La última película del realizador mexicano Alejandro González Inárritu, coproducción mexicano-estadounidense, plasma muy bien, a través de una distopia sobre el cambio climático que está narrada con las claves de la comedia dramática y la sátira política, la posición del canalla, propia de las nuevas generaciones de magnates capitalistas. No obstante, sus resultados en términos cinematográficos no alcanzan la misma contundencia, pues no todos los aspectos formales consiguen ser equilibrados.

En el comienzo, vemos a Rockwell, un magnate texano de la industria petrolera, algo barrigón, en su mediana edad – que Tom Cruise construye apoyándose en accesorios protésicos- despertarse en el dormitorio de su mansión. La ambientación de la misma, la forma de comunicarse con su secretaria y sus asistentes, a través de dispositivos de IA y de pantallas de computadora táctiles, nos sitúan en un futuro cercano. Y a poco de comenzar la jornada, se le presentan al empresario diversos problemas: el malestar de su gata Maggie que se niega a comer, la comunicación de un asistente de la plataforma petrolera en Alaska informándole que habría una grieta en el glaciar (la cual decide desestimar para, en cambio, reforzar la producción de barrilles), la llegada de su hermana (Sandra Huller) pronta a lanzar una compañía dedicada a mitigar los efectos del cambio climático y la de Ganesh (Riz Ahmed), un científico asesor que viene a informarle la catástrofe inminente que se suscitaría por la rotura de una tubería de metano en la plataforma de petróleo de Groenlandia que produjo el desplazamiento de una masa de hielo de tamaño gigante que se dirige con grandes probabilidades hacia el norte de Europa.

Esta crisis que significaría un tsunami de gran magnitud con millones de pérdidas de vidas conlleva a una reunión de urgencia en la mansión de Rockwell en conjunto con el presidente Compson (John Goodman), y su gabinete, haciéndose evidente la complicidad entre el poder económico y el político, pues ha sido el presidente quien benefició a su monopolio, al permitirle ampliar su proyecto extractivista en parques nacionales. En dicha reunión se baraja cómo responder a la crisis: el mando militar sugiere destruir la masa de hielo con armamento de última generación, pero Rockwell propone controlar la narrativa, bloquear en redes sociales todas las palabras que puedan anticipar la catástrofe y dejar que se produzca, para proponerse a sí mismo, como aquel que puede venir a salvarlos al proveerles de su petróleo, luego del desastre.

Rockwell es entonces el prototipo del magnate que se sirve de los desarrollos de la ciencia y la técnica a fin de incrementar su capital, su imperio de la cifra, sin miramiento alguno por nada del orden de la vida humana, animal o forestal, que opere como límite. Que el reverso del capital financiero y tecnológico sea la pulsión de muerte, el aniquilación del goce de la vida, se hace evidente desde la puesta en escena en la abundancia de animales disecados, que se presentan en la casa de Rockwell, en el sufrimiento de su gata genéticamente modificada para llegar a la edad de 30 años y en la artificialidad de la naturaleza que lo rodea, donde la ventana del paisaje agreste de su habitación se revela por su marco como un cuadro hiperrealista, como una pura representación de la realidad.

El prototipo de esta subjetividad es la del desclasado que la pega en algún negocio, como lo hizo su abuelo durante la fiebre del oro, al costo de que cavar sin parar para hallar petróleo se cobre la vida de su hermano. Se trata del ascenso de una nueva clase de ricos solitarios, vulgares, grotescos e iletrados, que, en esos negocios desenfrenados, encuentra su venganza respecto de la aristocracia tradicional, que en cambio conservaba ciertos valores y principios, pese a la desmesura de su riqueza.

La renegación del límite que significa la muerte como amo absoluto como característica de este tipo de subjetividad se verifica en los 30 años que vivió la gata a fuerza de tratamientos genéticos y también en que, aun siendo su único soporte afectivo, su muerte concreta, tampoco produce cambio alguno en su posición. Los negocios están por encima de todo para Rockwell y las vidas humanas son meros daños colaterales en pos de sostener la magnificencia del imperio económico que hace andar al mundo y que lo mantiene en marcha en aras del progreso y el confort civilizatorio.

La de Rockwell es entonces claramente la posición del canalla que sabe de los daños que causa su extractivismo petrolero, que no lo oculta ni niega, sino que lo muestra cínicamente, sin experimentar culpa, vergüenza, temor ni compasión, y que plantea seguir adelante, cavando y cavando, proponiéndose como el redentor de la humanidad en la catástrofe. Es esta posición del canalla la que queda muy bien plasmada en la escena de la asamblea internacional en Europa, en la que, ya producida la catástrofe, pronuncia su encendido discurso mesiánico, destacándose el fervor del gran salvador en su vestimenta de color rojo. En su mesianismo redentor, cual Prometeo moderno, en aras del poder salvador del progreso científico y de la fe en la regeneración infinita de la naturaleza, Rockwell está dispuesto a la destrucción de su entorno y de sí mismo, tal como lo planteara su abuelo respecto de su hermano y tal como se verifica en el final, sin asumir jamás alguna responsabilidad.

