coriolanus(Publicado originalmente en inglés en la página del Berlinale Talent Campus y en fipresci.org)

El debut de Ralph Fiennes como director fue muy anticipado y esperado por aquellos admiradores del actor, pero también por todos aquellos que gustan de una de la obras menos conocidas de William Shakespeare: Coriolanus. Fiennes, quien hace once años encarnó al protagonista de esa obra en el Almeida Theatre de Londres, ahora trae esta historia a la pantalla grande en la forma de una película bélica situada en el presente. El guión de Coriolanus fue adaptado por John Logan (guionista de  películas que van desde Gladiador hasta Rango, pasando por El aviador, la Sweeney Tood de Burton y La invención de Hugo Cabret) y filmado principalmente en Serbia, con mucho uniforme militar.

Coriolanus, que cuenta la historia de Caius Martius (un general que lucha por Roma pero luego, por su indiferencia con las clases bajas, es desterrado de allí), es una obra de altísimo contenido político. Por ende, Fiennes intenta que la película evoque ciertas situaciones socio-políticas actuales (Irak, Afganistán) que todavía están a flor de piel, y logra hacerlo a los golpes. Sin embargo, el gran problema de Coriolanus no está tanto en su poco sutil vínculo con aquellas cuestiones, sino en sus formas de hablar sobre ellas y el mundo. Y digo hablar, literalmente, porque en este relato el principal problema es la manera en que hablan los actores (algo para nada menor en la transposición de una obra de Shakespeare que intenta respetar los diálogos originales al pie de la letra). Por eso, lo molesto no es lo que dicen esos personajes sino cómo lo dicen estos actores: la mayoría de ellos (Fiennes incluido) muestra que cree hablar apasionadamente cuando, en realidad, lo único que está haciendo todo el tiempo es “sobremodular”. Entonces, cada plano, cada escena traslada nuestra atención a sus bocas, a esos labios que se mueven con hipnotizante desesperación, como peleando con las frases que pronuncian tan ‘articuladamente’. Y mientras hacen eso, muchos de estos hombres actúan como si estuvieran siendo observados bajo una lupa que está a punto de prenderlos fuego. Sí, Ralph Fiennes a veces es un magnífico actor, pero en esta película (se rumorea que también tiene intención de llevar Antonio y Cleopatra al cine) no consigue dominar el temita de actuar y dirigir a la vez.

Afortunadamente, las obras de Shakespeare sobreviven al tiempo y sus avatares (Baz Luhrmann dio una excelentísima lección de esto en su increíble Romeo y Julieta). Por eso, aunque Fiennes intente traer esta obra al presente simplemente abusando de la cámara en mano, la música aturdidora, el sonido bombástico y un gran despliegue de teléfonos celulares, televisiores, tanques de guerra y armas, hay algo que verdaderamente trae a Shakespeare al corazón de esta película. Y eso,  únicamente, es el trabajo de Vanessa Redgrave como la madre de Coriolanus. Ella acarrea la pasión que esta historia merece y nunca se preocupa por mostrarlo en su forma de decir sino en su forma de creer en lo que está diciendo. La intensidad encarnada en el personaje de esta mujer no se refleja en su dicción (ese es el caso de Fiennes y de su amigo Gerard Butler) sino en sus formas de mirar, de moverse y de hacer silencio…

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Redgrave maneja el tiempo cinematográfico, juega con él, lo inunda de significado; Coriolanus queda completamente marcada por su oficio: los ojos, la piel, el porte de esta dama agitan las palabras del dramaturgo inglés como banderas flameantes en una batalla que, claramente, no es la que el director retrata en esta película. Ese contraste entre Redgrave y el resto de los actores es tan determinante que simplemente ya no importa la causa, la transformación o la venganza del personaje principal… solo interesa que, por favor, Vanessa Redgrave vuelva a aparecer en la pantalla.

Coriolanus (Inglaterra, 2011), de Ralph Fiennes, c/Ralph Finnes, Gerard Butler, Brian Cox, Jessica Chastian, Vanessa Redgrave, Lubna Azabal, 123′.


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