No hay nada más poderoso que la muerte para dar inicio a un relato. O para intuir la necesidad de reconstruirlo antes de que se pierda. Empezar entonces por retener la memoria de los mayores. Una y mil veces empieza recalcando esa necesidad. Un mensaje telefónico desde España lo advierte: ha muerto uno de los miembros de un acontecimiento social y político casi desconocido, olvidado, y el resto de los sobrevivientes entienden que es el momento para recuperar esa memoria, que solo está presente en los que la protagonizaron.

No es la única muerte a la que se alude. Hay otra, que se va construyendo en el documental a medida que el relato avanza. Esa muerte no tiene el sentido de recuperación, sino que funciona como un motivo que atraviesa toda la película. La de “Meme” Altesor, o Pedro el uruguayo, instala la necesidad reparatoria de la memoria, de rendir honor al que cayó, a quien no pudo regresar al hogar, a la patria. Entre las dos muertes hay algo más de cuarenta años y unos cuantos miles de kilómetros que las separan. La de Pedro ocurre en Nicaragua en 1979; la de Daniel, en España en el 2020. Las dos se encuentran unidas por un hilo que los entrevistados definen como la pertenencia a “una banda de hermanos”. Ambos formaron parte de un grupo de uruguayos, forjados en la militancia política en la izquierda representada por Tupamaros, exiliados primero en Chile y luego en Cuba, que voluntariamente participaron de las brigadas internacionales que apoyaron la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua. 52 orientales que dejaron la relativa comodidad de la vida en La Habana para ser parte de la Revolución Sandinista que triunfaría en julio de 1979.

El relato se concentra, antes que en un anecdotario individual, en recobrar eso que en Uruguay “se habla con la boca bajita” como se dice al inicio. Un relato que después de un acercamiento inicial a los orígenes de algunos de los involucrados, se decanta por una narrativa colectiva que recurre siempre a la segunda persona del plural. Un “nosotros” implícito que sostiene la pertenencia a algo que es más grande que su acción como individuos. Si la nominación deriva en los personalismos, se opta aquí por identificaciones más amplias. Espacios de militancia originales –FARO, MLN, Tupamaros- en los que a lo sumo se menciona a “la conducción”, sin ningún nombre propio. Agrupamientos en las brigadas internacionales y referencia a la revolución como una articulación entre el pueblo y el Frente Sandinista. Una decisión que deriva del criterio que llevó a los uruguayos a participar en Nicaragua. Aunque pareciera ajeno, pero a partir de la postura internacionalista, se vuelve propio: si la lucha trasciende las fronteras de los países, la lógica implica que los nombres propios en ese punto comienzan a carecer de importancia.

Como el documental se desinteresa de trazar el recorrido histórico que siguió la Revolución Sandinista, se detiene entonces en la forma en que los uruguayos llegaron allí, los motivos por los que se les ofreció participar –la experiencia y los conocimientos previos en artillería, por ejemplo-, el rol de Cuba en apoyo a los procesos revolucionarios y liberadores de América Latina y el lugar que ocupaba en la lucha la Guardia Nacional que defendía al gobierno de Anastasio Somoza –y no deja de ser impactante la propaganda que convocaba a sumarse a sus filas. Y de allí al periplo que los llevó de Cuba hasta el Frente Sur de Nicaragua, tras pasar por Panamá y un vuelo clandestino a Costa Rica. La mención a que al momento de llegar fueron recibidos con bombardeos, habilita a eludir la referencia estricta a batallas –apenas se menciona la de la Colina 50 por la muerte de Pedro-, escaramuzas y avances y retrocesos. Lo que importa, en fin, es la decisión de ese grupo de hombres de sumarse a una causa popular.

Existen matices, sin embargo. El documental no se cimenta en la idea heroica o de entrega apasionada. En todo caso, se permite exponer los miedos –Butazzoni narrando el momento en que resistía a los ataques tirado boca abajo en un puente- y las dudas –abandonar a la familia, la posibilidad de no volver a ver a los hijos- y esa dualidad que se plantea en los hijos entre el orgullo por sus padres y la ausencia que nunca puede completarse en el caso de “Meme”. Es que como dice uno de ellos, en esas decisiones de marchar a la lucha se mezclan la responsabilidad con la irresponsabilidad. Pero justamente esos elementos son los que construyen la imagen de un combatiente revolucionario que escapa de la unidimensionalidad romantizada. Es quizás en la reflexión final del mismo Butazzoni que encuentra su mejor definición, cuando el título del documental cobra sentido, atravesando los problemas y las dudas para seguir afirmándose en la acción y en las decisiones que se volverían a tomar, una y mil veces.

Una y mil veces (Argentina, 2025) Dirección: Ernesto Fontán. Guión: Ernesto Fontán, Marcos Coria y Bruno Scarponi. Fotografía: Bruno Scarponi. Edición: Sebastián Frota y Ernesto Fontán. Duración: 68 minutos.

Si te gustó esta nota podés invitarnos un cafecito por acá: