En 1980 se realizó en el Cine Teatro Broadway la primera semana de preestrenos de películas francesas. Organizada por el Diario Clarín (por esos tiempos a la sección Espectáculos resultaba placentero leerla), el periódico cubrió el evento día a día, comentando los films y publicando notas de color y entrevistas a los invitados: Lino Ventura, Jean-Louis Trintignant, el director Henri Verneuil, las actrices Catherine Alric, Marie-Jose Nat y Daniéle Delorme, entre otros. Notas con muchas fotos, como las de Lino Ventura en un asado rodeado de autoridades del aquel INC y del país, con mucho uniforme militar alrededor (claro, en ese contexto espantoso esto era algo común). Concurrí a ver algunas películas, provisto de la voracidad cinéfila de aquel adolescente, pero no pude estar en la última de aquella semana, nada más y nada menos que Tess(1978) de Roman Polanski. Y por acá, como cierre de la semana francesa, anduvieron un par de días, el director con su actriz (y pareja de entonces) la joven Nastajssa Kinski. Hasta creo que Polanski bailó un tango ¡en plena avenida Corrientes!

Pues bien, cuando Tess (1978) se estrenó meses después ahí estuve y salí decepcionado. ¿Qué le había pasado a un realizador que admiraba y que por ese entonces me había fascinado con Repulsión (1965), El cuchillo bajo el agua (Noz w wodzie, 1962) y Barrio Chino (Chinatown, 1974); menos por Macbeth (1971) y La danza de los vampiros (The fearless vampire killers, 1966); pero sí y hasta llegar al elogio absoluto a través de El bebé de Rosemary (Rosemary’s baby, 1968) y El inquilino (Le locataire, 1976)? Varias décadas después, aquel ex adolescente fue comprendiendo ese estado de ánimo de 1980. Ocurría que se había acostumbrado a los climas asfixiantes de la llamada “Trilogía de los departamentos” (Repulsión, Rosemary, El inquilino), al humor absurdo de Cul de sac (1966), al homenaje y su revisión del film noir de Barrio Chino y al trío juguetón y erótico de El cuchillo bajo el agua. Por lo tanto, durante las tres horas de la adaptación del texto de Thomas Hardy no me había visto identificado con los planos bucólicos y la cansina narración de una película que no supe disfrutar. Con el paso del tiempo considero a Tess como un título importante – no fundamental – en la obra del cineasta.

Pero estas líneas no van a referir a Tess sino a El inquilino y su 50 aniversario del estreno (por acá sería en 1977) y sus códigos de identificación que lo reúne con las otras dos películas para completar la denominada “Trilogía de los departamentos”.

Ya Polanski había recorrido algunas calles de aquella Londres de Mary Quant junto a la manicura Carol (Catherine Deneuve) en Repulsión y transitado puertas afuera el miedo a lo desconocido que padece Rosemary (Mia Farrow) por Nueva York en El bebé de Rosemary.

El París donde se desarrolla El inquilino es gris, pesado, plomizo, sin colores fuertes, propiciado por la luz exquisita de Sven Nykvist. Una ciudad que más allá de la Torre Eiffel se asemeja a un espacio de sobrevivientes que recorre las calles y que encuentra su único refugio en bares. Una ciudad no económica con problemas para quienes desean alquilar un piso o un departamento. Y ahí va el atribulado Sr. Trelkovsky (Polanski mismo en una interpretación extraordinaria): sobretodo con solapas levantadas, andar tranquilo y timidez sin vueltas. Más que tímido, Trelkovsky es un tipo introvertido, asexuado, inseguro de tomar decisiones. Ya desde el comienzo de la película Polanski describe a su complejo personaje frente a un entorno agresivo o por lo menos, poco confiable (la portera Shelley Winters, el encargado del edificio Melvyn Douglas, los vecinos), desde sus propias sospechas y desconfianza hacia el resto. Pero las paredes susurran, hablan y espían en la “Trilogía de los Departamentos” y más si el espacio que ahora ocupa Trelkovsky tenía a una inquilina moribunda en un hospital. En efecto, la Trilogía presenta espacios cerrados que se modifican o, por lo menos, que intentarán modificar los nuevos moradores. Si la creciente locura de la manicura condice con un espacio que no le pertenece pero modifica de a poco debido a su inestabilidad emocional y la joven pareja de Guy y Rosemary recicla ese vetusto lugar a la espera del ansiado hijo, el departamento de Trelkovsky estrangula de a poco a su nuevo habitante. No es normal encontrar un colmillo pegado a la pared ni tampoco observar hacia el afuera e imaginarse a personajes desde la ventana. No es normal pero sí en Polanski: Trelkovsky se pudre desde adentro hasta mimetizarse en vestimenta, maquillaje y comportamiento como su anterior moradora. Se pudre como la carne en la heladera del departamento donde se instala la manicura en Londres. Tiene olor a podrido como el postre que los “simpáticos” vecinos preparan para Rosemary y su pareja, indicador oloroso y supuestamente repugnante que sería necesario para controlar de la mejor manera el embarazo de la protagonista.

