
El título, por cierto, encierra una paradoja: no se puede recuperar algo que no ocurrió, algo que todavía no tuvo existencia, algo que está, justamente, en el futuro. Sin embargo, podemos jugar con las palabras, hacer que quiebren las fronteras temporales y hasta la lógica de su organización. Porque bastaría con pensar que el futuro es una idea, una planificación, una posibilidad para, en esa misma construcción, que se convierta en pasado o en presente y que de allí derive su existencia, independientemente de que se concrete parcial o totalmente.
Los obreros de la fábrica Canale de Llavallol, tenían un pasado hecho de años de trabajo en la empresa. En algún caso, como ocurre con el presidente de la actual Cooperativa Cotramel, ese pasado se extiende a sus abuelos, que trabajaron y se conocieron allí. En algún momento, el presente laboral les permitió construir un futuro posible: trabajar en la fábrica hasta el momento del retiro, lo que les daba un sentido de pertenencia, de comunidad al borde de lo familiar. En 2018, ese futuro les fue arrebatado junto con el presente: la quiebra de la empresa Canale llevó al cierre de la planta, que fue precedida por meses en los que no les pagaron el sueldo.
En Recuperar un futuro, la narración no se sitúa en el pasado de la lucha, sino en el presente que la evoca. El recorrido por la fábrica en el que Nicolás Macchi lleva a los jóvenes que harán una pasantía laboral, sirve no solamente para revelarnos, junto a ellos, el proceso del trabajo que allí se realiza, sino para, en el final de ese camino, rememorar las jornadas de asamblea, la decisión del acampe en las afueras de la fábrica y las marchas por las calles de Llavallol para dar a conocer la situación a sus vecinos. Porque en definitiva, esa disputa contra patronales y sindicatos que no los defendieron, implicó recuperar una forma de presente. Un presente que el documental revela en su inestabilidad pasada: horas y días en la puerta de la empresa, subsistiendo desde la organización común en una parrilla. Y también en la actual, porque el salto de ese momento de la segunda mitad del gobierno de Mauricio Macri nos lleva a los primeros meses del gobierno de Javier Milei: en uno y el otro, persiste la incógnita por el futuro, en tanto la ausencia de una legislación que proteja a los trabajadores de empresas recuperadas, los expone tanto a la ilegalidad como a la posibilidad de que las quiebras de las empresas se resuelvan sin tener en cuenta la experiencia de mantener la producción y la fuente laboral.

El futuro, en la perspectiva de los 46 obreros que resistieron el cierre y que lograron recuperar la empresa bajo otro nombre, se plantea, a lo largo del documental, como idea nuevamente. Pero esa idea vuelve a ser tan inestable como fue el presente de 2018: nadie puede prever para quién fallará la discrecionalidad de los jueces que intervienen en la quiebra de Canale. Por eso, mientras el documental nos lleva a reconocer esos espacios, el trabajo diario, las incógnitas por la caída de la actividad económica y la limitación de los pedidos, sostiene en suspenso la resolución judicial como un condicionante agregado: está allí, como una presencia oculta que amenaza con derrumbar lo construido. La fachada del ingreso al edificio principal de la fábrica todavía refleja esa dualidad: mientras sobre la puerta se advierte el cartel de Cotramel, más arriba, en la torre del edificio, el nombre Canale se proyecta como una sombra que no termina de disiparse.

Recuperar un futuro puede leerse en clave individualista. Desde allí, se podría atender la lucha particular de un grupo de trabajadores por preservar su fuente de trabajo, y la forma en que al organizarse, pueden conseguir su objetivo. Pero reducirla a esa mirada implicaría restarle la dimensión política que el documental pretende establecer. No se trata solamente de que Cotramel se constituye en un caso más entre las empresas recuperadas que el relato elige destacar, ya sea por cuestiones de cercanía o de empatía con sus trabajadores. Cotramel debe constituirse como ejemplo de una posibilidad: en un tiempo en el que los cierres de empresas –especialmente las de pequeño y mediano tamaño- siguen arreciando, pone en escena las herramientas de las que disponen los trabajadores para luchar por sus puestos de trabajo, sin deslindarse de los riesgos que ese camino implica. Pero sobre todo, recalca que a pesar de esas dificultades, siempre se encuentra la posibilidad de un triunfo, aun cuando este implique renunciar a algún reclamo pasado, para sostener el presente que permita proyectarse hacia el futuro. Pero también, es necesario que esa lectura se corra hacia la perspectiva de un colectivo, porque el documental de Schellemberg realiza una lectura política que atraviesa la historia de la empresa y de los trabajadores. Esa lectura implica situar el conflicto particular en un eje marcado por la sucesión de políticas económicas que tienden –y tendieron- a la eliminación de la producción nacional. La línea que une a Carlos Saúl Menem con Mauricio Macri primero y con Javier Milei después, aparece en el cruce de los discursos celebratorios que invocan presentes y pasados, pero que niegan cualquier referencia concreta al futuro –salvo como una incomprobable ventura a largo plazo que nunca se verificó. A la par de ello, las complicidades de los sectores que deberían defender a los trabajadores, diseña un panorama de indefensión en el que la experiencia de Cotramel sigue instando a los trabajadores a tomar la decisión de pasar a la acción práctica, ya no como miembros de una empresa, sino como parte de un colectivo más amplio. Una idea recorre la espina dorsal del documental y es llevada hasta el final: la resistencia presente y la memoria del pasado son las herramientas para construir y recuperar un futuro.
Recuperar un futuro (Argentina, 2026). Dirección y guión: Eduardo Schellemberg. Fotografía: Juan Zamudio. Edición: Emilio Cela. Duración: 89 minutos
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