Uno. El cine nació monstruoso.(1) Un arte impuro, decía Bazin. No es suficiente. Compuesto hasta lo imposible, convendría mejor la imagen dequimera. ¿El cinematógrafo nació como collage divergente de una cabeza de Meliès en un cuerpo de Lumière? Para cumplir con este destino contrariado, en este ser abiertamente bastardo se anudan y se combaten sin jamás excluirse enteramente, la energía del espectáculo y la tensión de la escritura por la vía de la atracción de feria, el telón pintado, el índice apuntando, la pantomima, la marca energética, la foto-coreografía, el reloj a manivela, la óptica geométrica, el teatro de sombras, la cinta perforada, la gimnasia, la disolución de huellas, la producción de espirales, curvas y volutas, sin olvidar el fusil para condensar el tiempo de E.J. Marey… Gran fárrago de sueños sólo comprensible en los orígenes del cine.

En la errancia de esta confusión inicial con la energía que le es propia, el cine devora sus fronteras. Habitualmente se distingue entre cine documental y cine de ficción, se los opone, se los fija en géneros determinados. Quien recorra esa serie de luchas y batallas que llamamos “historia del cine” verá rápidamente que esta distinción es a menudo contradicha tanto en el sistema de obras cuanto en la práctica de los cineastas –iba a decir en su deseo. Desde Vertov, Murnau o Flaherty hasta Kiarostami, pasando por Welles, Rossellini y Godard, lo más vivo de la energía cinematográfica circula entre los dos polos opuestos de la ficción y del documental para entrecruzarlos, entrelazar sus flujos, hacerlos rebotar el uno en el otro. Corrientes contrariadas de las que resultan bellos cine-monstruos, tal (entre cientos) Greed, Une sale Histoire, Out One o Route One, USA

Dos. “A perverso, perverso y medio”: la relación que se anuda, si es que efectivamente se anuda una, en el transcurso de la sesión, entre un espectador y un filme, evoca más o menos el juego infantil de las cuatro esquinas. Estar donde el otro no espera que uno esté. Astucia, por supuesto, y porsupuesto ingenuidad; por ambos lados. Doble sentido de la palabra “pantalla” –lo que se ve y lo que esconde. Los filmes que alteran el juego o cambian de reglas hacen la partida más difícil. Es explícitamente el caso de aquéllos que nos propone Cent Ans de Réel bajo la divisa de “La Experiencia de los Límites”.(2)

No se trata aquí de “límites” del cine, sino del único límite de las convenciones culturales. Lejos de ser transgredidas por la mezcla de géneros o la ambivalencia de los códigos, los “límites” del cine son por el contrario verificables, validados, reactivados. Para vivir una experiencia exterior y ya no sólo interior de tales “límites” es preciso salir del cine, cortar con él; cambiar no los códigos sino los mismos parámetros de la cinematografía, la inscripción verdadera, la articulación campo/fuera de campo, las que ya son efectivamente abandonadas por la imaginería sintética; simulación aparente, pero en realidad verdadera salida de la escena cinematográfica.

Turba sin embargo ver hasta qué punto los filmes del programa Cent ans de Réel, cada uno a su manera perfecto cine-monstruo, se las ingenian para mezclar los géneros y los registros, enmarañar las pistas y las convenciones; complicar, en definitiva, el juego del espectador. ¿Por qué? ¿Por qué incomprensible satisfacción, con qué oscuro fin? El asunto es saber si la monstruosidad cinematográfica no manifiesta algún aspecto de una escondida verdad del cine.

Tres. Los comienzos son no solamente confusos, son ideológicos, son fantasmáticos. El cine ha sido soñado antes de ser fabricado y la parte de sueño nunca decreció. Al punto que todo cuanto inscribe el cine en un destino documental (la co-presencia de una cámara y de una escena, la inscripción verdadera) no resulta suficiente para anular esta simbología mayor que la hace nacer de un mundo librado a los vértigos del imaginario. Cómo olvidar que el cine se fabrica a partir de una ficción-ciencia donde se atropellan trucos y astucias, invenciones imperfectas, máquina y mímicas aproximativas, los que, reunidos, forman el cuadro sintomático de una fantasmagoría general. Algo así como un realismo soñado.

