Con un desarrollo desigual, llena de altibajos y tropezones formales, la ópera prima de Emerald Fennell logra cabalmente generar lo que se propone: ser un bramido revelador de aquello que se ha naturalizado dentro de una sociedad machista y una industria a tono como la hollywoodense.

Hermosa venganza (Promising Young Woman, 2020) aparece en el marco del movimiento #MeToo, iniciado a fines del año 2017, para develar el sistema de agresión sexual que subyace en Hollywood a partir de reiteradas acusaciones de abuso contra el productor Harvey Weinstein. Es decir, se da en el epicentro de la producción cinematográfica hegemónica, que, además, construye su industria en base a la posición del cuerpo femenino en términos escópicos. Para comenzar a subvertir esto, la película comienza con planos detalle de genitales masculinos, porque es a ellos a quienes se pone como objeto de la mirada en la fiesta que inicia el relato, no en términos eróticos sino en términos simbólicos. Los hombres serán representados como personajes-ideas, como un sector de la sociedad que se comporta únicamente a través del deseo. Ahí, la película de Fennell se inserta proponiendo a un personaje que aparenta debilidad pero que, finalmente, tiene todo bajo control. Cassandra (Carey Mulligan) es una mujer fuerte, que está en pleno control de las situaciones, que incluso en el lugar de potencial víctima logra emerger victoriosa: la cámara la tomará en un contrapicado que agiganta su figura mientras ella camina comiendo un postre que le chorrea un dulce teñido de sangre. Ese carácter le brinda a la película el tono alejado del nihilismo que termina por instaurarse.

Planteado como un constante juego de poderes, el argumento presenta la lucha de Cassie para desenmascarar a los “tipos buenos”, con el afán de vengar la muerte de su amiga sucedida tras una violación. No en vano aparece la figura de Robert Mitchum en La noche del cazador (Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955), quien encarna a un personaje que, como la protagonista en cuestión, se aboca a la caza de sujetos espurios ligados a la sexualidad. Es por eso que Fennell propone una gran variedad de máscaras para los sujetos masculinos que, finalmente, ubica como parte de la misma perversión, en un contexto de encubrimiento generalizado. Incluso el escritor, el personaje intelectual, racional, termina mostrándose como consumido por la animalidad. En ese sentido se establece un corte generacional entre el pasado conservador, cómplice, y las nuevas generaciones dispuestas a ponerle fin a ese sistema naturalizado. Es así que la casa de los padres de la protagonista, con decoraciones barrocas y un estilo antiguo, delimita un espacio de opresión ligado al pasado, mientras que los espacios que rodean a la protagonista denotan una impronta juvenil, colorida y luminosa -demostrando también que ese personaje ha quedado en el pasado, en su etapa de juventud, que se refleja sobre todo en los espacios que le pertenecen, en el maquillaje, en sus objetos personales-. Sin embargo, todo esto es presentado en una vorágine genérica que no termina de afianzarse hasta el final, y en un tono que no termina de consolidarse. Hay una indecisión en concretar si va por lo canchero, lo paródico y deviene en una comedia negra, o si, por el contrario, adopta la adustez del drama trágico. Esa mixtura entre tonos deja un buqué desapacible. El emoji final, por ejemplo, le quita la solemnidad a la entrega de su mitad de la medalla a la amiga de la cafetería como símbolo de continuidad de esa lucha contra la violencia.

En términos genéricos, la aleación está compuesta principalmente por la comedia –teñida de la rama romántica de adolescentes con el típico montaje de buenos momentos que enmarcan el idilio amoroso-, y el suspenso–sobre todo en la dosificación de la información sobre el trauma del pasado-, echando por momentos mano a recursos del cine de terror -como la escena en que las luces titilan al mirar al personaje en su cama, al borde de reactualizar el trauma del pasado- y englobando todo en los parámetros del rape and revenge, el subgénero del cine de explotación que hace resurgir de los ’70 para darle una vuelta de tuerca, ni más ni menos, que quitándole el elemento de explotación, optando por la comedia en detrimento de la escopofilia del gore. Al quitarle ese elemento, lo que se logra es desespectacularizar la vejación del cuerpo femenino.

Mas allá del contenido, el continente muestra fisuras en la estructura, en el tratamiento y en el diseño de personajes. A modo de ejemplo se notan varios momentos en los que los personajes cambian de perspectiva y no se muestra un motivo fuerte que lo justifique (es el caso de la protagonista, de la ex compañera, del pediatra, y por sobre todo, del abogado). Asimismo, ciertas descripciones en la acción rozan, sin intención aparente, la parodia; algo que se nota especialmente en ciertas reacciones de los hombres al verse acorralados por la protagonista, o en la escena en que Cassie rompe el auto, siendo tomada por una cámara que va en ascenso y una música apoteósica. Asimismo, la resolución del conflicto es apresurada y no termina de alcanzar un final del todo verosímil. Hay muchos errores de construcción.

Pese a ello, Hermosa venganza vale mucho por lo que pretende, sobre todo teniendo en cuenta que incluso con esas falencias técnicas -centradas en el guion y la dirección- logra generar lo que persigue y el elemento clave para esto es el posicionamiento del punto de vista, los juegos con la mirada. En casi toda la película, la violencia masculina está en off, aparece únicamente el deseo de venganza y el trauma de la protagonista. Eso, que en un principio era contraproducente porque la presenta únicamente como victimaria injustificada en términos puramente visuales, termina siendo el elemento que hace que finalmente la película sea cuan agria es, que cale en el espectador, porque el hecho de que la violencia masculina quedara fuera de campo hacía que el espectador iluso -o machista- compartiera el descreimiento de los personajes encubridores dentro de la trama. La película posiciona al espectador en ese linde, y finalmente, cuando se muestra, en ese plano largo, de asfixia -palabra que, además, hermana el destino de Nina con el de Cassie-, con la cámara acercándose y el espectador inmóvil, genera ese efecto abrupto de identificación total con el personaje que deviene en mártir.

A pesar de las fallas, el trabajo con el punto de vista es lúcido y salva todo el resto en términos de lograr el impacto sobre el espectador, acercándolo a la problemática en cuestión. En particular, es rescatable el lugar material en el que se instala: el cine mainstream hollywoodense, meca del conservadurismo WASP, engendra una película de denuncia feminista y con un personaje trans en rol de coprotagonista. Esto da cuenta no solamente de una actualización del cine como reflejo de las convulsiones de una época, sino también de cierta astucia por parte de en una industria hegemónica, machista, por adueñarse de un reclamo genuino por parte de sectores oprimidos para así incorporarlos a su sistema y desactivar su elemento combativo, lo cual no quita que tanto la película como las intenciones de su directora y guionista sean honestas. Esto es vital para entender por qué a pesar de las vicisitudes formales, se logra arribar al objetivo de manera airosa.

Hermosa venganza se constituye así como un alarido cuya dicción es inevitablemente desacertada, donde las formas no llegan a decantar armónicamente en los parámetros canónicos. Por acción u omisión, Fennell consigue estallar las bases del lenguaje cinematográfico identificado con el clasicismo burgués y machista, donde los géneros determinados estructuran un verosímil cuyo pathos encuentra una identificación basada en la mirada masculina.

Calificación: 8/10

Hermosa venganza (Promising Young Woman, EUA/Reino Unido; 2020). Guion y dirección: Emerald Fennell. Fotografía: Benjamin Kracun. Edición: Frédéric Thoraval. Elenco: Carey Mulligan, Bo Burnham, Alison Brie, Laverne Cox. Duración: 113 minutos.


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