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 Evaristo Páramos.

¿Será cierto que detrás del anonimato de Thomas Pynchon hay una voluntad de encubrirse que estaría totalmente justificada ya que sus personajes y tramas son menos ficcionales de lo que cualquiera creería? ¿Será cierto que efectivamente Thomas Pynchon trabajó como agente encubierto para vaya uno a saber qué servicio de inteligencia, volviéndose un espía doble o incluso triple? ¿Es la razón por la que posee información de primera mano, inaccesible por otros medios?

Bueno, tal vez nunca se revele el misterio. O tal vez sí y, al final, se descubra que todas sus intrigas sólo fueron producto de su imaginación y que no hay una pizca de verdad o de denuncia en sus ficciones. O, quizás, sea todo lo contrario. En cualquier caso, consiguió implantar la semilla de la duda en sus lectores y, al conseguir eso, consiguió captar la atención como ningún otro escritor de su generación. Nunca un autor consiguió generar tanta especulación a partir de un seudónimo como en su caso (con la excepción de Bruno Traven, tal vez). Incluso hoy, luego de cuatro décadas de especulaciones acerca de su identidad, seguimos lanzando hipótesis, como quien lanza bombas de humo.

¿Hay un paralelo entre Shasta de Vicio propio y Bianca de El arcoíris de la gravedad? ¿Será cierto que, en ambos casos, se trata de Chrissie Wexler, quien fue pareja en la vida real de Thomas Pynchon? Incluso Jules Siegel, amigo personal de Thomas Pynchon de la época en la que ambos eran estudiantes universitarios, dejó deslizar la sospecha de que la obra de Thomas Pynchon es confesional. De ser así, hay que entender la gravedad de ciertos asuntos tratados en sus ficciones. Entonces, su anonimato distaría mucho de ser una pose, un asunto de marketing. Estaríamos hablando de un autor de denuncia, capaz de comprometer con sus relatos al establishment norteamericano.

Sin embargo, no es eso.  Es decir, tampoco es eso. ¿Por qué? Por falta de pruebas. Sin pruebas no hay delito, dicen. Entonces, toda la obra de Thomas Pynchon acaso es una especulación incesante que gira en torno a la paranoia. Lo que no sabemos es si esa paranoia está justificada o si es completamente arbitraria. Y de eso se trata. Ese es el juego que Thomas Pynchon invita a jugar.

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Vicio propio recupera ciertos tópicos pynchoneanos con insistencia. La trama es compleja y enrevesada y, básicamente, plantea que, desde ciertas instituciones gubernamentales, existió un control sobre el negocio de la droga, en el que el adicto era apenas otro eslabón en una cadena de montaje.  No se trata de que los narcotraficantes obtuvieran el visto bueno de la policía, sino de que quizás era la misma policía la que controlaba el negocio. Pero ojo, que hasta aquí sería fácil. Es algo más complejo. Se trata de un plan más grande, más vasto: un plan maquiavélico que consiste en crear adictos como estrategia de control. ¿Acaso el mismo gobierno ayudó a “crear” adictos para luego darles “caza”, en un simulacro entre policías y yonquis que al fin son marionetas tiradas por del mismo hilo? De ser así, ¿cuántos están realmente enterados de este malévolo plan? El negocio es perfecto. Controlan la droga, controlan a los adictos, controlan a los que persiguen a los adictos y, para cerrar el círculo, también controlan a los que piensan que se “salieron” del círculo, administrando, también, las instituciones donde los adictos intentan recuperarse. Básicamente, lo que estas ficciones paranoicas dicen es que hay ciertos empresarios que lo controlan todo: los canales de producción, de difusión, de distribución, lo bueno, lo malo y toda la gama de grises que hay en el medio. Con y sin el consentimiento de los actores que representan el poder. Y esta teoría paranoica… ¿Suena tan inverosímil cuando nos damos cuenta que el dinero ha reemplazado a todo dios? ¿Es que la consecuencia del capitalismo es la relativización del poder de las instituciones?

Ni el libro de Thomas Pynchon ni la película de Paul Thomas Anderson dan ninguna respuesta. Pero se encargan de deslizar la sospecha de que hay algo que no funciona bien con el ejercicio del poder desde las instituciones. Lo paradójico es que la única manera de revelar esta intriga es formar parte de ella. Por eso no debe sorprendernos que quien revela la estafa sea un detective privado, entusiasta de las drogas. Alguien perfectamente capaz de aliarse a su propio enemigo, guiado por la sabiduría de la percepción extrasensorial.

Ahora deberíamos pensar que si lo extrasensorial entra en juego, se ha perdido la solemnidad del discurso de “denuncia política”. La respuesta a esta deducción lógica es ambigua, es sí y no, es Thomas Pynchon en estado puro: la paradoja de no saber nunca si el discurso es en serio o es en broma o si son ambas cosas, al mismo tiempo.

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Para finalizar, quiero destacar que me gustan las películas que escapan a las previsiones que nos hacemos sobre ellas. Me gustan las películas que son consistentes con el universo que el director se encarga de plantear, a riesgo de ser incomprendido. Tal como en la obra de Thomas Pynchon, en Vicio propio no hay concesiones con el espectador. Esa es su falla, pero también es su mérito. Es una película sólida y, en su solidez, es perfecta. Es, en más de un sentido, una película críptica. Uno la toma o la deja, pero es difícil criticarla porque todas las críticas surgen de un presupuesto que no es.

Vicio propio no se amolda ni respeta ninguna fórmula a la que estemos acostumbrados. Crea un universo propio. Eso genera más incomodidad que placer y es bueno saberlo de antemano, para mirar la película con otros ojos. No tenemos que esperar nada en particular, tenemos que ofrecernos lúcidos a su contemplación, prestar atención, intentar seguir la trama. No es un policial, no es una sátira, no es una película de intriga y denuncia política, no es una película sobre los 70, no es una película sobre el amor, pero es un poco de todo eso y también es otra cosa. El sonido (y no sólo las canciones) resulta fundamental para comprenderla, nos da indicios y pautas que nos van guiando hacia sus diferentes climas que, a veces, son tan intrigantes y llenos de misterio como en un extraño sueño. Puesto que el sonido al fin resulta fundamental, recomiendo enfáticamente ir a verla al cine. Esos climas tan peculiares, repletos de misterio y asfixia, que consigue transmitir el director a través de la música, están ligados a una experiencia sonora vinculada estrechamente a la experiencia cinematográfica.

Tal como en las novelas de Franz Kafka, los climas opresivos son, también, una ironía que se vuelve hilarante y desesperada: intentar ser racional, cuando nada es racional en el mundo circundante.

Aquí puede leerse un texto de Paula Vazquez Prieto sobre Vicio propio.

Vicio propio (Inherent Vice, EUA, 2014), de Paul Thomas Anderson, c/Joaquin Phoenix, Reese Whitherspoon, John Brolin, Owen Wilson, Benicio del Toro, Katherine Waterson, 148’.


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