david-o-russellEl cine de David O. Russell es prefabricado, artificial y pretencioso como las pelucas y el vestuario de su última película. Salvo algunos pasajes efectivos que son la excepción, y que las más de las veces son aquellos que están acompañados por música o montados dinámicamente, sus imágenes y conceptos son redundantes y triviales. Las situaciones ni siquiera son funcionales a la evolución narrativa, sino que parecen justificarse por alguna viveza del guionista y por esos personajes “impredecibles” que a Russell le gustan tanto. El gran problema es que el director pone a la película al servicio de sus personajes, y no a la inversa.

Escándalo americano es básicamente una versión maquillada y estilizada de Nueve reinas que se cree mucho más inteligente de lo que realmente es y que, al contrario de la de Bielinsky, se ahoga buscando una estética vistosa que la diferencie del resto a falta de un desarrollo argumental e ideológico original. Porque esto del estafador estafado no es cuento nuevo, y la película de Russell no aporta nada al cliché. Ni lo transgrede, ni lo deforma, y al parecer ni siquiera es consciente de él. Entonces, ¿para qué abordarlo si no hay nada nuevo para decir? Lo mismo va para los trabajos anteriores del director, o por lo menos para esta última trifecta que comparte casting y que por alguna razón entró en consideración de la Academia (recuerdo con algún cariño I Heart Huckabees, pero debería revisarla para poder opinar al respecto).

Cada vez estoy más convencido de que el cine de Russell es una mera excusa para que el director pueda escotar lo más posible a sus actrices. Después de ver la forma en que Spike Jonze filmó a Amy Adams en Her y compararla con la manera en que lo hizo Russell en Escándalo americano, la teoría se solidificó. Lo mismo vale para Jennifer Lawrence en cualquier otra película que no esté dirigida por este hombre. Sí, está bien, los directores, y los cinéfilos en general, sufren algún grado de fetichismo estético (con todas las infinitas perversiones y patologías personales que esto conlleva), pero todo tiene su límite…

joaquin-phoenix-falls-in-love-with-an-operating-system-in-new-spike-jonze-movie-her¡Qué hermosa distopía cercana la de la película de Jonze, que también produce Russell! ¡Qué sacudón moral para las nuevas generaciones! La película funciona como un capítulo extendido de la gran serie televisiva Black Mirror (actual heredera de The Twilight Zone, pero con el foco en los avances tecnológicos), bajo un filtro de color a la Instagram y el bigote hipster de Joaquin Phoenix para agregarle un look indie naif y terminar siendo todo lo contrario. Inteligentemente, y a diferencia de Black Mirror, la película no tiene una visión crítica o negativa respecto a la relación amorosa que el protagonista tiene con su sistema operativo, sino que la mirada es neutral, con un dejo de interés. Una mirada que muestra la adaptación del mundo a un nuevo e inevitable tipo de sexualidad: la virtual. En vista de que los humanos ya no son suficientes para los humanos, entonces hay que inventar algo para mantenernos distraídos… y dormidos…

Y hablando de Jonze, ¿vieron su simpático cameo en El lobo de Wall Street? ¿Vieron qué linda película la de Scorsese? Y hablando de sacudones morales, ¿vieron el nudo en la garganta que se forma cuando el Belfort de DiCaprio le encaja una piña de lleno en el estómago a su esposa? Sí, después de dos hermosas horas de envidiable desmadre, y cuando el nivel de empatía con el personaje está en su punto más alto (con un buen número de queribles secuencias cómicas incluidas y sumando que el nombre de DiCaprio ya es casi un sinónimo de empatía), viene el golpe bajo. El tan querible sacudón moral en acción que extraña, que confunde; que le recuerda a uno que la superficie es tan solo eso, superficie. Y que, con un placer culpable, nos volvimos a enamorar del demonio de turno.

