1195054412_f1. Durante la mayor parte de mi vida adulta anulé mi voto. Nací de padres Testigos de Jehová y siempre se me indicó que esa era la única conducta apropiada para un miembro de la religión. A pesar de que mi viejo era y sigue siendo un ministro religioso que debía ejemplificar el rechazo oficial de la institución hacia el ejercicio de la política, nunca dejó de manifestar su pasión por ella en público y privado. Crecí viendo cómo les vendía libros tanto a las unidades básicas justicialistas como a los ateneos radicales y, sobre todo, viéndolo leer ávidamente sobre el particular así como discutir, si no con otros feligreses, con su suegro, mi abuelo materno, entre otros interlocutores queridos y privilegiados más. También recuerdo el modo en que festejó el triunfo de Alfonsín en las elecciones de 1983. Ya adolescente, libros y películas me permitieron enterarme de los efectos que la Dictadura había tenido en nuestro país a la vez que iba comprendiendo las consecuencias de las políticas económicas ejecutadas por el régimen militar y por gobiernos previos y posteriores a ella. Durante la mayor parte de mi vida, sin embargo, nada de eso alcanzó a desarrollar la voluntad suficiente como para que votara por algún candidato. Una mezcla de ignorancia, temor, comodidad y sumisión, además de una valoración de lo sagrado que permanece bajo otras formas, extendía sus mecanismos de control y me impedía manifestar públicamente mis elecciones políticas.

Las primeras decisiones de Néstor Kirchner en dirección a la recuperación de la medida mínima de autodeterminación económica que todo país necesita para que la autonomía de buena parte de sus ciudadanos no sea un mero espejismo, así como su muerte repentina, me permitieron liberarme de una voluntad que no era la mía. Muchos otros factores y acciones personales incidieron en ese cambio, pero no puedo negar que sin los efectos culturales e incluso anímicos de las políticas llevadas a cabo por su gobierno y, más tarde, por el de Cristina Fernández, esa liberación se hubiera demorado aún más o tal vez nunca habría sucedido. Mi decisión actual de votar a Scioli no descansa, entonces, en creencia mesiánica alguna sino en la convicción de que es, de los dos candidatos disponibles en el próximo ballotage, quien tiene más chances de mantener, si no acrecentar, las políticas económicas y culturales que aseguren esa medida de autodeterminación y solvencia imprescindibles para vivir con autoestima en un mundo en que el poder corporativo cada vez más concentrado es amo y señor de los destinos individuales y públicos.

2. Un par de años atrás el BAFICI, ya convertido en órgano institucional cinéfilo del macrismo con la anuencia y militancia de muchos de sus empleados, programó una retrospectiva de Adolfo Aristarain. Desatento a sus opiniones, por un momento temí que ese gran director tuviera afinidad política con el PRO. Algunos elementos autobiográficos de Roma, su última película hasta el momento, me indujeron a pensar que su crianza y formación en una casa de clase media porteña con ideales socialistas pudo haber plantado la semilla del antiperonismo, avatar clasista, racista y elitista que impide reconocer que ese y otros liderazgos populares (como el de Yrigoyen o Alfonsín dentro de las filas del Partido Radical, por ejemplo) han sido, en países sometidos como el nuestro a los poderes de las potencias coloniales primero y al de las corporaciones transnacionales ahora, los únicos movimientos políticos que promovieron ocasionalmente ese grado mínimo de soberanía y justicia social al que me he referido como física y anímicamente vital para cada uno de los que deseamos vivir con un grado saludable de emancipación individual y colectiva. Varias declaraciones del director durante los últimos años desmintieron mi prejuicio. Cito algunas en orden cronológico:

vlcsnap-2015-11-20-20h45m14s188¿El voto por Kirchner sigue siendo útil o lo ha desilusionado?

