La obra de Alfredo Arias, estrenada en París en 2012, nos remite a tres instancias vinculadas al cine clásico argentino. Una es la del  imaginario de dónde surgieron esas películas. Un mundo perdido para siempre que hoy sólo podemos reconstruir en parte a partir de algunos restos que han perdurado en nuestra cultura y de un puñado de publicaciones, algunas fotos, recuerdos trastocados, testimonios tomados de aquí  y de allá que dan cuenta de “otra Argentina”, fuente de estos relatos.

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Eso nos lleva a las películas en sí. Lo que los habitantes del Barrio Semiótico llaman el texto fílmico. Aquello que nos ha llegado, lo que podemos ver incluso en esta pantalla donde ahora leen estas líneas. Es lo que es, lo que está, lo que podemos tener frente a nosotros, en imagen y sonido, con total certeza.

Y acá arribamos a la instancia más interesante. Lo que los académicos llaman, un tanto en forma pomposa, el espacio de la recepción. Cómo y cuándo vimos tal o cual película. Quizás primero en una sala de barrio, luego en otra, o acaso en la televisión o en video. Entonces aquí aparecen las diversas oportunidades en que hemos visto una obra, las diferentes circunstancias en que lo hemos hecho y las variadas sensaciones que nos ha provocado a lo largo del tiempo.

qlcqnuthArias recuerda en Cinelandia que las primeras veces que fue al cine pensaba que se trata de un espectáculo en vivo, fruto de un ingenioso juego de lentes que variaba el tamaño de los actores en la pantalla (1). En esta obra recupera el fantasma de cuatro películas: El crimen de Oribe, de Torres Ríos y Torre Nilsson, La mujer de las camelias, de Ernesto Arancibia, Carne, de Armando Bó y Besos brujos, de Ferreyra. Lo hace desde un abordaje muy personal, donde sus recuerdos y tempranas impresiones de las películas se entremezclan con las tramas. Donde las canciones, algunas de época y otras extemporáneas a las películas, establecen ese vínculo entre el cine y las vivencias personales. Arias muestra cómo esas obras han entrado en su vida y han establecido entre ellas un entramado vital, constitutivo de su propio imaginario. La locura enlaza a El crimen de Oribe con La mujer de las camelias. El espíritu de folletín vincula Besos brujos con el folletín salvaje, al decir de Sergio Wolf, de Carne. La película de Bo no aparece así desligada del cine clásico. Es una versión desatada de ese mismo universo. Ambas películas están atravesadas por una visión sexual, primitiva, salvaje. Todas, las cuatro evocadas, nos remiten a un mundo absurdo, pacato a veces, desbordado otras, melodramático siempre. Y todo subrayado con la ironía y el humor que caracteriza la obra de Arias.

De alguna manera, recupera aquí el concepto de biógrafo, con el cual se denominaban los cines en las primeras décadas del siglo. El cine como un arte igual o más grande que la vida. Una vida transfigurada por el prodigio de la imagen proyectada.

7bc3-c9a2cinelandiaporariasCinelandia está interpretada por actores que expresan el universo de Arias en forma inmejorable: Alejandra Radano, Marcos Montes (los intérpretes de la extraordinaria Deshonrada), Carlos Casella, Fanny Bianco, Adriana Pegueroles y Nahuel Bazán.

No es un homenaje al cine argentino. Por lo menos no lo es en el sentido del pedestal y de la ceremonia. Es una evocación de cómo el cine merodea y moldea, de alguna manera, nuestras vidas. Al fin y al cabo, para quienes nos toca transitar estos tiempos de la  historia humana, para quienes amamos las películas, somos, entre otras cosas, lo que el cine ha hecho de nosotros.

(1) Es imposible no vincular esta sensación con la que alguna vez tuvo el crítico Edmundo Eichelbaum, quien recordaba que –cuando niño, allá por los primeros treinta- escuchó por primera vez a Gardel en la radio sintió que el cantor creaba la letra a medida que la decía.

Cinelandia puede verse en el Teatro de la Ribera, Pedro de Mendoza 1821, de viernes a domingo a las 19 hs.


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