Hay dos encuadres, cerca del final, que redefinen toda la película: las subjetivas de ambos antagonistas. Por un lado, el detective Denham observando a las gentes venidas a menos del subte neoyorquino; por el otro, Jordan Belfort contemplando el grupo de admiradores que está ansioso por aprender algo de él, de su éxito, de su fama y de su experiencia. Entonces Scorsese parece interpelar al espectador y preguntar, ¿para qué sirvió todo esto? El detective parece preguntarse, ¿existe acaso la justicia? ¿Fue todo en vano? ¿Acaso las tres horas que el espectador acaba de contemplar no valieron de nada? ¿No dejaron enseñanza alguna? Claro que sí. La lección moral de El lobo de Wall Street es que la Tierra la heredaron (y la heredarán) los amorales. Considerando que el propio Jordan Belfort continúa recibiendo millones de dólares por los derechos de la película de Martin, creo que la realidad nos está enseñando lo mismo.

bradley-cooper¿Vieron que, en algún punto de la historia reciente, Matthew McConaughey aprendió a actuar? Y no sólo eso, sino que se volvió un gran actor, elección predilecta de varios de los mejores o más interesantes directores. En la de Scorsese, a pesar de estar pocos minutos en pantalla, su interpretación es memorable. Y ahora, por primera vez, el actor entró en consideración para la Academia. ¿Por qué película? Dallas Buyers Club, donde Matthew interpreta a un reaccionario tejano al que le diagnostican SIDA en los ‘80, con todas las graves connotaciones socio-culturales que esto significaba en la época. Una película con la mirada de un canadiense progre (Jean-Marc Vallée, el director) sobre el retrógrado sistema de salud estadounidense, y todos los problemas que sus burocracias pueden llegar a generar, incluyendo la muerte.

Hablando de películas con una mirada ajena (y por lo tanto moralista y pedagógica) sobre una problemática típicamente yanqui, tenemos a ese engendro sádico que es 12 años de esclavitud, que bien podría llamarse 2 horas y vente de esclavitud, dirigida por la mirada “justa” de un inglés. De este nuevo tipo que lleva el nombre de Steve McQueen y que al parecer cree estar haciendo un cine revolucionario y concientizador, cuando el resultado es todo lo contrario. McQueen pervierte y/o destruye los aciertos del Django de Tarantino, especialmente el uso de la violencia, tanto verbal como física. Y, sin querer, el director también pasa a contribuir a esta nueva ola de blaxploitationinvoluntarios (que incluye como ejemplos recientes a The Butler y el nuevo retrato de Mandela, entre otras) que se propone concientizar para terminar señalando y produndizando aún más las diferencias raciales en lugar de encontrar algún tipo de comunión o igualdad. Si tienen algún tipo de predilección por el masoquismo fílmico (e ideológico), esta es la película indicada.

Por último, y sin gancho (ya que no creo que lo haya), dos películas que me provocaron la misma indiferencia: Gravedady Capitán Phillips. La de Cuarón fascina durante los primeros diez minutos, hasta que uno se da cuenta de que eso era todo lo que la película tenía para ofrecer: desplazamientos lindos de cámara por el espacio y triquiñuelas técnicas. Peor aún cuando pretenden agregarle una carga simbólico-existencial a la película, que resulta de una trivialidad filosófica atroz. Por otro lado, la de Greengrass es una película técnicamente impecable, pero con una frialdad demoledora, diálogos flojos y un manejo tedioso de los tiempos cinematográficos. Sólo conseguí rescatar dos encuadres, ambos sobre los ojos (o la mirada, en realidad) del personaje de Hanks: dos miradas que ponen en crisis el statu quo, la visión moral y social de un mundo deforme que se viene abajo. El resquebrajamiento (el despertar) de un yo típicamente estadounidense resulta aún doloroso por el clásico adoctrinamiento patriota que lo constituye. De las dos horas y cuarto de duración de Capitán Phillips me llevo sólo eso: dos miradas.

3600aNo conseguí ver ni Nebraska ni Philomena,

pero se rumorea por ahí que ni valen la pena.

¿Y la de los Coen no quedó nominada?

Parece que a la Academia no le gustó nada.

Ah, disculpen, perdón;

casi olvido recordarles que, antes que Bradley Cooper, el primero,

en aferrarse a la realidad, desde la miseria, calzandose los ruleros,

fue el “Negro” Monzón.

Paz.


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