ex_machina_xxlg29. Ex Machina, de Alex Garland. Filmada para lograr momentos de contemplación inmersiva, la película cuenta la historia de un magnate de la Internet, cerebro detrás de un equivalente apócrifo a Google y/o Apple, que decide convocar mediante un concurso dudosamente aleatorio a un asistente que lo ayude a terminar su último proyecto: comprobar si la inteligencia artificial es viable. Antes de haber sido convocados por J.J. Abrams para su Star Wars – El despertar de la fuerza, acá Oscar Isaac y Domhnall Gleeson (el nene del gran Brendan), encarnan personajes inseguros y profundos, cuya convivencia comienza a revelar que ninguno de los dos dice completamente la verdad y que ambos manejan un doble discurso, lejos de los estereotipos intercambiables que se vieron obligados a encarnar en el espacio. En el medio de ambos está Ava (¿o será Eva), un robot con características femeninas que determinará si los humanos son los únicos capaces de alcanzar el libre albedrío o simplemente algunos caprichos. Reminiscencias de la serie Black Mirror de Charlie Brooker y una dosificación de información justa, ayudada por un ritmo narrativo tal vez algo aletargado pero constante, terminan de adornar la opera prima de Alex Garland, que parece haberse olvidado de sus novelas y va por más cine. Su próximo proyecto tiene olor a ciencia ficción dickiana y será una adaptación de Annihilation, la novela de Jeff VanderMeer. Por Santiago Martínez Cartier.

30. Mistress America, de Noah Baumbach. Mistress America es una película ideal para ver durante la noche de Año Nuevo que te toque pasar solo. Mejor: es ideal para la noche de Año Nuevo que hayas decidido pasar solo, o para la noche de Año Nuevo que pasaste solo sin que ello haya ocurrido por algo que podría ser llamado pura y exclusivamente decisión. Lo volitivo y lo azaroso tienen tanto que ver con la soledad como con la compañía, y la película de Noah Baumbach es una película de y para citadinos, esas cosas raras que muchos de nosotros somos sin saber por ni para qué. Nueva York ha sido recuperada para el cine por películas y directores como este; si hasta parece, por momentos, que el encanto de los sesenta volviera a ella. Mistress America es lo más parecido a una buena película francesa, pero no de la Nouvelle Vague más radical ni tampoco de la más blanda, sino de esas que están en el medio, e incluso afuera del movimiento, como las de Claude Sautet o de Alain Cavalier (es agradable, más que presuntuoso o excluyente, ver el afiche de  Ana, o Le combat dans l’île, con Romy Schneider y Jean-Louis Trintignant, colgado en una pared), atentas a los personajes, la clase social, el dinero, las instituciones, todas aquellas cosas que van haciendo que seamos quienes somos casi sin darnos cuenta o muy a pesar de haberlo comprendido.

El cariño con que Baumbach cuenta la historia de una mujer (Greta Gerwig) que quiere abrir un restaurante como forma de cumplir un sueño le rinde más culto, con otra estética y sin marxismo afectivo, a la sensibilidad de Aki Kaurismaki en Nubes pasajeras que a las neurosis capitalistas, o a los géneros, aunque, a propósito de estos, Mistress America no deja de ser una comedia romántica en la que la amistad ocupa el lugar del romance y tiene, cerca del final, un solo gesto de más que le impide ser perfecta en el que quizás no haga falta concentrarse porque nadie lo es. Que en una misma película haya un personaje expansivo, perplejo, absolutamente romántico, así como otro analítico y racional que lo observa todo con la devoción de los devoradores -en el fondo tan odioso como el hijo de Noiret en Amici miei Atto II, de Mario Monicelli-, y que ambos estén delineados con precisión y ejecutados con libertad es justo aquello que uno le pediría a todas las historias si no supiera que es más fácil decirlo que hacerlo.

mistress-america-playlist-poster-exclusivePero los autodidactas, los inadaptados, los perplejos[1] no necesitan saber que Brooke tal vez vaya a la universidad para tranquilizarse porque todos los síntomas de su desesperación, que reclamarían la cura en el plano real, exigen la indiferencia en el dramático, pues son los del héroe trágico, la víctima sacrificial, el chivo expiatorio, vale decir garantes de lo sagrado. El personaje creado por Baumbach y Gerwig es una nueva versión del Agente Ethan (ver “Un héroe de nuestro tiempo”, en Subjetiva de nadie, Edit. Entropía), la mejor desde Rachel Getting Married, de Jonathan Demme, pero el gesto con que el director le propone la seguridad comunitaria que el héroe no puede aceptar es inadmisible. Si sucede, debe quedar claro que no hay posibilidad alguna de adaptación, de regreso al hogar, de redención, como queda claro al final de Más corazón que odio.

El formulario para entrar a la universidad de esta película ocupa aquí el lugar del marco de la puerta en la de Ford, pero ese marco estaba también fuera de la diégesis por su estatuto de silueta marcada por la iluminación, mientras que el formulario de Mistress America es un objeto incorporado a ella que no alumbra otro destino que el del “sentido común” más convincente, que en términos económicos es el de la alta burguesía intelectual neoyorquina, plano de la realidad al que la protagonista no pertenece pero desde el que Baumbach cuenta con ligera –amorosa, si se quiere- condescendencia, con seguridad algo excesiva, incapaz de abrazar la incertidumbre tortuosa del misterio. Por Marcos Vieytes.