Es entonces en un curioso encuentro de un taller de utilería y de un caballete de feria donde la máquina cinematográfica encuentra sus amarras. El destino industrial del espectáculo comienza entre convulsiones a la vez mágicas y científicas. Duplicidad fundadora. Circularidad laberíntica de una errancia ontológica del cine. La magia induce la máquina, que induce la magia. El “realismo” primitivo del cine apareció antes sólo como el esperado encantamiento de los cuentos de hadas. La salida de las obreras tenía la dimensión del despertar de bellas durmientes. La palabra “documental”, no está aún en uso (1877) (con “cinematógrafo” alcanza), pero la naturaleza en efecto documental de los primeros filmes no debe engañarnos: es exactamente en el temblor del sueño despierto como fueron vistos, en el estremecimiento ante la aparición de un simulacro artificial más fuerte que la realidad aparente. Una suerte de maquinismo sobrenatural, si se puede decir, capaz de reemplazar toda realidad no solamente a los ojos de un espectador único, un poco más delirante que los otros, sino a los ojos de todos, desde entonces partes de un conjunto cómplice, de una comunidad de testigos. Hay algo de monstruo en el recién nacido. En todas las épocas las sociedades se formaron, impuestas a sus sujetos y transmitidas por representaciones, pero en sus comienzos las representaciones cinematográficas adquieren a la vez el grado de realidad y el poder imaginario capaces de hacer bascular hacia el espectáculo a la sociedad que representan.

Ante el cine, el espectador naciente reconoce su deslumbramiento en el de los otros espectadores y este reconocimiento pasa por el miedo. Interpreto este miedo original (la escena-sesión primitiva del cine) como un temor ante un repentino aumento de las potencias de la representación que vemos introducirse en la parte invisible del mundo y de los seres, inscribir la esencia en la apariencia, revelar el secreto como el sueño, generalizar lo íntimo. Inicialmente inconsciente, este temor se vuelve consciente, es decir reconocido por cada uno como el de todos, en el transcurso de la sesión de proyección. De ese modo se confiesa manifiestamente como reacción al surgimiento de una nueva función social, de una nueva influencia de la sociedad.

Cuatro. Esta (artificiosa) ontogénesis del espectador de cine explica por qué más o menos sigamos siendo actualmente un doble del que era al comienzo, fascinado tanto por la puesta realista cuanto por la oferta ficcional. 1895: menos la invención del cine, pues, que la del espectador como sujeto del cine. Apenas nacido, ese espectador crece de golpe. Rápida iniciación al misterio de la proyección, al saber del juego y de las reglas. Toda esta toma de conciencia y de razón que construye rápidamente el iniciado, que le hace renunciar a la ilusión total y contentarse con ilusiones parciales, no elimina sin embargo enteramente la infancia del espectador. ¿Cómo renunciar al fantasma? Y además; ¿no es otra ilusión la que hoy nos hace acomodar los efectos de realidad de los primeros Lumière –movimientos, velocidades, perspectiva, profundidad de campo, en una palabra: figuración analógica– aparte, por decirlo de algún modo, de la banalidad documental? Sí, si olvidamos que lo que hacía efecto en esos efectos, era también su carga de magia, la misma imperfección de su “realismo”, la mezcla de analogía y de distancia al filtro del cual la imagen ortocromática y los saltos de la proyección interpretaban y transformaban toda realidad sensible. Esta diferencia en la semejanza, constituía la violencia misma de la representación ejercida sobre los primeros espectadores, niños ante sortilegios.

Cinco. Este niño todavía existe. Quiere algo y lo contrario, realismo e irrealismo, efectos de lo real y efectos de ficción, verdadero y falso, verosímil e improbable. Fort/da. Lejos/cerca. El uno no funciona sin el otro. Opuestos cómplices. (Lógica dialéctica ya presente en la articulación campo/fuera de campo, disyunción conjuntiva de dos términos que se excluyen mutuamente pero que no logran efecto separadamente).

Existe un conflicto no resuelto en el monstruo infantil que sueña en cada espectador. En quien continuamente vibra la contradicción inherente al deseo de nunca detenerse en una u otra de las satisfacciones que espera. Este espectador tan insaciable cuanto inestable necesitaría que cada elemento se transformara en su contrario. La ficción en realidad, el realismo en fantasía, lo verdadero en falso, lo interior en exterior, el anverso en reverso, y esto en todo momento. ¿Imposible? Sin embargo son numerosos los filmes que aceptan este desafío. Se puede pensar, por supuesto, en Close-up, de Abbas Kiarostami. O también en To be or not to be, de Ernest Lubitsch… Ambas películas experimentan un placer particularmente pícaro en jugar a superar el deseo del espectador, deseo que a su vez es lúdico; a jugar a perderlo en un laberinto de mistificación y de efectos contradictorios. Perderlo para ganarlo mejor.

