Sobre el mundo del skate, ya había visto En los 90 (Mid90s, Jonah Hill) que puede considerarse una película hermana de Skate Kitchen, de la realizadora norteamericana Crystall Moselle. Ambas tuvieron su lanzamiento en el año 2018, son ficciones realistas y en ambos casos se trata para sus protagonistas de “hacerse grandes”. Para Stevie en En los 90 se trataba de devenir un varón en el contexto de esa década y para Camille de convertirse en una mujer en la época contemporánea. Pero en este punto, el último largometraje de Mosselle da un paso más allá al proponer el descubrimiento de una manera de ser mujer en diferencia respecto de los estereotipos de género.

En el comienzo, vemos a una joven solitaria que se desliza en una pista de skate. Unos chicos la arengan para que pruebe un truco, pero a Camille (Rachelle Vinberg) le sale mal, se lastima en sus partes íntimas y le cae la sangre sobre sus piernas. A partir de este incidente, su madre, de origen latino, le prohíbe volver a patinar. Lo que determina esta interdicción del skate por parte de la madre es su temor de que en caso de volverse a lastimar, quizás no pueda tener hijos. Camille le promete que no volverá a hacerlo. Pero la prohibición vuelve más fuerte el deseo. Entonces, cuando ve en Instagram la invitación a una sesión de patinaje para chicas del grupo Skate Kitchen en Nueva York, decide unírseles. La joven viaja con su skate a escondidas de su madre, a quien despista enviándole viejas y falsas fotos acerca de donde está.

En este punto, hay que señalar que las Skate Kitchen son un grupo de patinadoras de skate que tiene existencia real. Lo interesante es que ellas toman el nombre como parodia a la idea de que las mujeres deben estar en la cocina y así sientan una posición política que también adopta el film: las mujeres pueden no sólo ocupar, sino también destacarse en espacios y actividades tradicionalmente destinados a los varones.

La película está basada en las experiencias autobiográficas de una de sus líderes, Rachelle Vinberg, pero la directora no opta por realizar un documental, sino una ficción de tono realista, cuyas actrices son varias de las integrantes del grupo. Aquí se destaca la labor en la formación y dirección actoral de Mosselle, ya que logra interpretaciones realmente convincentes y naturales.

En el primer tiempo, las diferencias entre Camille y las otras chicas del grupo es bastante marcada.  Camille, proveniente del suburbio de Long Island, es una suerte de bicho raro en su barrio por practicar skate, lo cual para sus nuevas amigas es una actividad bastante incorporada en la cultura neoyorkina. Por otra parte, con sus 18 años, Camille se encuentra más retrasada que las otras chicas en su maduración. Frente a la independencia y liberalidad de las neoyorkinas, Camille es más recatada en sus modos, no consume drogas y conserva el aura virginal. No obstante, poco a poco, gracias a su destreza con el skate y a su valentía (vinculada al corte que ha sufrido en la escena del comienzo), consigue el respeto y la aceptación del grupo.

La madre de Camille tiene para su hija expectativas tradicionales, que se reflejan tanto en su deseo de que en un futuro tenga hijos, como en el hecho de proponer como salida compartida el ir de tiendas a comprarse ropa (típico clisé ligado a las mujeres). Pero no se trata sólo de eso, sino que impone sus propios deseos sobre la hija. Para ella, no habiendo transcurrido la infancia con su hija (pues Camille vivía con el padre y rechazaba verla), se trata de la dificultad de emprender el duelo por la niña que su hija ya no es y de poder cederla al mundo para que Camille se constituya como sujeto.

El corte del comienzo encuentra una primera resonancia: se trata para Camille de la separación respecto de la madre. La banda de amigas es entonces el primer espacio de intimidad y de pertenencia construido por la protagonista como modo de separarse de la madre. Al mismo tiempo opera como soporte y trampolín a partir del cual delineará su sexuación y su proyecto de vida para ingresar en la adultez. 

Focalizada desde el punto de vista de Camille, la película acompaña su viaje iniciático en el skate neoyorkino, en las drogas, en el mundo laboral, en la experiencia del primer amor, en su primera decepción amorosa y en el dolor de la primera discusión y diferencia con sus amigas.

En los momentos difíciles de distanciamiento de su madre, las amigas, en tanto familia elegida por Camille, son aquellas que están ahí sosteniendo su anhelo de patinar cuando su madre le quita el skate, para darle un techo en el cual pasar la noche, así como para escucharla y confortarla.

En el retrato del mundo del skate, la película muestra muy bien, desde la sutileza de pequeños episodios, la resistencia de los varones a admitir a las mujeres y la denostación que persiste hacia ellas, siempre con injurias que apuntan a devolverlas a su lugar tradicional. Esto se palpa en la escena del altercado en medio de la pista, donde uno de los varones dice: “¡Decile a tu noviecita que se fije por dónde va en vez de andar haciéndose la linda!”, caso que evoca el clásico “¡Anda a lavar los platos!”, que se escuchaba respecto de las mujeres al volante.

Por otra parte, en este mundo, como producto de las discordias de género de la época contemporánea, se diferencian claramente dos grupos de skaters: el de las mujeres y el de los varones, produciéndose paradójicamente un nuevo efecto de segregación y rechazo a lo otro.

El desafío de abordar la posición de Camille es una de las cuestionas más interesante de la película de Moselle. Deslizarse con la tabla de skate puede leerse como la metáfora de un fluir, que parece no solamente corresponder al momento de tránsito que atraviesa, sino a un rasgo inherente a ella misma. Siendo biológicamente una mujer, Camille hace del skate, mundo asociado al varón, su pasión. Se la ve vestida con ropa ligada al varón, sin maquillaje ni adornos; pero tampoco es el estereotipo del «marimacho» rudo, ya que conserva cierto pudor femenino. Su apariencia es masculina, pero su objeto de deseo son los hombres. Al mismo tiempo, es capaz de participar de los dos mundos y patinar tanto en el grupo de mujeres como en el grupo de varones, haciendo estallar el binarismo excluyente de género. Camille dice en la discusión con sus amigas: “No soy de nadie”, y este deslizarse sin arraigo definitivo, que no permite «sacarle totalmente la ficha», que le da ese aire enigmático, es un signo que, en términos de goce, la posiciona como mujer.

Camille nos muestra entonces la posibilidad de que las distintas dimensiones correspondientes al sexo biológico, al género, a la elección de objeto y la posición sexuada en términos de goce, no coincidan unívocamente en una esencia prefijada y predeterminada de una vez y para siempre.

Una de las tantas imágenes que tengo grabada de Mommy (Dolan, 2014) es aquella en la que vemos a Steve deslizarse en su skate por la calle con los brazos abiertos. Se trata de uno de los momentos más felices y libres del personaje en ese film de tono trágico. Camille también fluye con su skate con los brazos abiertos en cruz por las calles de Nueva York junto a sus amigas. Skate Kitchen se puede resumir en la fuerza icónica de esta imagen bella, digna de ser atesorada. Ese cuerpo que fluye encarna con regocijo la libertad de poder elegir cómo vivir la pulsión.

Calificación: 7.5/10

Skate Kitchen (Estados Unidos/Gran Bretaña/Brasil, 2018). Dirección: Crystal Moselle. Guion: Crystal Moselle, Jen Silverman, Aslinhan Unaldi. Fotografía: Sahbioer Kirchner. Montaje: Nico Leunen. Elenco: Rachelle Vinberg, Dede Lovelace, Nina Moran, Kabrina Adams, Ajani Russell, Jaden Smith, Elizabeth Rodriguez. Duración: 106 minutos.


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