31. Las mil y una noches Vol 1, 2 y 3, de Miguel Gomes. Por Gabriel Orqueda. Acá los textos 1, 2 y 3.

32. Dope, de Rick Famuyiwa. Del veterano director Rick Famuyiwa, americano con fuerte bagaje nigeriano, llega Dope, un típico coming of age contemporáneo con la sutil diferencia de que su trío protagonista está conformado en su totalidad por jóvenes negros de barrios bajos que, además de ser discriminados por su color de piel, son discriminados por sus gustos (fanáticos de la cultura pop y memorabilia de los años ’90, que hoy resulta retro), y hasta son llamados por sus pares como “blanquitos” o “étnicamente confundidos”. En este confuso mundo habita Malcolm Adekanbi, que por una situación hitchcockiana queda en poder de varios kilos de MDMA (contracción de la metilendioximetanfetamina), y junto a sus amigos no tienen mejor idea que ponerse a venderlos por internet, ya que es la única forma en la que el pobre de Malcolm podría conseguir el dinero para inscribirse en la facultad.

Crítica dura al sistema educativo, a la discriminación entre vecinos y a los submundo alienantes a los que los jóvenes se ven expuestos, Dope sabe reírse la realidad que recrea mientras continúa disparando dardo tras dardo. A pesar de que la estructura narrativa y ciertos diálogos parecen calcados de cualquier película de la Nueva Comedia Americana, la frescura de sus personajes y su discurso político la vuelven una película que es necesario revisar, más aún como producto de un país cuyo cine industrial tiende hacia un discurso cada día más hegemónico. Por Santiago Martínez Cartier.

tangerine-cover33. The Green Inferno, de Eli Roth. Quien haya visto Holocausto Caníbal, de Ruggero Deodato, no puede disgustarse frente a The Green Inferno. Con treinta y tres años de diferencia la película de Roth no alcanza los niveles de crudeza de aquella; sin embargo, para quienes no vieron la película de Deodato, The Green Inferno puede resultarles un exceso retorcido de mala calidad. No están equivocados, pero desconocer la expresa raíz del proyecto (Green Inferno iba a ser el título original de Holocausto caníbal) impide apreciar el homenaje que le dedica a una obra maestra del cine de explotación gore y, por lo tanto, su intencional espíritu clase Z que incluye malas actuaciones, situaciones en extremo bizarras, mucho látex, muñecos y litros de pintura roja. Esa voluntad queda en evidencia al comparar los presupuestos de ambas películas. La crítica sobre los intereses que corren por debajo de las organizaciones ecologistas internacionales, el genocidio occidental de los pueblos originarios y cuestiones relacionadas terminan excedidas por la violencia y la sangre, pero no importa si asumimos que el fin de películas como ésta es, justamente, que el espectador morboso se regodee sin culpas. Por Nuria Silva.

34. Tangerine, de Sean Baker. La nueva producción de los Hermanos Duplass debe ser de las películas más inusuales, tanto en técnica y en guion como en representación de minorías, del Hollywood de los últimos diez años, como mínimo. Filmada íntegramente con un iPhone, Tangerine comienza con un diálogo entre dos mujeres trans que trabajan como prostitutas en la ciudad de Los Ángeles; una acaba de pasar 28 días en prisión y le pide a la otra que le informe sobre el paradero de su novio, un dealer del barrio. “¿No sabías? Se anda cogiendo a una pescada que trabaja para él”, le responde. Entonces Sin-Dee, la protagonista, se dispone a cruzar la ciudad entera si es necesario hasta encontrar a la maldita mujer que la volvió cornuda mientras pasaba sus días tras las rejas. Esta versión sórdida y urbana de La Odisea además está condimentada con el relato en paralelo de un pobre taxista armenio, que sólo busca una prostituta trans con la que pasar el rato pero todo parece complicársele. La rapidez y el tono coloquial de los diálogos, junto con la velocidad del montaje, la vuelven un tour-de-force vertiginoso y renovador por tierras desconocidas que Hollywood siempre quiso hacer ver como conocidas y amables, negando una realidad mayor y rica en personalidades, relatos y posibilidades. Su estilo despojado y crudo recuerda al shock que generaron Pizza, birra, faso y Mundo grúa en la Argentina, que tan importantes fueron para cambiar los aires narrativos y estéticos en favor de algo nuevo; ¿será el advenimiento de un Nuevo Cine Americano, polifónico y sin prejuicios? Soñar no cuesta nada. Por Santiago Martínez Cartier.

[1] Los perpelejos, según María Zambrano en “La ‘guía’, forma del pensamiento” son seres “cuya vida será una alternativa de gracia y angustia, de transparencia y confusión, que sólo ellos sabrán resolver. (…) Son los que están aparte de todos y no llegan a ser únicos, (…) los que andan sin acción posible por falta de personajes, por falta de fantasía creadora y por exceder su posibilidad del canon común de lo anónimo. Alguien sin definición precisa y que anda en su busca.» (Hacia un saber del alma, Losada, Buenos Aires, 2005).


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