Abyecto. Kim Ki-duk, para cierto sector predeciblemente progresista de la crítica cinéfila argentina, no ha sido ni más (aunque sí menos) que un abyecto. Su cine es una curiosa amalgama irregular y paranoica-surrealista por momentos, lisérgica por otros, sádica y simbólica siempre, de abyecciones… una sumatoria de metáforas confusas que tienden a autoboicoterse en sus propios desbordes estéticos.

Kim Ki-duk, su cine, es un cine cruel, un cine fisiócrata, un cine donde a las grandes abstracciones de la existencia humana (entiéndase: amor, alma, espíritu, tiempo, soledad, identidad, muerte, vida) las vuelve carne, las vuelve huesos, las vuelve piel, las vuelve sangre, las vuelve heridas, suturas, rasguños, cicatrices, marcas visibles para toda la vida.

Abyecto. Así es Kim Ki-duk reduciendo abstracciones a nivel soma, a nivel cuerpo, a nivel carne… Al nivel en el que nada de lo sólido se diluye en el aire si no que se canaliza en turbio dolor, padecimiento, sufrimiento, pena, aberración. Por eso en las películas de Kim Ki-duk la tortura es un fin y no un método. Por eso, también, el amor en las películas de Kim Ki-duk es una forma de tortura y no un estado idílico, platónico, de salvación.

Kim Ki-duk es (¿fue?) un perturbado romántico moderno; pues, primero hace sentir, después, pensar. Lo reflexivo en su cine siempre es una instancia posterior al impacto sensorial. Uno se impresiona, después razona sobre lo que lo impresionó.

Abyecto. Las relaciones humanas, sexuales, carnales, afectivas, laborales para Kim Ki-duk son un compendio de abyecciones que lejos de centrifugarse en una mirada –estética- solemne se vuelve puro fragor catártico: hay allí una fuerte descarga de pulsiones, de obsesiones, de frustraciones innegociables, patéticas.

Kim Ki-duk roe los límites de la filosofía zen, del budismo, del orientalismo meditativo, superador “for export” para Occidente en un caldo sombrío de delincuentes, parias, fiolos, prostitutas, marginales, solitarios que lejos de buscar redenciones espirituales, buscan potenciar, de algún modo, sus propias decadencias.

Abyecto. Como Roberto Arlt en estos pagos, Kim Ki-duk es un labrador de momentos oscuramente cautivantes; es un montajista de perversiones incómodas, que juegan a ser algo más (¿metáforas, analogías, metonimias?) por más que no lo terminen siendo.

Kim Ki-duk irrita a cierta cinefilia ponderadora y evangelizadora del vendehumismo del impronunciable Apichatpong Weerasethakul, pues Kim Ki-duk es una suerte de Lars von Trier coreano abonado a Cannes, al timing de los cineclubes, a los márgenes entre lo comercial y el cine de autor, como si el cine de autor no fuera también una forma de comercio.

Abyecto. Prolífico, irregular, aunque siempre inquieto por las relaciones amorosas, sexuales, sentimentales entre un hombre y una mujer y sus posibles sumisiones ya que el amor, para Kim Ki-duk, siempre es una sádica poética de la sumisión.

Kim Ki-duk tiene una película genial como La isla (2000); tiene otra película genial como Bad Guy (2001); tiene una película “apta para todo público” como Primavera, verano, otoño, invierno y primavera otra vez (2003); tiene una película fallida como Tiempo (2006); tiene una película infumable como Dirección desconocida (2001); tiene una película bellísima como El arco (2005); y tiene una película que me hizo llorar como Hierro-3 (2004) y, sin embargo, no la volvería a ver.

Kim Ki-duk tiene, por sobre todas las cosas, muchas películas más para rever.

Y no está mal seguir haciéndolo.

No está mal rescatarlo ahora que el COVID-19 se lo llevó antes de tiempo; quizás en el único tiempo en que se merecía ser llevado.


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