
1.El relato se inicia en la descripción de la obediencia. Obediencia como estructura determinada por la pertenencia del padre a la jerarquía policial. Pero también a la consecución de esa estructura llevada a la familia: reproducción de un modelo represivo a medida de la casa en la que habitan una pareja y sus cuatro hijas. Una mezcla perfecta entre la institucionalidad que implica lo policial y la naturalización impuesta por un orden patriarcal. La apertura, la salida del caso Kelinec reflejará el peso sustantivo de la primera sobre la segunda cuando sean hombres, varones, en otros casos, los que recuperen como experiencia propia la militarización hacia el interior del hogar.
2.Desobedecer implica la existencia de dos elementos. El primero es una serie de reglas que regulan la acción dentro de un grupo más o menos amplio. El segundo es la voluntad de no acatar esas reglas cuando las mismas van en contra de ciertos derechos o de otras reglas. Un tercer elemento tiene que entrar en juego, como intermediario entre los otros dos: un hecho que permita advertir que ese orden propugnado se sostiene sobre el silencio, la mentira, el ocultamiento. En el caso de Analía Kelinec, el hecho es ese llamado que, dice, le cambió la vida. Ese momento en que su madre la llama y le avisa que su padre ha sido detenido.
3.Analía Kelinec desobedece el mandato familiar en el momento en que se empieza a formular preguntas. En que empieza a dudar de aquello que le dice su padre (“lo que digan, son mentiras”). Lo que expone en su relato no es solo su postura sino la del resto de su familia: la madre y las otras hijas deciden cerrar filas alrededor del padre y de la figura que había construido a lo largo de los años. Eligieron creer en el mismo relato que se había sostenido hacia el interior de la familia. Analía, a cambio, es quien pregunta, quien duda, quien encuentra en cada respuesta de su padre, la confirmación de todas las sospechas.
4.El momento que el relato señala como clave no es tanto el de aquel llamado sino una instancia previa. Es el momento en que Analía sale de las estructuras pautadas por la organización familiar. Salir del destino de ama de casa, entrar en la universidad pública, descubrir otro mundo (es notable cuando recuerda su asombro por encontrarse con gente que no era católica). El impulso tiene correlato con la salida a un lugar que se vislumbra más amplio: la relación que entabla con Luis, su pareja, es la que desata el nudo familiar, la que vislumbra formas familiares diferentes, la que permite observar desde afuera esa estructura que se cuestionará en el momento de la detención del padre. “Dejaste de ser La Vizcachita”, le dice en un momento Luis, en referencia al apodo que el padre le puso cuando era niña. Ahora empieza a ser Analía.

5.Esa independencia de la mirada del padre es la que propicia los primeros pasos. El documental narra esa historia como un proceso de evolución en el que se pasa de la obediencia a la ruptura de los mandatos, a medida que el silencio deja lugar al conocimiento. Y de esa manera, se va pasando de lo individual a lo colectivo. Si primero se trata del cambio de la familia de origen por otra formada de acuerdo a sus preferencias, luego se trata de atravesar la experiencia personal y dirigirse hacia la colectiva, en el cruce con los otros con los que comparte situaciones similares. El encuentro con una víctima de la dictadura –la visita con Ana María Careaga al Centro Clandestino de Detención El Atlético, donde estuvo secuestrada y torturada- propicia un cruce complejo por el lugar que ambas ocupan, en el que vuelve a surgir esa dualidad que Analía mantiene del recuerdo de su padre –entre la ternura y el amor brindado en su infancia y la revelación de los hechos que cometió. La aparición de otras personas, otros relatos similares, permite establecer un doble camino. Por un lado, el reconocimiento cuya manifestación más clara es esa frase: “Hablar con uno que vivió lo mismo, para entender lo que uno vivió”. Por el otro, el primer esbozo de la creación de un colectivo que irrumpirá, inesperadamente, en la escena de la lucha por los Derechos Humanos.
6.Pasar de Analía Kelinec a ser parte de Hijos de Genocidas implica algo importante. El documental recalca el riesgo que implicó ese paso. El extrañamiento que implicó la irrupción en un colectivo más amplio se refleja tanto en el desconcierto que generó en la primera marcha en la que participaron, como en la desconfianza en otros organismos –y que el encuentro con Taty Almeida patentiza. El documental se detiene en esa construcción porque le permite hacer el mismo recorrido que el personaje: salir de la experiencia de lo individual para sumar otras que convergen en un único relato que se expone en público. Pero es también el momento de la nominación de eso que involucra al padre: la palabra “genocida” ahora define de manera contundente a ese hombre que, sin dejar de ser padre, es también el que se convirtió en un engranaje de la represión que secuestró, asesinó e hizo desaparecer personas.

7.En el tramo final, Analía ya no es solamente la representación de su historia personal. En esos viajes que se suceden por Europa, visita distintos campos de concentración del nazismo, que fungen como antecedente y reflejo de lo que ocurrió en Argentina. Sobre todo, propician los encuentros con otros hijos o familiares de genocidas. En esas experiencias que se cruzan, lo que importa no es el cuerpo –territorio, en todo caso, de ese acercamiento bajo la forma de abrazos-, sino el poder liberador de la palabra, de esa posibilidad de narrar las historias para compartir la experiencia. Ahora ella es también la imagen de esas historias desobedientes que involucran a otros familiares. La desobediencia individual es ahora una forma colectiva y también internacional. En ella, en las personas que va encontrando en su camino, se contesta esa pregunta que el documental formula en algún momento y que resulta esencial para el relato:¿Alguien puede vivir en paz siendo obediente?
Desobediente (Argentina-Alemania, 2026). Dirección: Federico Coringrato. Guión: Martín Vergara y Federico Coringrato. Edición: Federico Coringrato. Duración: 108 minutos.
Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: