
Siempre me pareció hipnótico el fuego en blanco y negro, esa llama grisácea y luminosa abstraída de su fuerza policroma, que a cambio del color encandila con rayos de misterio… En la terraza del edificio de un cineclub que existe pero que aquí es carne de ficción, un grupo de navegantes del desamparo -ocasional o definitivo, pasajero o contingente, quién sabrá- comparten un pedazo de música alrededor de un fogón improvisado. Son Pelu (que acaba de perder su trabajo de proyectorista y ahora es una suerte de sereno trasnochado y a la deriva), algunos naranjitas -cordobés profundo que traduciríamos como trapitos o cuidacoches que viven en la calle-, y otros compadres de la noche. Con las llamas acercando voluntades, empiezan a sonar los acordes guitarreros de Qué pasará mañana (Yo te diré, temblando la voz / El tiempo va deprisa y ese día que soñamos vendrá / Apaga la luz, la noche está marchándose ya), un Perales dixit que en cuestión de segundos se reviste de cuarteto en formato unplugged. Música, cine, algo de melancolía que trasmuta en alegría -pasajera, pero nunca banal- y tantos otros enigmas chocan puños en esta escena inolvidable. Pelu es el guardián ya no del edificio del cineclub, sino de algo que se escurre: una camaradería a contrapelo de la época, un reconocimiento del otro como un par; el garante de una solidaridad aguerrida, desobediente hasta los huesos, un contraplano del afuera y el reverso de unas coordenadas -este tiempo, este país obnubilado de violeta, esta carnicería cultural- que el fantasmático blanco y negro y su goce estético no desmienten jamás.
La dupla Salinas-Sonzini construye un relato que sería injusto tildar (solo) de cinéfilo y venturoso, o de inteligente y sabio para resolver carencias de fomento. Es cierto que la coyuntura de la que nace su proyecto es clara: un grupo de gente que hace cine y que vivía de su trabajo, se encuentra (no tan) de pronto sin poder ejercer su oficio en la yerma avenida de un INCAA “saneado”, infamia medicamentosa que no camufla el olor a podrido de la destrucción. Que el instituto no produzca mucho más que flyers de aprendiz de cipayo, con un mal gusto que de no mediar la tragedia que conlleva sería innecesario mencionar (o siquiera juzgar), vale como síntoma y evidencia de lo ominoso del régimen vigente; y como alerta para que la proeza de los realizadores no tape el bosque: películas como esta bastan para argumentar la relevancia cultural de los oficios del cine, y la importancia de sostener una red de trabajo que genere… trabajo (y pensamiento, y audiencia, y tantas otras cosas). Un pantallazo veloz por el reparto, permite consignar que varios de los actores son a la vez profesionales de lo que alguna vez fue industria, y que su sapiencia -como la del resto del equipo- es fruto de un oficio y una voluntad de hacer aquello para lo que se formaron, y que hoy permanece bajo un asedio insoportable.

Escrita en poco tiempo, rodada de manera cooperativa y con enorme(s) talento(s), la película se abre camino con orgullo y sin prejuicios. Sin prejuicios para abordar una cinefilia desbordante, con un recorte que hace ancla en el cine norteamericano de los años ’30-’40 previo a los códigos de censura -plagado de habitantes de los márgenes que arman otras omunidades- pero también en el cine negro de acá y de todas partes, en un oblicuo cine de terror, en el realismo poético, en las sonoridades más corporales de Ozu, y por supuesto en el cine dentro del (y de un) cine. Lo notable y lo complejo, es que esas referencias nacen de manera orgánica frente a nuestros ojos, nunca de manera forzada, y completan no solo la imagen visible, sino que rebalsan hacia un hermoso trabajo del fuera de campo, con especial sensibilidad en el plano sonoro. Así será que cuando Pelu (gran trabajo de Octavio Bertone, actor y proyectorista real del Hugo del Carril), que es callado y lacónico e intuimos generoso desde la primera escena, pierda su trabajo original por los recortes presupuestarios, el espacio se poblará de fantasmas -algunos concretos, otros quizás no tanto- y de proyecciones para uno solo (luego para varios), que alimentarán el resplandor simbólico de la ficción. Poco a poco, el cineclub ya no será tanto el lugar reconocible de la ciudad de Córdoba, sino una superficie en tensión de la película de Salinas-Sonzini, quienes construyen un espacio-tiempo que es cine, no por la obvia actividad que allí se desarrolla, sino por su pregnancia en el relato y sus ecos en la exquisita puesta en escena.
La circulación de un dinero en fuga, visible o intangible, precarizado o fuera del sistema formal, está presente ya en el plano inicial, un detalle concreto y efectivo (luego vendrán otras representaciones de ese intercambio desigual entre fuerza de laburo y remuneración), y articula el corazón simbólico del conflicto: se trabaja o ya no se puede hacerlo, se sostiene una posición haciendo equilibrio o te acorralan y te empujan al vacío, se vive al margen del tiempo o en los márgenes del espacio. Pelu se convertirá en (o siempre un poco lo fue) habitante de la parte de atrás de una pantalla, doblemente marco para una realidad que golpea a las puertas de la noche: hacia un lado, la tela que proyecta imágenes hacia la sala; del otro, la cortina metálica que da a la terraza y es otro marco dentro de un marco (nueva huella de una autoconsciencia regada de sutilezas).

