Por Marcos Vieytes
El abrazo es una institución festivalera, y hay todo tipo de abrazos. Uno de los más robustos y satisfactorios es el que se dan dos que no se ven hace mucho tiempo, se divisan incrédulos a lo lejos, y levantan sus brazos como banderas hasta que se encuentran luego de avanzar apartando todo lo que estorba. No sólo el sostenimiento del gesto en el tiempo y el espacio, sino también el aspaviento constituyen las mejores pruebas de su sinceridad. Un abrazo muy feo, en cambio, es aquel en el que las partes dan vuelta la cara simultáneamente, evitando la posibilidad de rozar la del otro, como si en vez de un abrazo se tratara de un scrum en el que corrieran el riesgo de cortarse las orejas. En este abrazo, obviamente, ninguno llega a apoyar la cabeza en el hombro del otro, que es uno de los mayores placeres del abrazo, seguramente reflejo del bebé en brazos de la madre. Hay un abrazo que es hijo de la sorpresa, ocurre cuando alguien cuya presencia no ha sido percibida se aparece, y parece una fuga por la vía de la confrontación exagerada con el otro ineludible.

Otra institución festivalera son los cortos. Aquí hay uno muy lindo, animado, elemental y efectivo en el que un lobo marino viaja desde la zona del puerta hasta el Auditorium. Pero  además de ese, hay por lo menos tres Sucesos argentinos que cubrieron anteriores ediciones del festival y resulta fascinante verlos porque trascienden la mera evocación. En uno de ellos el locutor, cuyos textos ofrecen construcciones retóricas formales y alambicadas que humaniza algún diminutivo condescendiente durante los 50 e inflexiones autoritarias ominosas a fines de los 60 (mientras que el primer peronismo fue sobre todo paternalista, en este país el fascismo ha sido siempre antiperonista y antipopular)- ignora a Errol Flynn en detrimento de Juan José Míguez, mientras desfilan estrellas de Hollywood, del cine europeo y japonés. El mejor de todos, el más cómico y terrible a la vez, es uno que empieza como una de Lester con los Beatles en el que unos sonrientes jóvenes de traje alteran los números de los colectivos en las paradas y rompen otras señalizaciones mientras la voz en off se pregunta las razones de ese vandalismo con un tono y una elección de adjetivos que se confirman siniestros cuando comprobamos que fue filmado durante la dictadura de Onganía. Después de eso, las imágenes de la edición del festival de ese año, ya no le importan a nadie, carece de estrellas y de sol peronista.

Después de ver El grillo, de Matías Herrera Córdoba (director de Criada), en el que dos mujeres de 50 y un jardinero con pinta de chongo conforman un triángulo –no un trío- estancado sin salir de una casa actual de Córdoba que recuerda las crisis de la clase media urbana del cine de los 60 (hay una notable declaración de la protagonista sobre su itinerario político) sin decisiones de puesta en escena relevantes, me fui a la presentación del cordobés pero internacionalista cinéfilo Roger Koza, gestor de la publicación de un libro de Jonathan Rosenbaum y Mehmaz Saeed-Vafa sobre Abbas Kiarostami, que lo tuvo como único y brillante animador. El libro es imprescindible y pronto esperamos escribir un texto sobre él. Una de las películas que, a priori, no había que perderse era Los bastardos, de Claire Denis, así que la sala principal del Ambassador se llenó inmediatamente después de que Bong Joon-ho proyectara Madre en blanco y negro, y sólo el final a color, por decisión propia.

Dos razones me hicieron quedar pese al sensualismo que lo diluye, si no lo banaliza, todo: la información dosificada al modo de los buenos thrillers y el comentario general de que había un puñado de escenas terribles. No hay ninguna, pero lo fundamental es que al margen de un par de preciosos hallazgos formales a los que nos tiene acostumbrados, la moral de la película es esquemática; el de Lindon es un personaje-mosca blanca que se revela impotente y ofensivamente blando; la concepción del mal, teniendo a mano elementos materiales concretos, es vagamente metafísica; y el esteticismo de la puesta es partícipe de dicha concepción, que, aún sin referencia religiosa explícita, se manifiesta en una representación moralista de lo sexual cuyo fetiche es un choclo ensangrentado, y parece responder a la clasificación católica de lo pecaminoso venial, con separación tajante entre amor y sexo incluida. Lo más interesante pasa, como siempre en sus películas, por la relación entre los cuerpos y la cámara, de modo tal que la visión desnuda –parcial o total- de aquellos, así como ciertos planos detalle se recortan del resto prolija y obsesivamente, acaso como signo de un empobrecimiento suntuoso de la visión.


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