Sabemos que las reseñas, las sinopsis, a veces no dicen lo que nosotros hubiésemos dicho de una película. Pese a eso, cuando andamos revolviendo entre tanta oferta (recordemos que cantidad no es sinónimo de calidad), tomamos esos datos como orientación de nuestra búsqueda. Cuando por fin elegimos, ese resumen, esos datos, han funcionado como pistas y se transforman en expectativas. En conclusión, esa es una de las maneras de llegar a Historia de lo oculto, perdida en el catálogo de Netflix, premiada en algunos festivales y laminada de saliva en sus partes íntimas por casi la totalidad de las críticas que la abordaron.

Uno de los cliché para la expectación de una película de terror es acomodarse en el sillón, abrazado por una manta o una frazada. Un recurso casi de niños, casi un juego, que si me lo permiten puede funcionar también como un termómetro de la película que se está viendo. Una buena película de terror genera que esa manta nos abrace hasta el final, hasta los títulos. Si la manta va retrocediendo, descendiendo desde el cuello hacía los pies, lo más probable es que la película se esté desinflando, o que los fantasmas hayan escapado de la pantalla y prendido la calefacción.

Qué difícil es entrarle a una película independiente, argentina, y de un género que en nuestro país no es tan común o fácil de encontrar. Pero voy a decirlo: la manta voló a la mierda a la mitad y los brazos cruzados sobre el pecho sugieren enojo. Es que, a priori, este primer largometraje de Cristian Ponce tenía todo para una noche fantástica. No por esto se puede decir que estrelló la Ferrari, porque hay que ser justo: primero tuvo que construirla.

Historia de lo oculto tiene algo de terror, thriller, suspenso con tintes políticos, sucesos paranormales, y por si la apuesta no parece un poco desmedida para un debut, el director intentó algo muy cercano al «metraje encontrado», eso que en las primeras veces que el cine mainstream lo hizo nos dejó pensando a muchos que la Bruja de Blair era real. ¿Cómo abordamos entonces una crítica de esta película? ¿Le caemos con el hierro de sus pretensiones, o le acariciamos la espalda como ese profe bueno que despide el egreso de uno de sus mejores alumnos?

Cristian Ponce nos mete en un anacronismo, un pasado que no existió, una realidad inventada que se mezcla con referencias a sus gustos personales y a los vaivenes políticos del país. Ambientada en una Buenos Aires de 1987, como dijimos antes, Historia de lo oculto es un thriller político, paranormal, y si se quiere también que divaga un poco sobre la labor periodística. La trama se concentra en la última emisión de un programa periodístico televisivo, “60 minutos antes de la medianoche”, que con algunos invitados en el piso pretende quitarle el polvo a un entramado corrupto y siniestro que incluye, entre otros, al Presidente de la Nación, a empresarios y al menos a un brujo.

Hay un gran trabajo de puesta en escena. Y el lector quizá se pregunte entonces por qué la manta que cubría al espectador voló del sillón, por qué está enojado. El problema está en la historia, que se adivina débil, y que sin todos los aciertos de cámara, actuación, sonido y otros etcéteras desnudaría todavía más sus falencias. La historia inicialmente es confusa, pero con el correr de los minutos muchos detalles se van aclarando, aunque dudamos de que el director haya querido que eso suceda recién ahí, promediando la película, y no antes. Algunos otras líneas argumentales -intrincadas deducciones que los personajes van logrando- no están ancladas en ningún detalle que el espectador haya visto previamente, o sepa de antemano, sólo acontecen en la cabeza de esos actores que no podemos acompañar, que por cierto y pese al guion, son otro punto alto de la película. Germán Baudino hace de brujo, pero con tintes políticos, de traje y corbata. Compararlo con las pestilentes personalidades que deambulan por los programas polítiqueros del país nos hace pensar dos cosas. Primero: esta nación está tan hecha mierda que este personaje podría bien encajar en alguna noche con los delincuentes de Intratables, por ejemplo. Segundo: su actuación es muy sólida y juega a favor del espíritu propio del «metraje encontrado». Otro con buen nivel es Héctor Ostrofsky, que hace de conductor periodístico televisivo al estilo Bernardo Neustadt, o al más nefasto aún y cómplice de la dictadura, Mariano Grondona. Él, Baudino y todo lo que pasa en ese escenario de televisivo son lo mejor de Historia de lo oculto.

La película se construye en blanco y negro, y en dos o tres espacios. Por un lado tenemos el estudio televisivo, con las lluvias y las intermitencias que aportan al terror. En simultáneo al programa, periodistas de esa producción trabajan desde una casa, desde un living que parece un escondite de épocas dictatoriales. Al mismo tiempo, otra de las protagonistas aguarda toda la película en una cabina telefónica desolada. Esta última, y puntualmente, aporta al desentendimiento de la trama. Ahí es donde se debilita el argumento, o se hace errático. No sabemos qué espera esa mujer, no termina de construirse su importancia, y lo que es peor, en su pequeñez física y sus ademanes de temor, dan un physique du rôle que pone a la trama oscilando entre la “seriedad” del terror y algunas risas o permitidos del clase B que nunca llegan.