Aún pienso que fue un voto útil. Creo que Kirchner ve las cosas con mucha claridad, sabe adónde hay que apuntar. ‘No pagaremos con al hambre de la gente’ es fácil de decir. Pero eso, en el fondo, es una postura revolucionaria. (…) Hay que negociar y hay que negociar. Lo que hay que tener es un gran manejo político, ganando pequeñas cosas, sin llegar a la ruptura. Creo que a eso apunta Kirchner. Yo no le puedo pedir a Kirchner que haga la revolución, porque eso sería tonto. Digo que está intentando modificar dentro de lo que se puede, sin aislar al país. El capitalismo es una porquería, pero tratemos de que la Argentina sea un país capitalista y no un país feudal. Hagamos un capitalismo en serio y después veremos cómo modificarlo. Esto fue un saqueo absolutamente feudal.” (Territorio digital, 26 de junio de 2004).

¿Tiene fe en que el gobierno de Kirchner podrá recomponer el alma herida de los argentinos?

Kirchner no es un pastor evangelista. Creo que es un tipo con una visión muy clara de hacia dónde hay que ir. Espero que recomponga el bolsillo de los argentinos. Lo del alma viene solo. De todos modos esto significa un cambio en las estructuras del poder económico y no es una tarea fácil. Pero soy optimista: está Lula, está el Frente Amplio en Uruguay, Lagos en Chile, etc. Si en lugar de un país conseguimos ser SUDAMERICA y formar un frente sólido será más fácil enfrentarse a los enemigos.” (Mabuse, 18 de enero de 2005).

«Creo que, por suerte, a partir de Néstor Kirchner empieza a marcarse esta famosa división, que es la queja de la oposición, que a mí me parece maravillosa, que por fin se ve una clara división: ‘¿estás con los capitalistas que se llenan de guita o no? (…) Lo que me gusta de todo esto, que se viene dando desde la aparición de Kirchner, es que se desenmascara la hipocresía, y está en claro que si se está con los intereses del país hay que apoyar lo que se viene haciendo y que la oposición, que fue mostrándose como es en estos años, está claramente alineada con quienes intentan seguir explotando al país. Lo que también hay que entender que nadie puede cambiar de la noche a la mañana en su forma de pensar acerca del socialismo y que si alguien lo hace es generalmente por dinero. Es algo que estamos viendo con alguna gente bastante conocida que ha cambiado de postura, de un supuesto progresismo a defender lo indefendible.” (Telam, 12 de abril de 2013).

“Al margen del cine, sin ser peronista, debo decir que apoyo absolutamente este proyecto y me gustaría que la Presidenta cuente con un nuevo período. Basta con mirar el panorama de lo que hay en la oposición para darse cuenta de que ella tiene que continuar.” (La Nación, 14 de abril de 2013).

 “¿Qué espera para el ballotage del 22 de noviembre?

Espero que gane Scioli porque lo de Macri, realmente, no tiene nombre. Si se hace una lista de todas las cosas que ha dicho Macri, y de lo que piensa hacer, es volver a Menem, al 2001 o a lo peor que ha pasado en nuestro país. Espero que la gente reflexione. A mí me resulta muy difícil aceptar que la gente sea capaz de votar a Macri. Es una aberración todo lo que propone. Es ir en contra de todo lo que se ha conseguido hasta ahora. Es volver a un país regido por las leyes del mercado. Por más que intenten disimularlo ahora que están en campaña, es realmente lo que piesan hacer porque responden a intereses económicos de las multinacionales y de los grandes grupos de poder.” (MDZ Online, 5 de noviembre de 2015).