Trelkovsky pelea con sus infiernos interiores, su incomodidad con el sexo (allí surge su personaje contracara, encarnado por Isabelle Adjani) y los vecinos a los que les molesta el ruido. En ese proceso de deterioro mental del personaje el encierro será un motivo fundamental (como le ocurre a Carol en Repulsión) y un tema clave para comprender la trilogía departamental del cineasta.

Sin embargo, a diferencia de las otras dos películas, El inquilino ofrece un “afuera” tan asfixiante y denso como el espacio que ocupa el protagonista. Son ambientes cerrados -bares, un cine donde se exhibe Operación Dragón (Enter the dragon, Robert Clouse, 1973)-, lugares tan claustrofóbicos como los departamentos. En ese punto, Polanski se aparta de Carol en Londres y de Rosemary en Nueva York: mientras la manicura tiene su espacio laboral en la peluquería, donde allí se inicia su deterioro mental para luego recluirse en la casa de su hermana, y en tanto Rosemary esporádicamente sale de su hogar para hablar por teléfono o trasladarse a un cementerio al entierro de un amigo, el caso de Trelkovsky y la ciudad donde vive difiere en cuanto a transmitir climas y atmósferas más allá de sus cuatro paredes en alquiler.

Cuando recorre esa París gris y pesada, a Trelkovsky se lo empieza a ver deteriorado, con la mirada perdida, acaso preguntándose las razones del (supuesto) acoso de sus vecinos.  Para que esa “otra” invada su cuerpo Trelkovsky padecerá un paulatino proceso de descomposición mental que, por un lado, se correspondería con el del personaje de la manicura Carol. Sin embargo, Trelkovsky (y la cámara de Polanski) anda por París más tiempo que en Londres y Nueva York oprimiendo al personaje en más de una ocasión. En este punto, Trelkovsky sale de su agobiante departamento para encontrar un mundo diferente al de la queja permanente de sus vecinos. Y allí el director describe una situación terrorífica sin caer en subrayados, solo con pocas palabras y gestos que cambian de acuerdo a las decisiones de Trelkovsky y su momentáneo entorno. Me refiero a las tres veces que el personaje concurre al pequeño bar frente al edificio donde vive para tomar algo y comprar cigarrillos. Esas breves escenas reflejan la fragilidad del personaje y su posterior mimetización con la anterior moradora.

Polanski logra en tres cortas conversaciones entre Trelkovsky y el dueño del local transmitir los primeros desajustes mentales del protagonista, ya con una psiquis irresoluta y divagante. Y todo se relaciona con los cigarrillos: de Gitanes o Gauloises bleues a Marlboro. Y de ahí a la mimetización definitiva aun sin vestido, maquillaje ni peluca. Y todo narrado de manera parsimoniosa y con los tiempos, palabras y silencios solo necesarios. En efecto, en el último encuentro en ese mismo bar, cuando Trelkovsky fuma su primer Marlboro, ya el personaje es la “otra”.

Polanski deja para la última parte la historia de la representación de un personaje (Trelkovsky), mentalmente alterado sin retorno posible, frente al aplauso y los vítores del vecindario. La mente de Trelkovsky, ya invadida por otra, deja su performance final, destinada al suicidio y a una rápida instalación hospitalaria. En ese desenlace Polanski retorna a un principio que al mismo tiempo es un final. O tal vez la comprobación que la mente del protagonista podrá seguir dando vueltas para terminar en un mismo punto hasta su más que próxima muerte.

La “Trilogía de los departamentos”: Carol en Londres, Rosemary en Nueva York y Trelkovsky en París. ¿Podemos a imaginar a los tres personajes circulando en forma alterada por las calles de Buenos Aires? Y… ¿por qué no?  

El inquilino (Le locataire, Francia, 1976) Dirección: Roman Polanski. Guión: Gérard Brach y Roman Polanski sobre la novela de Roland Topor.. Fotografía: Sven Nykvist. Edición: Francoise Bonnot. Elenco: Roman Polanski, Isabelle Adjani, Melvyn Douglas, Shelley Winters, Lila Kedrova, Jo Van Fleet, Bernard Fresson, Claude Pieplu, Rufus, Jacques Monod. Duración: 125 minutos.

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