En tiempos tirando a tristones y donde asoma en cartel un tanto apaleado lo que biológicamente –y ojalá la boca se nos haga a un lado- sería el testamento fílmico de un gran actor/director como Eastwood y le encajan el término “crepuscular” que ya llevaba cual nube personal en su filmografía desde treinta años atrás, asomarse a los 50 años de La última película (The Last Picture Show, 1971), mojón clave de una década también fundamental del cine norteamericano, tienta a empacharse echando mano a ese mismo ambiente de clausura. 

La última película fue la segunda película de Peter Bogdanovich (1939), director, crítico, escritor, actor, fan, historiador, factor destacado de la generación cinéfila que conformaron entre otros Scorsese, De Palma, Friedkin, Spielberg, Coppola, Cassavetes, Carpenter o Hellman, en patota algunos y en trincheras personales otros. Ya en su debut con Míralos morir (Targets, 1968), Bogdanovich había dejado en claro que, aunque era un thriller, su ópera prima era un canto triste y nostálgico de amor al cine -como lo siguió siendo su obra posterior-, matizando ese sentimiento con el rescate –para levantar el cachete- de la comedia brillante y el slapstick de los ’30 y ‘40 así como la cabalgata musical y la recreación de los orígenes del cine, en estos dos últimos casos con tanto entusiasmo como poca recepción del público, inconvenientes con la producción y las espaldas de la crítica.  

Ruinas circulares. En ese sentido, el cincuentenario del film que nos ocupa ahora permite, en una revisión a la distancia, confirmar que el entonces novel autor ejercía allí una suerte de declaración de principios (“y si no les gusta es lo que hay” funciona como un advertencia que, tal cual se desenvolvieron los acontecimientos a la fecha y en una filmografía cada vez más magra y secreta, se mantiene fiel a aquel enunciado). Partiendo desde el título, siguiendo con el bellísimo paneo a contrapelo con que nos da la bienvenida al polvoriento, gris, solitario (no parece vivir allí nadie más que los protagonistas y cuatro o cinco extras) y aburrido pueblo texano de Anarene en 1951 donde se desarrollará la historia… y las historias. Como si bajáramos de ese micro donde dos horas después subirá Duane (Jeff Bridges) para irse a la guerra de Corea al final de la película, que nos despide con el paneo inverso: el primero se inicia con el cine del pueblo, reconocido único lugar donde se sortea la abulia local, y el segundo concluye con el frente de la sala ya abandonada a la suerte del viento y la tierra de las inmensas avenidas de ripio. En el medio, una trama coral pero de coro pueblerino de amores y desamores, despertares y desperezares del sexo más como rebeldía y plan de escape que como urgencias hormonales, que permite a Bogdanovich desplegar en menos de media hora un ramillete de personajes (y actores/actrices muy jóvenes y no tanto que en poco tiempo serían ampliamente reconocidos) cuya interacción acompañaremos en su común denominador: allí empieza y termina el mundo, y el paso del tiempo se matiza con esas aventuras de alcoba, con el ida y vuelta infructuoso a México o a cualquier parte,  al punto de que el momento más placentero es cuando el enorme Ben Johnson -símbolo de la inquebrantable segunda línea fordiana, y Ford es una referencia a ultranza para PB como lo será Hawks para su inmediata etapa de comedias- quema la mayor parte de sus diez minutos en La Ultima Película en un monólogo para el cual debiera haber sido inventado el término “crepuscular” y luego enterrado con él.  Esos minutos encierran -mientras la cámara se aparta primero y se acerca luego al rostro curtido de Johnson, a su triste mueca sonriente y a sus ojos perdidos en el recuerdo que reflejan lo inútil de su refugio- tanto el espíritu de la película como el conector que la misma hace entre el cierre de la obra de muchos ilustres del cine de los años de oro como los ya mencionados y la también mencionada generación setentera: mientras le enseña a armar un cigarrillo a Sonny, a modo de pasada de posta, sentados al borde de ese estanque decididamente estancado que los arranca un rato de la monotonía del bar, Sam the Lion (Johnson) le confía: “La razón por la cual los traigo acá es probablemente porque soy tan sentimental como cualquiera cuando recuerdo los viejos tiempos”, para terminar aceptando que “ser una decrépita bolsa de huesos viejos, eso es ridículo….. volverse viejo”. 

En Cry Macho (2021), Mike Milo (Clint Eastwood) viene durante toda la película haciendo su propia Canción para mi muerte, literalmente aceptando que si algo no puede curar es la vejez, y termina bailando un bolero para -ojalá no- bajar la persiana y cerrar el boliche con una nota tan liviana como elegida con ganado derecho (y si no les gusta es lo que hay) y dejar como el pucho de Johnson una posta que, me temo, quedará vacante.

The Last Picture Show (Estados Unidos, 1971). Dirección: Peter Bogdanovich. Guion: Peter Bogdanovich y Larry McMurtry. Fotografía: Robert Surtees. Música: Phil Harris, Johnny Standley, Hank Thompson. Reparto: Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Ben Johnson, Cloris Leachman, Ellen Burstyn, Randy Quaid, Sharon Taggart, John Hillerman, Clu Gulager. Duración: 118 minutos.

 

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