vlcsnap-2015-11-20-20h45m03s1153. Escribo esto, especialmente, para los cinéfilos indecisos. Me valgo del caso de Adolfo Aristarain para recordar que, si bien la relación entre estética e ideología no es necesariamente lineal y el goce y el análisis de una obra no están determinados por nuestra coincidencia exacta con las posturas del cineasta, hay directores y películas que no admiten la escisión fácil entre uno y otro campo. La “grieta” también es cinematográfica y para un cinéfilo, que nunca podrá dejar de ser un ciudadano incluso si lo que más quisiera fuese evadirse de ello a través de la pura expectación, no da lo mismo el cine de Aristarain que, por ejemplo, el de Campanella, así como John Carpenter y Steven Spielberg tampoco son lo mismo. Esta asociación no pretende reducir los complejos fenómenos que son cada una de sus películas y filmografías sino afirmar que las diferencias son inherentes a la identidad y que la identidad de cada uno de los directores nombrados en primer término, a diferencia de la de los segundos, es abiertamente libertaria, así como que nuestras elecciones, incluso las cinéfilas, dicen mucho de quienes somos o intentamos ser. Adolfo Aristarian ha hecho pública su elección política en vistas al próximo ballotage, como demuestra la primera de las citas transcriptas y esta lista recientemente publicada. Sé que hay muchos cinéfilos progresistas preocupados por el posible triunfo de Mauricio Macri. Si esa preocupación terminara expresándose a través del voto a favor de Daniel Scioli, en lugar del voto en blanco, podrán desbaratarla.

A cambio de esta última decisión no hay ninguna garantía de salvación (el cinéfilo es proclive a idealismos apolíticos). Como toda elección es una apuesta, en este caso por aquello que promete ser una continuidad, aunque más no sea parcial, de las decisiones tomadas por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández durante sus mandatos presidenciales,  algunas de las más valiosas dentro de la relativamente breve historia de nuestro país. Los cuadros, empresariales antes que políticos, así como la imagen y el discurso generales del partido liderado por Mauricio Macri no dejan entrever posibilidad alguna de continuidad con los aspectos esenciales para la soberanía y el bienestar nacionales llevados adelante por los dos presidentes que han gobernado durante esos últimos doce años. Promover el acceso al gobierno de Mauricio Macri es llevar el capital privado concentrado y transnacional al poder porque en una futura administración de la alianza Cambiemos ni siquiera hay lugar, salvo uno decorativo, para que los progresistas que la componen y pertenecen a otros partidos que no son el PRO tomen las decisiones socioeconómicas fundamentales.

4. Según se desprende del discurso mercantilista de Cambiemos, votarlos es un final del camino para el votante, algo así como un descanso, un reposo, una renuncia –en realidad- al pensamiento y la actividad políticos, tan agotadores como cualquier ejercicio verdadero de libertad dentro del esquema democrático contemporáneo. Para los que votaremos a Scioli, en cambio, significa convalidar al menos nominalmente el rumbo iniciado por Néstor Kirchner y Cristina Fernández, así como revalidar la lucha y el activismo diario posteriores a una hipotética victoria para, de ese modo, garantizar el cumplimiento de las promesas hechas por el candidato que representa al Frente para la Victoria. ¿Genera dudas Scioli al respecto? Por supuesto, pero de Mauricio Macri ni siquiera podemos esperar eso. No hay incertidumbre alguna acerca de quién es, quién ha sido, a quienes representa y qué habrá de ejecutar su aparato partidario. Si Cambiemos gana las elecciones del próximo domingo el país volverá a caer en la trampa a la que se refería el protagonista de Martín (Hache) cuando habla con su hijo en un restaurante madrileño:

“La Argentina es una país donde no se puede ni se debe vivir, te hace mierda. Si te lo tomás en serio, si pensás que podés hacer algo para cambiarlo, te hacés mierda. Es un país sin futuro; es un país saqueado, depredado, y no va a cambiar. Los que se quedan con el botín no van a permitir que cambie. (…) La Argentina es otra cosa: no es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro. Lo que vos dijiste: “puede cambiar”. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, ves que es posible, que no es una utopía, es ya, mañana, y siempre te cagan. Vienen los milicos y matan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que podés hacer, lo único en que podés pensar, es tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere se traiciona y se hace mierda, y encima te dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta, pero hay que reconocer que son muy inteligentes, saben trabajar a largo plazo.”

