Brian De Palma es el director favorito de Claudio Huck. Lo afirma al comienzo de su libro para no dejar dudas. Al finalizar, más de 250 páginas después, nos queda claro el porqué. El tránsito entre ambos extremos es una celebración vital y erudita al mismo tiempo, términos que –por una vez- no se contraponen; la erudición de Huck sobre la materia de este libro es el resultado de su pasión, por el cine en general y por De Palma en particular, de tal manera que el saber erudito no es una barrera que se alza entre el escritor y el lector. El disfrute de Huck se traduce en una narración en estilo directo, alejada de metáforas o de hermetismos, los males más comunes de la escritura académica y de uno de sus apéndices: la crítica o el ensayo ejercidos por la, llamémosla así, vieja cinefilia, que practica una forma de escritura sumida en datos y esquemas de relaciones, de vocación expulsiva, una manera de relacionarse con el mundo que la rodea que angosta la mirada y, lo que es peor, la vida.

Si hablamos de vieja cinefilia es porque debe haber una nueva. Ambos son términos relativos que pretenden resumir distintas actitudes frente al cine: la de quienes encuentran en la oscuridad y la luz artificial de la pantalla un refugio de la realidad exterior, asilados en la penumbra uterina de la sala, en conflicto permanente con el mundo diurno. En otro lado una nueva generación que accede a la cinefilia desde un origen desprovisto de aquellos conflictos, dueña de una mirada tan intensa como la de sus predecesores pero más conectada con el exterior. Para ellos el cine ilumina la realidad, no la sustituye. No es este el sitio propicio para conjeturar sobre ambas visiones y sus porqués, digamos solamente que Huck pertenece sin duda a esta nueva cinefilia y que esa pertenencia ampara e ilumina el camino de su estudio depalmiano, explicando al mismo tiempo el atractivo de su saber y el disfrute que le provoca compartirlo, la minuciosidad y el detalle puestos en juego para desarmar la obra en cuestión, ver y transmitir lo que se encuentra en su interior, volver a armarla y entregarla a un lector que se presume tan devoto como el autor. Esa heterodoxia le permite, para horror de los ortodoxos, citar a Homero Expósito (“Cruel en el cartel…” ) para describir el anhelo de una vida mejor de Carlito, el protagonista de Carlito´s Way (1993). O cuando, para espanto de la Academia, la de letras y cuantas otras existan, apareja a De Palma con Borges, uno de los hallazgos más felices de su estudio. Máscaras, laberintos y espejos en donde puede reflejarse la imagen del otro, son los elementos comunes entre ambos artistas, emparentados por Huck con su mirada iconoclasta.

De Palma es un cineasta insertado en la industria del entretenimiento, dice Huck, como los maestros del cine clásico de Hollywood pero desde el lugar de la modernidad; mantiene una relación conflictiva con la industria y una apreciación desigual por parte de la crítica mayoritaria, que lo encasilla con el rótulo de copista hitchcokiano cuando es, según Huck, un reelaborador de la estética de aquel, el eje que apuntala su mirada, el centro del laberinto que encierra la obra depalmiana, porque “Toda la obra depalmiana gira en torno a la mirada”.

La pantalla dividida y sobre todo, el travelling son las herramientas morales en las que abunda De Palma como marca de estilo; lo son conforme Godard, según su célebre frase: “El travelling es un cuestión moral”. Godard también dijo que “el cine es la verdad a 24 cuadros por segundo”. Para De Palma en cambio,  “El cine es la mentira a 24 cuadros por segundo”. Un  falsario, un embaucador o un mago capaz de hacer desaparecer la verdad en la danza de sus travellings encadenados. Su mentira es necesaria, otra forma de la verdad en movimiento.

En movimiento permanente están los films de Brian De Palma, que Huck analiza prácticamente plano por plano desde Woton´s Wake, su cortometraje inaugural a principios de los 60´, hasta Dominó, su película de 2019, filmada en Francia con capitales europeos, última estación de un viaje que lo alejó de Hollywood, los grandes presupuestos y las grandes marquesinas. Un destino similar al del maestro Hitchcock que volvió a Inglaterra para realizar allí sus dos últimas películas: Frenesí y Trama macabra.

El recorrido que realiza el autor por las 27 películas de Brian De Palma, comprende y desarrolla las tesis ensayadas en la presentación. Nada queda fuera de esta summa devota, hasta la portada del libro –excelente edición de la colección Estación Cine que dirige Sergio Luis Fuster, para la rosarina Ciudad Gótica Editorial— tiene un criterio depalmiano con sus dos imágenes de cubierta que parecen citar a la célebre pantalla dividida de los films de De Palma: la superior en donde aparece el propio director junto a una cámara, y la inferior con la imagen de Kevin Costner, arma y placa en mano en Los Intocables.

El cine según Brian De Palma tiene a su apologista. Escuchémoslo para ver  su obra con una mirada a su altura.  

BRIAN DE PALMA. APARIENCIAS, SIMULACROS Y MENTIRAS. Claudio Huck. Ed. Ciudad Gótica, colección cine. 257 págs. 2026.

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