En ese pueblo de ficción, que como todo gran relato se tutea con el aquí y ahora, los directores tejen su (a)puesta entre la deriva y la escasez, entre el ingenio y el amor por el cine, con una redondez conmovedora. Los tallos amargos (Fernando Ayala, 1956) es una película importante para el cine argentino, un noir expresionista lleno de culpas y ambiciones, de intentos por pegarla y de caminos que cosechan engaños y paradojas. En el primer minuto de La noche está marchándose ya, las referencias al dinero que se ven en primer plano y las siluetas de Gasper y Jarvis a punto de viajar hacia el abismo trazado por Ayala a partir de la novela de Adolfo Jasca, establecen un puente que no es cita ni reactualización, sino un nuevo sintagma que emerge de ese choque de imágenes (una suerte de montaje Eisensteniano que navega entre dos siglos). Mientras se proyecta y se mantiene vigente esa película, Pelu empieza a delinearse como personaje: podrá dejar de pagar algunas cervezas y robar alguno que otro libro de la biblioteca para cambiarlos por algo de efectivo, pero no se impregna en él ni un poco de violencia, ni siquiera de ambición alucinada como en los protagonistas de la historia de Ayala. El suyo es otro destino, otro tiempo no menos violento con su devenir, pero que ingresa aquí de manera oblicua, como ese tren que se avecina en la pantalla. Y el viaje de la película de Sonzini y Salinas es simultáneamente hacia la cinefilia y hacia un refugio que pronto -y sin abandonar el juego ni la voluntad de hacerlo- se agrieta, porque no cabe otro destino para gambetear la nostalgia y evitar el regodeo de la interioridad.
A esa cita fundante de Los tallos amargos se le sumarán otras referencias mas porosas, y alguna secuencia inolvidable en la que se teje, como se dijo antes, otra sociedad de los de afuera. Todo se mueve en varias direcciones mientras el centro queda trazado dentro de la sala del cineclub: los pasillos y los túneles, la noche que convoca, la arboleda de la cañada que regresa al cine de Renoir para una imagen tan hermosa que será atemporal, y un tono de comedia asordinada que no se negocia; como no lo hará la fraternidad entre conocidos -los compañeros de trabajo, una amiga (Vale) que encuentra en la exhibición de su cuerpo otras formas de la subsistencia- y la solidaridad con los que llegan y a los que jamás se les negará una proyección compartida ni un trago de cerveza.

La ópera prima de Salinas-Sonzini se propone como un refugio posible pero nada inocente a la crueldad. Sus personajes entran y salen, se congregan frente a la luz de la pantalla, alrededor de un fuego irreverente, o en las sombras de una escalera; se permiten la ternura y el lance amoroso -inolvidable el monólogo frente al teléfono de uno de los habitantes circunstanciales de la sala- e insisten en su resistencia, hasta que todo cae por su propio peso. Y cuando el momento lo exige, propinan el golpe que se tiene que dar: quien quiera oír que oiga, y quien quiera mirar, que nos mire a los ojos, parecen decirnos el Pelu y sus amigos.
Allá vamos.
La noche está marchándose ya (Argentina, 2025). Dirección, guión, fotografía y edición: Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas. Elenco: Octavio Bertone, Juana Oviedo, Rodrigo Fierro, Fabián Costa, Lionel Castelli. Duración: 104 minutos.
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