vlcsnap-2015-11-20-16h49m55s28Del descreimiento de su padre se despega el hijo al final de esa película de 1997, para encontrar seis años después la representación política adecuada a las expectativas de su generación en el kirchnerismo, crisis de 2001 mediante, reflejada por Aristarain en Lugares comunes. Que el kirchnerismo no supo construir la continuidad de su proyecto es tan evidente como el hecho de que ese defecto dependió tanto de sí mismo como de la estructura geopolítica mundial dominante, que consolida la concentración económica de la riqueza y las desigualdades socioeconómicas a través de medios de comunicación y estructuras judiciales no sólo aquí sino muy especialmente en los países que pasan por ser modelos de organización política y jurídica. La Argentina no es la trampa, mucho menos después de estos doce años de gobiernos kirchneristas, sino el entero funcionamiento global, pero si el domingo evitamos con nuestro voto a favor de Scioli que Mauricio Macri sea electo presidente estaremos evitando caer en la trampa más evidente, en la más obvia, que es la del poder empresarial al mando del Estado con el único fin de transformarlo en un títere a su servicio, y garantizando la continuidad de los derechos y beneficios económicos adquiridos, además de la soberanía y autoestima fundamentales para el desarrollo individual y comunitario de la mayoría, por mínimos o insuficientes que sean o parezcan.

5. La crisis del 2001 causó el cierre de la PYME que mi viejo había levantado y que supo dar trabajo a más de una docena de empleados. El Estado de entonces, regido por “las leyes del mercado” como si ellas fueran inexorables, no acompañó su esfuerzo ni su inversión. Para producir en gran escala mi viejo compró maquinarias en Italia (junto con Alemania, uno de los dos países líderes en tecnología de punta para la industria maderera), pero la apertura indiscriminada de las importaciones hizo que comenzaran a ingresar muebles fabricados en Brasil a un costo mucho más bajo que aquel al que era posible producir en el país. Por entonces no había «cepo» y podías comprar lo que quisieras -particularmente en EE.UU. y en Europa- endeudándote en el extranjero, lo cual también endeudaba al país, pero al no haber restricciones cambiarias ni a la importación entraban productos del exterior a raudales sin ninguna protección. Entonces, cuando querías producir para el mercado interno te encontrabas con una competencia externa totalmente desigual, porque los que importaban bienes de consumo tampoco tenían «cepo». Eso es no dar protección a la industria nacional, generar desempleo, baja en el consumo y destrucción de las PYMES. Los únicos que ganan son las grandes industrias con capacidad de exportar (como Techint) y el conglomerado financiero.

El resultado fue la quiebra de la empresa de mi viejo, la pérdida del trabajo para todos sus empleados, la venta de los dos galpones que había construido en San Fernando y el endeudamiento, del que aún no ha salido. La última presidencia de Cristina Fernández lo encontró en edad de jubilarse al igual que mi vieja, que siempre fue ama de casa y pudo hacerlo gracias a la moratoria, disponiendo para ambos del servicio de PAMI, cuya obra social suplió necesidades ligadas a la edad y suministró atención médica inmejorable después de un par de accidentes sufridos. La irremisible fe religiosa de ambos no les permite siquiera considerar la posibilidad de votar a favor de alguno de los candidatos porque el orden de sus esperanzas “no es parte de este mundo”, para citar textualmente las Escrituras a las que uno y otro les dedicaron la vida, pero tampoco les ha impedido reconocer los beneficios de las políticas implementadas por los gobiernos de Kirchner y Fernández, compartir su defensa de los intereses nacionales y entusiasmarse, incluso fervorosamente, con muchas de las posturas adoptadas por ambos. Ni mi hermano ni yo, que desde hace algunas años ya votamos, lo hacemos en nombre de ellos sino en el nuestro, pero sabemos que si ellos lo hicieran en este momento compartiríamos la elección y los motivos. En nuestro caso, lo que la profesión o falta de fe religiosa separaron ha sido reconciliado por decisiones políticas.


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