En la pantalla del programa televisivo hay un cronómetro regresivo que indica lo que le queda a la emisión para terminar. El espectador de Historia de lo oculto se sirve también de ese reloj para saber cuánto le queda de película, minuto más, minuto menos. Es un buen recurso en el que la película apuntala el suspenso. Pero, también a favor de la puesta en escena y en contra del guion, cuando el relojito llega a cero, cuando se acaba la película, la resolución es anecdótica, y en ningún buen sentido. La película no tiene clausura narrativa, no llega una explicación superior a lo ya visto. Por lo contrario, sólo abre un campo fértil para los debates, las explicaciones infundadas o las críticas lascivas que ya circulan. Detalle importante de ese final, pero por lo notorio y no por lo significativo: la película abandona el blanco y negro para pasar a colores.  

Lo paranormal, el terror, se construyen mejor por lo que se dice que por lo que se muestra. En algunas escenas plantan una silueta que no trasciende, que no define nada. En otras, el brujo hace algunos de sus trucos malignos pero bien lejos está de asustarnos o impresionarnos como en Scanners de Cronenberg. Lo fantástico se amaga, pero se diluye rápido en la excusa de un flash falopero, que por cierto no suma y genera, como la chica del teléfono, otra desorientación sobre qué género pretende recuperar el director. Y no es que estos no puedan cruzarse, aunarse, pero la sensación es que en esta película más bien se chocan y pelean entre sí. La sensación es esa: Ponce tenía una gran idea, una amplia gamas de recursos aplicables, y en el intento de usarlos todos, se olvidó de que no tenía final.

En el fútbol hay un detalle, entre otros, que divide a la platea. ¿Se puede tirar lujos cuando vas ganando? Por supuesto que sí, pero bancate las patadas. Pero si vas perdiendo, ¿qué sentido tiene tirarlos? ¿Qué animo puede tener un jugador para hacer lo que está haciendo mientras nosotros en la tribuna puteamos y nos (lo) queremos matar? En el cine, si me permiten, ocurre algo parecido. Cuando en la nueva versión de It aparece Stephen King con el matecito de Independiente -más allá de su predilección por el mate amargo que muchos no compartimos-, hay algo que no está bien. Ese detalle muestra una excesiva confianza en lo que se está haciendo, que en principio no está mal, pero que puede no estar a la altura de lo logrado en el universo de la ficción. Más allá de las opiniones de cada uno, está claro que It no es El exorcista. En otro ejemplo, Viggo Mortensen vestido de azul y rojo en Green Book está perfecto. O tomando mate cuervo en Capitán Fantástico, también. Viggo Mortensen tiene esa extravagancia que le es propia, que algunos directores le permiten explotar. Pero que «Dios» tome ese mate de Independiente es molesto, poco original y muy parecido a los jugadores nuevos de hoy que ensayan más el peinado o el festejo que patear tiros libres y embocar uno. O sea, cuando el chileno Salas metía un gol en River y festejaba como Shazam llamaba la atención porque hasta ese entonces nadie hacia semejante ridiculez, no era algo común. Y digámoslo, aunque a algunos nos duela, Salas era desequilibrante. Hoy hay un excesivo interés en mostrarse fanático de esto u lo otro, de meter ese lujo, ese festejo, de querer referenciar vaya uno a saber con qué fines. Hay jugadores que pierden tres a cero, meten su gol y hacen el corazoncito a cámara o la coreografía grasa que sea, y muestran así que están evidentemente en otra cosa, así como hay directores que no se olvidan de cometer estos gestos que molestan cada vez con menos gracia. En Historia de lo oculto también hay algo de eso. Y no suma, y no es que su director sea el culpable de esta ola de caca snobista, o suma likes o de fines viralizantes. Pero nosotros estamos en la platea y desilusionados. No nos hace falta que nos recuerden que existe El exorcista, ni le suma puntos a este trabajo cuando el director la referencia. La manta y la camiseta siguen revoleadas a unos metros, y vemos que el pibe que debuta tiró una chilena innecesaria. Entre otros firuletes, Ponce referencia a Mariana Enríquez. Los que estamos en la platea ya la conocemos, no hace falta que nos la citen. Es más, creemos que más que nombrarla, los nuevos jugadores podrían leerla en silencio, incluso a sus maestros, como faro para que crezca un género que en Argentina nos debe mucho.

Puntaje: 4/10

Historia de lo oculto (Argentina, 2020). Guion y dirección: Cristian Jesús Ponce. Fotografía: Franco Cerana y Camilo Giordano. Música: Marcelo Cataldo. Reparto: Germán Baudino, Casper Uncal, Hernán Bengoa, Juanjo Suker, Mario Lombard, Agustín Recondo, Pedro Saieg, Nadia Lozano, Victor Díaz, Cristian Salgueiro, Alex Abdeneve, Lucia Arreche, Victoria Reyes, Raúl Omar García, Hernán Altamirano, Héctor Ostrofsky. Duración: 82 minutos. Disponible en Netflix.


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