Atención: Se revelan detalles del argumento.

Duodécima película de la saga, Amityville: El despertar se propone reconfigurar la historia, actualizando las características del género sin perder de vista la idea original que se diera en 1979 para tomarla como punto de partida al tiempo que la reformula.

Belle (Bella Thorne) se muda con su madre, su hermana y su hermano gemelo -quien padece muerte cerebral- a la casa de los asesinatos, y pronto comienza a notar que su hermano está poseído por algo desconocido, a lo que dará forma gracias a que un compañero de escuela le sugiere mirar la película Terror en Amityville (Stuart Rosenberg; 1979); película con la que dialoga esta nueva entrega de la saga. Una trama que, a pesar de ser escueta, no deja de estar bien trabajada pese a ciertos puntos en blanco, que bien podrían ser intencionales como forma de estamento moral.

Amityville: El despertar se ahorra las explicaciones sobre la maldición que pesa sobre la casa del 112 de Ocean Avenue porque descansa sobre el conocimiento por parte del espectador acerca de los hechos trabajados en las once películas que la anteceden. Evita sobreexplicar, y esa omisión sirve para dejar de lado la acusación que la primera establecía al identificar al eje del Mal con la recuperación de las religiones anteriores al cristianismo (y no americanas), clave en el cine del 70. Ese hecho acusador es dejado de lado proponiendo simplemente una posesión de algo que no es bueno, pero sin situarlo en el contexto de una religión específica, y centrándose en la pérdida de la fe de sus protagonistas.

La mudanza a la casa se revela como una manera de traer a la vida apelando a otro medio que no sea Dios, al que han rechazado por haberlas abandonado. La historia se sitúa 40 años después de los asesinatos perpetrados en la casa en cuestión, justificando que los sucesos se den en ese período debido a la importancia que ese número tiene en la Biblia, pero no se trabaja desde el cristianismo, sino que la conversación que introduce al libro sagrado se agota en un breve diálogo. La protagonista es mostrada con look dark, y se revela reticente -ella y su madre- a dar las gracias en la mesa. Abandona a Dios porque Dios ha abandonado a su familia, y es la ciencia la ocupa el lugar que otrora ocupaba la religión.

La tan pregnante escena de las moscas, que en 1979 protagonizaba un cura, en esta película se efectúa en forma de espejo, protagonizada por un neurólogo que intenta dar explicación a los estudios que muestran al enfermo “mejorando”. Sin embargo, no hay un intento de develar ningún misterio sobre el origen de la amenaza, porque se conoce gracias a la leyenda y gracias a la ficción que sobre ella se hizo. En esta película no se busca ayuda, el visionario que reconoce el Mal es un adolescente obsesionado con la historia sobre la casa y con las películas acerca de ella. Este personaje no brinda ayuda, tan sólo relata y devela, y sus armas no son los archivos documentales sino las ficcionalizaciones de lo ocurrido. Así y todo, no hay salvador inmaculado, no hay chamán heroico. La protagonista se enfrenta a su hermano poseído para liberarlo de eso que les es, en gran parte, desconocido. No hay trabajo sobre el origen del Mal, sino que se pone énfasis en las relaciones familiares, los sentimientos de culpa – como toda expresión de religión-, y en el reconocimiento de eso que es extraño. A pesar de todo, ese monstruo inexplorado gana: no es vencido ni pueden escapar de él, porque aquello que en los 70 inspiraba la esperanza de salvación, hoy no deja espacio más que para el nihilismo.

Esa familia disfuncional también vuelve reversionada del tópico del 70: la madre soltera, la mujer emancipada, es retratada en su dolor de forma siniestra, ligada a la locura, a una obsesión por recuperar a su hijo que termina perjudicando a sus hijas. “Jimmy siempre va a volver. ¿Querés que volvamos a ser una familia?” Si en el 79 se retrataba una familia ensamblada, hoy se retrata a una familia demolida. El padre no aparece, la madre maltrata a la hija mayor y casi pasa sin atender a la hija menor, mientras que el hijo al borde de la muerte es la encarnación del Mal. Las tres mujeres son atacadas por el único hombre de la casa, aunque se deja en claro que el personaje tenía valores loables (su estado actual es consecuencia de querer defender a su hermana), salvándolo moralmente. Mientras que en la película dirigida por Stuart Rosenberg la amenaza se instaura desde la casa misma en su totalidad, en la de Khalfoun es la habitación del muchacho donde se centra la tensión que termina encarnando el Mal en el chico enfermo y, con esa reducción, el espacio para generar climas se achica, por lo que, generalmente, se apela al susto repentino en lugar de a la tensión constante.

Amityville: El despertar comienza con imágenes de archivo que recopilan testimonios sobre los asesinatos consumados por Ronald DeFeo en 1974. Se apela al (falso) registro de la realidad y al metalenguaje para negar la diégesis de la primera película e instaurarse sobre ella -desde las imágenes de archivo y la autoconciencia- en el “verdadero plano real”, sin desmerecer la primera como fuente de información y medio para conocer los hechos del pasado. Es parte de la nueva estética que el cine de terror viene trabajando hace más de una década: solicitar el plano de lo real a las imágenes captadas por medios, al found footage. Esta película no es secuela, precuela ni remake (los personajes adolescentes amigos de la protagonista rebajan esas categorías, burlándose de ellas): es precisamente un despertar, un tratar los hechos de una forma actual. Ese juego de realidades y espejismos se condice con el poder que tiene la casa para confundir a sus moradores en términos de poder discernir lo que es real de lo que no lo es.

Es característico de la narratividad del 70 utilizar la ensoñación para romper con la estética hegemónica del cine clásico y de esta forma permearse de experimentalidad. Parte de esa experimentación permitía escenas oníricas que se mezclaban con la realidad. En el caso de la nueva entrega, los sueños derivan en incesto, como parte de la liberación sexual de fines del 60, mostrada siempre corrupta en el género de terror. Hoy, esos rasgos no son rupturistas, pero funcionan en tanto recuperan una época a la que se alude para cimentarse en ella.

La saga de Amityville, a pesar de su popularidad, ha sido una de las más vilipendiadas, sin embargo esta nueva entrega no deja de ser una de las mejores porque retoma la “original” para reactualizarla estética y éticamente.

Amityville: El despertar (Amityville: The Awakening, EE. UU, 2017), de Franck Khalfoun, c/ Jennifer Jason Leigh, Bella Thorne, Mckenna Grace, ’85.


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