Seis. Zig-zag en la pantalla mental. Se trata a la vez de suspender y recomenzar con ese sueño contradictorio que liga el espectador al filme. Creer, no creer, volver a creer. Otra vez la figura mayor del vaivén. Ese movimiento oscilatorio parece regular toda gravitación cinematográfica: proximidad y distancia, plenitud y vacío, luz y sombra, parejas malditas todas ellas que no pueden evitar participar del conflicto puesto que es precisamente él quien establece el contacto en el cine. De marcar a borrar, de tomar a perder conciencia, zig-zag entre las modas antagónicas de la participación del espectador ante el filme.

Es que el acto de convicción vinculado a la relación cinematográfica no es un gesto simple. Ya he hablado del miedo del primer espectador. Este miedo da ánimo a la convicción. Creer da miedo. Temer hace creer. Para el espectador se trata a la vez de gozar del poder del cine y de protegerse de él. Puesta en funcionamiento de toda una cadena de negaciones. Sé perfectamente que se trata sólo de una imagen, pero de todos modos, la quiero… Sé perfectamente que no es el verdadero tren, pero de todos modos… Así hasta la negación de la imperfección, puesto que la representación cinematográfica no llega jamás a alcanzar la plenitud de una ilusión sin manchas ni fallas.

Casi todo renguea, pero sin embargo marcha. ¿Y si esa marcha lo fuera a la medida de una renguera esencial? Ayer, fue el blanco y negro, los saltos de la película, el mutismo, y para superarlo todo fue necesario apelar a un gran dispendio denegatorio. Hoy, son más bien las luces del espectáculo, cada vez más hermosas para ser verdaderas, demasiado verdaderas para no ser falsas, etc. Con toda evidencia, cambiantes de un momento del cine a otro, determinadas por las respuestas tecnológicas que las alejan antes que las borran, tales carencias constitutivas son invariablemente investidas por el espectador como llamados, soportes y hasta motores de la creencia.

Siete. Si bien yo, espectador, nunca olvido que estoy separado de la escena, no ceso tampoco de querer abolir este corte (que define toda representación) por un transporte fusional que me proyectará sobre la pantalla para situarme, pese a todo, en el centro de la escena. No estar, para sí estar. No creer para creer aún un poco. Esto y su contrario. Este estado y su negación. Este lugar y su ausencia.

¿De qué manera conseguir el espejismo que muestre el mosaico de deseos del espectador? Es a este pedido que responden, mejor que otros, los cine-monstruos. Respuestas a menudo refinadas, pero también por definición siempre paradójicas. La primera de esas paradojas se anuncia del modo siguiente: confusión de lo que es distinto y distinción de lo que es común.

Véase por ejemplo que Robert Kramer inscribe al comediante de Doc’s Kingdom en los encuentros reales de Route One, USA; mientras que Jean Rouch filma en cine-verdad, Moi, un noir, un hombre real que se toma por actor que se confunde con un personaje que se introduce en la escena para mostrarse tal cual es. La contradicción fragiliza la escena y de ese modo reaviva el interés. Lo que pone en duda las referencias, mina las certezas –incluidas las marcadas hace un instante– se incluye sólo para volver a impulsar la convicción, afectándola de todas las dudas. Se trata de forzar los fuegos del deseo. Al cine no le gusta ni la paz ni la indiferencia. Este compromiso suyo para con el lado del mayor deseo, es quizás lo que ya no existe. Andar de un género a otro, tejer en la misma trama el hilo del documental y el de la ficción, evadirse de las referencias, extraviar la sapiencia –toda una serie de medios de prolongar el juego. ¿Y si no fuera sino el placer gozoso de la pérdida lo que mantuviera (todavía) el interés por el cine?

1. Publicado en el catálogo de “CINEMA DU REEL”, Paris, marzo de 1995.

2. Se trata del título de esta edición aniversario de “Réel” y del título de una sección que incluía uno de aquellos filmes “monstruos”, por ejemplo Route One, USA (Robert Kramer).

Incluido en Ver y poder (La inocencia perdida: cine, televisión, ficción, documental), 2007.


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