Cuenta la leyenda, que Jericó, construida hace unos 10.000 años, es la ciudad más antigua del mundo. También cuenta la leyenda que en el camino de Jerusalén a Jericó, tuvo origen la famosa parábola del “buen samaritano”, esa que cuenta Jesús en el nuevo testamento y dice, en pocas palabras, que uno debe ayudar desinteresadamente a quien lo necesite. (Para más información, ver por qué terminan en cana Seinfeld y sus amigos en el final de la serie).

En Jerichow, Petzold, abiertamente aunque sin acreditar (como luego haría con Casablanca en Transit), agarra The Postman Always Rings Twice de Cain (adaptada varias veces a lo largo de los años) para hacer lo que sabe: contar una historia que, sin saberlo, cuenta muchas otras, con tres personajes de los que no sabemos mucho pero que aun así están perfectamente delineados, casi arquetípicamente, con sus miserias y sus deseos y sus motivaciones. Eso sí, jamás psicologizados y mucho menos juzgados moralmente. Todos están seguros de lo que hacen pero nunca sabemos qué los lleva a hacerlo. Tienen una historia, pero no importa. Los motiva lo más antiguo del mundo, lo que Laura (Nina Hoss, una habitué) le dice a Thomas (Benno Fürmann): “Si no tenés plata no podés amar”: el amor y la guita.

Thomas, veterano de guerra, vuelve a su pueblo, Jerichow, a enterrar a su madre. Ni bien termina el velorio, lo encara un mafioso al que le debe plata, quien le roba lo poco que le queda y lo noquea. Siempre hierático, Thomas se levanta al día siguiente de la golpiza y va a la oficina de servicio social en busca de trabajo. Casi no hay, excepto en una plantación de pepinos para ser explotado. Las crisis capitalistas no son solo tercermundistas.

De regreso a su casa, la de su madre, en la que decidió quedarse a probar suerte, Thomas se cruza con un accidente: Alí (Hilmi Sözer), un turco dueño de 40 y pico de bares, casi se va al agua con su camioneta. Thomas, el buen samaritano, le da una mano para sacarla y lo lleva hasta la casa porque Alí está en la mira de la cana por manejar en pedo. Allí se cruza por primera vez con Laura. Finalmente, a Alí, un borracho empedernido, le sacan la licencia y le ofrece trabajo a Thomas, como chofer, para que lo lleve y lo traiga de su recorrida por sus locales. Y pasa lo que tiene que pasar.

Petzold subvierte el esquema clásico del film noir, invirtiendo el momento del crimen del primer acto al último. Esto hace que importe menos el cómo y, sobre todo, las consecuencias, y más las relaciones que se establecen entre los tres personajes: entre Thomas y Alí, de camaradería; entre Alí y Laura, de compromiso y deuda; y entre Laura y Thomas, de sexo y protección.

Así, durante toda la película, vemos al trío deambular por caminos sinuosos y rutas desiertas, casi derrotados, por lo que el destino les deparó: a Laura un matrimonio arreglado por una deuda con un marido golpeador; a Thomas, un futuro oscuro e incierto; y a Alí, el rechazo, como dice en un momento: “Vivo en un país que no me quiere, con una mujer que compré”. Todos acá son víctimas y victimarios, como Alí, un ciudadano de segunda, explotando a un chino, que está un escalón más abajo. Todos roban y son robados. O se ponen de acuerdo para asesinar.

Hay un recurso interesante que utiliza Petzold, quizás un juego con el espectador, o un engaño. A sabiendas de que la historia en sí va a carecer de una incógnita o misterio, el director introduce vericuetos que, con la poca información que se tiene, tienden a llevar la mirada hacia un lado que, finalmente, no es más que un callejón sin salida. Como por ejemplo, cuando Thomas lleva a Alí al aeropuerto porque va a supervisar una propiedad en Turquía. Apenas Thomas se va, Alí da media vuelta, sale del aeropuerto y se toma un taxi. La siguiente media hora, en la que sin el marido los amantes están libres para verse, uno piensa que están siendo observados. Pero nada más lejano de la realidad.

Esto tiene que ver con el trabajo en la puesta en escena, que es el de un cirujano, un ajedrecista o, por qué no, el de la selección alemana de fútbol: los 90 minutos de película están planificados desde el vestuario, nada está librado al azar, no hay plano o diálogo que no dé la sensación de no estar milimétricamente insertado en el todo (ver los varios planos de trenes pasando por detrás). Todo esto es tan admirable como, por momentos, sofocante, impidiendo a la película respirar.

Jerichow (Alemania, 2008). Guion y dirección: Christian Petzold. Fotografía: Hans Fromm. Música: Stefan Will. Elenco: Benno Fürmann, Nina Hoss, Hilmi Sözer. Duración: 93 minutos.