1184942_699293680086454_375022453_n2Séptimo pudo haber sido tantas buenas películas como pisos, departamentos y habitaciones hay en el edificio de la calle Brasil donde se desarrolla la historia. Séptimo podría haber sido, sólo por ilustrar: La comunidad, pero con menos salero; o Mientras dormías con un portero –bah “encargado”, como piden ser llamados- más parecido a los nuestros; o No abras nunca esa puerta, con la libertad total de ese otro lado. También podría haber sido Rec, con zombies pitucos y argentos, u otras tantas películas: una que hablara sobre las diferencias entre clases sociales o sobre extranjeros indocumentados que secuestran niños bien para venderlos a señoritos del primer mundo, o Duro de matar (con un abogado de armas tomar en lugar de un policía, dispuesto a todo por sus hijos). Nada de esto supo ser. Séptimo es una reunión de consorcio. Pero menos interesante.

Y en el “pudo ser” no está implícita una valoración acorde a los gustos de quien escribe. No. Hablo de posibilidades concretas, de opciones, de libertades creativas. Partir de una idea rectora realmente buena no es poca cosa. Los chicos desaparecen mientras bajan las escaleras, en un trayecto que va del séptimo piso a la planta baja. ¿Se imaginan lo que se puede hacer con ese material? Súmenle a esto –si el director así lo quiere- poder acotar el relato a un espacio cerrado: un edifico con largos pasillos, ascensores antiguos, escaleras y palieres. ¿Se necesita algo más? Podíamos tener más: un personaje o varios personajes con historias pasadas, pesadas o rutinarias; e inclusive Sebastián (Ricardo Darín), el abogado (¡Afloje un poco don Ricardo, a esta altura ya está para Juez de la Nación!), podía estar bien: se encuentra manejando un caso complicado, su bella mujer española se está divorciando de él –aparentemente por una cuestión de cornamenta- y al tipo le intuimos algo sucio. Señores, la figurita difícil también está: Darín, y todos sabemos lo que eso significa. Es jugar al truco de a cuatro con los dos anchos todas las manos. Además, lo importante para hacer cine, según dicen los que dicen saber, no falta: plata hay. Una coproducción con España, donde además el INCAA y la televisión aportan lo suyo.

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Está claro y, si no, lo aclaro: no siempre tenerlo todo hace del todo algo bueno. Séptimo está mal. Del primer al último piso. Séptimo tiene en sus manos las llaves de todo el edificio y equivoca la cerradura de todas las puertas. Siendo como es, una película de guión, no se pueden entender que los recursos de la estructura narrativa sean tan básicos, tramposos y estén tan mal utilizados. Ejemplo: Sebastián, el abogado, está recibiendo un llamado de suma importancia para dar con sus hijos, su mujer está allí con él, un comisario, vecino del edificio que le está dando una mano, se ofrece, como corresponde, a hacerse cargo del tema. La única respuesta del abogado Roberti (tenía que decirlo, ya está) es: “Nada de policías”. El policía se da vuelta y se va. Lo vemos partir. A ver: es un secuestro, desaparecieron niños, sos testigo de la situación, sos comisario de la policía y vivís en el mismo edifico. Se va, no hace nada más. Un simple detalle como éste, y hay varios más, demuestra cuán funcionales a la resolución del guión pueden ser las situaciones y sus personajes.

Otro ejemplo, aunque seguramente también tenga que ver con la funcionalidad mencionada. Estando en el cine un amigo, que se encontraba en la sala, me hace llegar el siguiente mensaje de texto. “¿Me parece a mí o son medio boludazos los pendejos?”. Y no se equivocaba, los pibes son parte importante del conflicto: los viejos se están divorciando, la madre se los quiere llevar a España, el padre los quiere retener, los secuestran y, para colmo, el viejo se olvidó de darle el remedio que toma uno de ellos; ante ese escenario, jamás, pero jamás de los jamases, les vemos a los chicos un solo gesto de dolor, de sufrimiento, una lágrima, hipo o algo que demuestre que son niños pasándola mal y no personajes salidos de la mente de alguien que decidió incluirlos para darle “carnadura” a la historia. Ojo, a lo mejor como hijo de padres separados estoy exagerando la cosa.

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Hay algo más que quedó dando vueltas en mi cabeza después de ver la película. Probablemente una pavada. Acercándonos al desenlace, en un momento de los importantes, Sebastián no logra hacer arrancar su auto, creo que es un BMW –pido disculpas, me puedo estar confundiendo-, y un abogado amigo le presta el propio: un Taunus, de éste sí estoy seguro. Digo, un abogado con guita, igual que él, tiene un Taunus, un fierro, que además no está tuneado. ¿Para qué? ¿Por qué incluir “ese auto” en ese momento? ¿Alguien nos está queriendo decir algo? Todos sabemos que nada de lo que vemos en la pantalla ocurre por casualidad, siempre hay mentes trabajando para que lo que veamos sea visto por todos. Se me ocurrieron dos posibilidades: 1) El director, español el joven, lo vio en la calle y dijo: ¡Joder, qué belleza, quiero ese auto! 2) Pocos autos, el Torino a la cabeza, representan tan bien a la argentinidad. O sea que tenerlo ahí, en ese momento fundamental en el que un padre debe correr a rescatar a sus hijos, verlo surcar nuestras autopistas para arrancar a los párvulos de las garras del mal, debería hacer que nuestro pecho patrio se llene de satisfacción y orgullo; orgullo solo comparable con el de jugar –y ganar- a la play, un clásico Argentina vs. España.

Para terminar, y me hago cargo de mi delirio, hace algún tiempo cuando leí que Darín estaba filmando una película llamada Séptimo, y sin tener la menor idea de qué iba el asunto, pensé: ¡Uy, qué bueno! Ricardo en una película sobre el lobizón. O, pensé también, quizás Séptimo, con semejante número bíblico, nos muestre una Buenos Aires apocalíptica.

Pero no, después leí de qué se trataba y ahí me di cuenta de que me había equivocado. Séptimo era otra cosa.

Aquí puede leerse un texto de Emiliano Oviedo sobre la misma película.

Séptimo (Argentina/España, 2013), de Patxi Amezcua, c/Ricardo Darín, Belén Rueda, Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro, 88′.