Por Marcos Rodríguez.

El sol. Hay pocas películas en las que resulte tan importante la presencia de la luz del sol, pocas películas tan luminosas como Antes del atardecer. No se trata simplemente del placer turístico de recorrer París durante una tarde de calor, o del placer de andar en mangas cortas por la ciudad luz. El sol (fenómeno físico, climático) funciona como la garantía (siempre ficcional) de la historia de amor que vemos desarrollarse frente a nuestros ojos. Antes del atardecertranscurre prácticamente en tiempo real: Jesse y Celine se reúnen en una librería (la famosa Shakespeare and Co., a orillas del Sena) y salen a pasear por las calles de alrededor para robarle a París las últimas horas de la visita de Jesse, antes de que tenga que subirse al avión que lo va a llevar de vuelta a su vida en Estados Unidos, donde lo esperan su esposa y un hijo de cuatro años. La trama se desenvuelve literalmente frente a la cámara. El sol, que cae cálido, de tarde, sobre nuestros personajes y sobre todo lo que los rodea, no sirve solamente para hacer que las cosas se vean un poco más bellas (cualquiera profesional del cine sabe que el atardecer es el mejor momento del día para filmar), es también la esencia misma del tiempo que transcurre mientras los personajes hablan. El tiempo es un personaje central en Antes del atardecer: la tarde que corre es un compañero insoportable que va consumiendo los (escasos) minutos que Celine y Jesse tienen para hablarse, para reencontrarse, para explicarse el uno al otro. La tarde, el tiempo que pasa, el sol, los acompañan constantemente a lo largo del metraje como el tercero en discordia de un triángulo indeseado. El sol, tan presente en Antes del atardecer, es el enemigo, pero esa no es la única razón por la que esta es una película solar.



En Antes del amanecer (la primera parte de esta –por ahora- trilogía) casi todo transcurría durante la noche. La noche es el reino de la luz artificial, de la juventud, de la fantasía. Jessie y Celine (nueve años más jóvenes) recorrían Viena saltando de un lugar al otro, buscando un bar, un cementerio, algún lugar donde pasar el rato. Recorrían Viena, pero en realidad se recorrían el uno al otro en ese momento eléctrico que es el comienzo de una relación amorosa. Ese recorrido (fragmentado, caprichoso, hermoso) de Viena era, en realidad, un recorrido por las fantasías y angustias de la juventud de dos muy jóvenes personas que creían que tenían mucho para decir. Para cuando llegamos a Antes del atardecer, las cosas son muy diferentes. Todo lo que Antes del amanecer tenía de promesa, de esperanza, de principio incierto y maravilloso, aparece en esta nueva película un poco más gastado, un poco más opaco, más ramplón y terreno. Ya no tenemos charlas abstractas e ideas de vidas futuras; tenemos vidas armadas, arrepentimientos, dudas. No hay conversaciones sobre la esencia de la vida y, sí, muchos más diálogos sobre sexo, experiencias sexuales y deseos frustrados. Aquel momento maravilloso que se abría como promesa al final de Antes del amanecer(la cita para encontrarse seis meses después en el mismo andén donde se despidieron, un fuera de campo que la película nos negaba) fue una decepción. De la decepción nace Antes del atardecer, donde ya no caben los espacios artificiales de la luz nocturna que creamos a nuestro alrededor para encontrar refugio durante la noche. Ahora, en París, sólo nos queda caminar al sol, andar bajo la luz de lo que ya fue, charlar con nuestros propios límites ya realizados, andar junto a otra persona y conversar, sólo conversar, sabiendo que lo que podía ser ya fue y todavía seguimos andando por estas calles.


Pero de ese sol también nace el particular encanto de Antes del atardecer, el romance definitivo. Si ahora, reencontrados tras nueve años de vida, Jesse y Celine otra vez se ponen a hablar, otra vez andan como la pareja que deseamos que por fin esté junta, lo hacen bajo la luz implacable del sol que acaricia sus pieles, y la de París y la nuestra. En Antes del atardecer la caminata es mucho más concreta, más real, más simple: Jessie y Celine no se ponen a recorrer toda la ciudad ni pretenden visitar nada. Su paseo los lleva apenas por algunas calles cercanas al lugar donde estaban (mentidas por la cámara, por supuesto, pero con una mentira imperceptible), su recorrido se explica completo frente a la lente, sin elipsis, siempre bajo el sol. Este nuevo romance (que nace de las cenizas de un antiguo romance que, por joven, es insoportable) es todavía más romántico porque dejó atrás las ideas y los deambulares de dos chicos que creían que tenían más para decir de lo que realmente era importante, y nace ahora otra vez, nueve años después, con una química innegable, ya sin esconder nada, ni siquiera aquello que dos veinteañeros todavía no sabían que iba a ocurrir.

El sol, ese que pinta todo París, el que se cuela por las ventanas de un café, el que marca el paso de los minutos que corren uno detrás del otro, el que expone a los personajes a la realidad de lo que la vida fue haciendo del uno y del otro, es el que realmente camina frente a nosotros en Antes del atardecer, la promesa eterna del cine como arte realista, y que le presta a la ficción tan transparente de Linklater todo su encanto imposible de reproducir.

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