La figura del presidente, parodia burlesca poco lograda de los líderes vacuos de ultraderecha, tampoco asume su parte en el asunto: deposita la responsabilidad en Rockwell, a quien deja a cargo de resolver el problema que generó, o incurre en el delirio paranoico de culpar al consabido comunismo chino y ruso.

Frente a un presidente moribundo con cáncer de colon avanzado, que la decisión respecto de qué hacer con respecto a la crisis climática quede en manos de Rockwell, marca la impotencia y debilidad de una democracia, que se configura como títere servil de los intereses de estos nuevos magnates que se erigen como los dueños del mundo. Rockell se constituye, así como una figura a medio camino entre Daniel Plainview de Petróleo sangriento (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007), Charles Foster Kane de El ciudadano (Citizen Kane, Orson Welles, 1942) y Dr Strangelove (Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb, Stanley Kubrick, 1964). Esta posición que se erige como el nuevo Dios del mundo, está muy bien planteada en el afiche promocional con que pala en mano, Rockwell apoya su pierna sobre el globo terráqueo. No se trata entonces del magnate que juega a ser Dios como si representara un personaje, sino que el personaje de Dios se le impone como una realidad que cree ser.

Otro punto interesante que plantea la película es la deshumanización de las vidas que produce un mundo donde impera el individualismo narcisista, las pantallas que fragmentan el lazo social y los modelos científicos fundados en el cálculo de probabilidades. Como la vida pierde el peso del cuerpo y se reduce a la cifra y a la imagen, se hace mucho más fácil optar por la eliminación de los seres humanos ante la catástrofe climática. Esto se hace evidente en la escena de la reunión de gabinete donde se juega con cálculos de probabilidades algorítmicas de escenarios y víctimas y en la escena en que visualizan la catástrofe a través de una pantalla, como si se tratara de una ficción televisiva, que además el director plantea en fuera de campo, mostrándonos sus reacciones de angustiado terror en tono paródico. 

Digger, si bien plantea que estamos dominados por la canallada del idiota, no deja de apuntar a la responsabilidad ciudadana en el desastre que acontece. En este sentido, en su discurso redentor Rockwell señala a las mayorías poco dispuestas a perder los beneficios que brinda la ciencia y la tecnología, que nos otorga la libertad de ser cómodos holgazanes.

Hacia el tercio de la película, mientras Rockwell y el presidente conversan de cara al ventanal con paisaje agreste, la artificialidad de esa naturaleza, que ya intuíamos, se hace evidente cuando se cae un árbol y vemos que ingresa utilería para arreglar el problema en un corte de escena. Así, la película ingresa entonces en la metaficción cinematográfica y avanza entonces alternando entre la ficción y la ficción dentro de la ficción.  

La ficción meta-cinematográfica se propone, por un lado, como un espejo invertido de la ficción, donde la carnalidad de la vida del actor, introduciría la dimensión de la angustia y de lo humano, ausente en Rockwell, y donde la referencia intertextual que introduce Iñarritu es el afiche de Opening Night (John Casavettes, 1977). Pero el problema es que esta dimensión meta-ficcional no consigue alcanzar verdadera encarnadura en la materialidad del cuerpo en la imagen, como sí lo lograba Gena Rowlands.

Por otro lado, en esta dimensión meta-ficcional, Iñarritu se propone reflexionar sobre el estado del cine mismo en la actualidad. De ahí que plantee la vuelta al cine como espectáculo (el formato Vistavisión en que ha filmado) y como experiencia comunitaria, respecto del sálvese quien pueda y la fragmentación social que dejan la experiencia de la catástrofe, en una posición que bien puede leerse también como auto-celebratoria, dado los fervientes aplausos del público al final de la obra, que por puesta en abismo se pretenderían replicar hacia la propia sala de cine.

El problema de Digger es que lo que resulta interesante y está bien planteado desde el contenido, esto es, la subjetividad de estos nuevos magnates que rechazan la dimensión del límite; es una pena que no se sostenga plenamente desde lo cinematográfico. El estilo grandilocuente y rebuscado que por momentos agota y que es propio de Iñarritu, ciertos subrayados innecesarios y declamatorios, y el aspecto satírico que no llega a funcionar del todo (pues por momentos resulta exagerado más que risueño), conspiran en su contra. No obstante, la película encuentra cierto brillo en la desaturada y mortuoria artificialidad de la puesta en escena, en el diseño de sonido, en las efectivas apariciones de Riz Ahmed y Jesse Plemons y en el esfuerzo interpretativo de Tom Cruise.

Digger (Estados Unidos, 2026) Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Sabina Berman, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Alejandro González Iñárritu. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Edición: Stephen Mirrione y Conor O’Neill. Elenco: Tom Cruise, Riz Ahmed, John Goodman, Sandra Huller, Jesse Plemons. Duración: 129 minutos.

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