastante claras (de lo contrario, aparentemente, el “cáncer” mexicano extinguiría esa “civilización” forjada por aquellosFounding Fathers de 1776): Las fronteras limítrofes (culturales) entre México y EEUU, la cultura del ranger texano y la vuelta al marshalismo fronterizo duro (Segal, chocho); la mezcla entre supremacía tecnológica y el ingenio artesanal; la unión familiar independientemente de su heterogeneidad racial; la sabiduría de los adultos por sobre la inconsciencia y sentimentalismo de los jóvenes; y la absoluta determinación para matar a todos y cada uno de los que se animen a violar esa frontera limítrofe (y cultural) sin pestañear y con toda la brutalidad y crueldad que hagan falta… Para sobrevivir en la Estados Unidos amenazada (violada) por los Carteles mexicanos, según Rambo V, la familia debe mantenerse unida, la parte (¿sangre?) anglosajona se debe cuidar a como dé lugar y la parte mexicana se debe purgar a cualquier precio también; el entorno debe ser (estar) bien yanqui y no se debe cruzar la frontera (limítrofe ni cultural) bajo ningún punto de vista. La vieja cultura texana del cawboy-ranger debe ser un ejemplo social, familiar y comunitario; la voz imperiosa del hombre (mayor) debe ser mediada y complementada por la de la mujer (mayor también); la juventud debe aprender a escuchar a pesar de sus energías rebeldes, y la noción de futuro (estudios, trabajo, prosperidad…) debe ser un talismán que unifique lo urbano con lo rural, la universidad con el rancho al margen del capitalismo reinante. Del mismo modo, todo enemigo externo (mexicano) que demuestre violencia debe ser tratado peor. La ley del Talión es paradigma de “comunicación”: si uno te da una paliza y te corta la cara con un cuchillo para marcarte, vos tenés que responderle con tu propio cuchillo y cortarle la cabeza entera del cuello. No hay redención posible. Solo hay ataque y contrataque. El último que quede en pie, “tiene la razón”, sea lo que sea que esto signifique, por ello, hay que hacer un Tótem, una épica (estética y espiritual) del “uno contra todos” en el mejor y en el peor de los casos.

Rambo V propone, desde su narrativa atolondrada, desde su guion básico, desde sus actuaciones planas, desde sus escenarios acordes, desde sus efectos especiales realistas estas herramientas culturales para sobrevivir a un horizonte contextual particular, bien identificado, racial, racista, económico, geográfico y político, donde lo “americano” (bien a lo Doctrina Monroe) solo puede sobrevivir en tanto y en cuánto obedezca -epistemológica, funcional y programáticamente- a estas herramientas, a este símbolo (¿nacional, chauvinista, totémico?) de un John Rambo para el cual Vietnam y la Guerra Fría le quedan como una anécdota lejana y las nuevas guerras yanquis -con sus respectivos enemigos- lo hacen readaptar culturalmente para poder sobrevivir a un presente esquizoide donde el meme lo acosa y Hollywood ya le pasa por los costados; donde la vida y la muerte parecen seguir jugándose en parábolas pseudo-bíblicas panfletarias; y donde la supervivencia es, primero, una noción cultural y artística para luego ser una aprehensión humana, casi biológica, llena de sangre y vísceras saltando por toda la pantalla, con intestinos, huesos, sesos y corazones arrancados brutalmente, filmados en primer plano, demostrando que la carne todavía precede y antecede a cualquier metafísica del alma… a cualquier intelecto que razone… a cualquier política de lo incierto y de lo cierto también. A un John Rambo que en el final de la película llora de dolor… llora por tener que seguir sobreviviendo así dentro de ese mismo país en el cual fue discriminado, torturado y criminalizado en la First Blood de los 80 sin tener ni un solo pelo de mexicano en aquella cabellera frondosa y ondulada que lucía, con la vincha atada y los músculos más tonificados que nunca.

Calificación: 5/10

Rambo: La última misión (Rambo V: Last Blood; EUA; 2019). Dirección: Adrian Grunberg. Guion: Matthew Cirulnick, Sylvester Stallone. Fotografía: Brendan Galvin. Edición: Carsten Kurpanek, Todd E. Miller. Elenco: Sylvester Stallone, Paz Vega, Sergio Peris-Mencheta. Duración: 89 minutos.


[1] ¿Qué pasa si al Nuevo Cine Argentino lo planteáramos para analizarlo culturalmente desde los horizontes de supervivencia del menemismo, el delaruísmo y del kirchnerismo… Qué herramientas culturales nos han dado Martel, Alonso, Rejtman, Caetano, Trapero, Llinás, Bielinsky con sus películas para sobrevivir o extinguirnos según estos contextos, estos horizontes…?


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