Fin de año es un momento para tomar alcohol y reunirse con gente a la que uno ve poco y nada el resto del calendario. Todo lo que sucede en esas fechas queda sumergido en una nebulosa. El agotamiento del año hace que se pierda registro de los eventos que ocurren entre el 20 de diciembre y el 2 de enero, para poner una fecha de inicio y de corte a ese tiempo extraviado. En el 2021, este periodo coincidió con el estreno de No mires arriba, que sin dudas fue uno de los eventos cinematográficos del año. Rápidamente comenzaron a surgir comentarios a favor y en contra de la última película de Adam McKay. La historia es la siguiente: dos científicos, el doctor Randall Mindy y la estudiante de astronomía Kate Dibiansky, descubren los indicios de un evento de extinción que en seis meses acabará con la vida en la Tierra. A partir de ese hallazgo, comienza una odisea absurda y patética en la que ambos personajes, notablemente interpretados por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, intentan convencer a la sociedad estadounidense, y sobre todo a su presidenta (Meryl Streep), del inexorable fin de la humanidad.

En redes sociales, No mires arriba fue adjetivada como grotesca y poco verosímil. Como un espectador que disfrutó mucho de las primeras comedias de McKay (sobre todo las extraordinarias El reportero y Al diablo con las noticias), entre sidra y pan dulce decidí ver la película y me encontré con un ácido retrato de la vulgaridad de la clase política de Estados Unidos y sobre todo del negacionismo que impera en gran parte de la sociedad a escala mundial. Sostenida en ese espíritu de negación radical, “la gente” prefiere hacer oídos sordos a la colisión del meteorito contra la Tierra para continuar con su vida como si nada sucediera. El argumento de McKay no me pareció ni grotesco ni absurdo. Mientras miraba la película me venían a la mente las opiniones de los expertos en salud en relación a la pandemia del Covid. Sobre todo ciertas demandas desesperadas de los médicos intensivistas que pedían (casi suplicaban) por mayores medidas de restricción de circulación para impedir el colapso de los hospitales. Pensé en esos llamados de la comunidad científica en la escena en la que DiCaprio y Lawrence esperan ser atendidos por la presidenta y su entorno y durante horas son dejados en un segundo plano debido a la organización de un cumpleaños. Lo paradójico en No mires arriba es que una vez que los científicos logran acceder al interés de la sociedad política y civil, se desata una tragedia aún mayor. Se mete en el asunto un magnate que parece parodiar a Steve Jobs (interpretado de modo acertadamente siniestro por Mark Rylance) y que manipula a la opinión pública y a la clase política para priorizar los negocios por sobre la mirada científica, sin importar que esto lleve al colapso total.

Nadie puede negar que la película de McKay es despareja, excesiva en duración y con un casting discutible, excepto los mencionados DiCaprio, Lawrence y Jonah Hill, que interpreta al inútil y miserable hijo de la presidenta y que de algún modo es el representante de ese cine salvaje de comienzos del siglo XXI que los críticos enunciaron hace tiempo como Nueva Comedia Americana. Meryl Streep también se luce (como siempre) en el papel de una presidenta inepta e inescrupulosa, pero ese lucimiento técnico habitual no deja de hacernos pensar que el desborde de los comediantes presentes en las primeras comedias de McKay seguramente hubiera sido más funcional a la lógica de este relato. Le sucede algo similar a Cate Blanchett en el lugar de la periodista frívola, quien junto a Tyler Perry interpretan a los conductores del noticiero en el que los científicos intentan concientizar a las masas del peligro inminente que las acecha. Es inevitable, en este sentido, comparar las actuaciones de Perry y Blanchett con las de Ferrell, Steve Carell, Paul Rudd y Christina Applegate en la saga de Ron Burgundy. En el caso de No mires arriba, los conductores del noticiero representan de modo absurdo el desinterés que el mundo político y mediático tienen ante un tema dramático como es el cambio climático, pero detrás de esa capa de grotesco lo que tenemos es una mirada pesimista del orden social en el que vivimos. Podemos pensar que la película funciona en su totalidad como una indagación acerca de la circulación de la información en el mundo contemporáneo, a la vez que trata con precisión sociológica el modo en el que las redes sociales afectan al cuerpo social de modo global.

Con menos pretensiones que en El vicepresidente: Más allá del poder (2018), en la que McKay sigue la biografía de Dick Cheney y de paso se da el gusto de repasar y repensar los últimos 50 años de la política americana, en esta oportunidad el director de Ricky Bobby – Loco por la velocidad (2006) utiliza una comedia de trazo deliberadamente grueso que por medio del exceso y la hipérbole enfrenta al espectador a la crisis ambiental y económica que condiciona la vida dentro del modo de producción capitalista. Y el tono absurdo se construye a partir del contraste entre los enunciados científicos que exponen los personajes de DiCaprio y Lawrence y la indiferencia de quienes prefieren pensar en elecciones legislativas antes que de ocuparse en serio de esta amenaza global. En tanto el evento de extinción pasa a un segundo plano, los científicos se convierten en caricaturas, objetos de memes: ella en la histérica que anuncia el fin del mundo; él pasa a pcupar el papel de un científico sexy. En este sentido, se acusó a la película de convertirse en un panfleto burdo y exagerado, sin embargo esa crítica niega un linaje al que la filmografía de McKay pareciera suscribir. Películas como El reportero (2004), Hermanastros (2008) y Policías de repuesto (2010) son la representación cabal de esa mirada corrosiva que muestra a sujetos en conflicto con el medio que los rodea. No mires arriba también se puede pensar en relación a películas como Idiocracy de Mike Judge, que dan cuenta de modo exacerbado de un orden social banal y autodestructivo a través de la caricatura de la sociedad americana (que tuvo presidentes como George Bush hijo y Donald Trump, personajes a los que sin duda también podríamos categorizar como grotescos y absurdos).

Hace ya dos siglos Marx hablaba del capitalismo como de un sistema autodestructivo que inexorablemente llevaría a la humanidad a la extinción, en tanto y en cuanto no hubiera un control que limitara al capital en su inacabable sed de ganancias. Para Marx, la revolución socialista transformaría ese escenario sombrío en una vida digna de ser vivida en la que el hombre sería libre de hacer lo que quisiera con su tiempo. Finalmente, nada de eso ocurrió. Doscientos años después vivimos en una sociedad regida por el imperio del capital en la que esa lógica de ganancia pareciera ser lo único que rige las acciones de los sujetos. El paradigma representando en la película por la asociación entre el magnate negacionista y la presidenta es el reflejo cabal de esa conexión entre el sistema político y el financiero que está llevando al mundo a un colapso de dimensiones desconocidas. Ese paradigma neoliberal que muchos mandatarios priorizaron en tiempos de Covid (Bolsonaro, Trump, Boris Johnson, entre otros) es lo que hace aún más sombría y pesimista la visión del mundo real que presenta la película de McKay.

Finalmente, solo queda el consuelo del rezo familiar, como sucede en la escena final. De algún modo esa escena dialoga con la escena final de El vicepresidente, en la que vemos a los Cheney también reunidos en torno al altar familiar. Esa moraleja conservadora que expone a lo privado como redención frente a lo público (la política, los medios) termina opacando los méritos de una película despareja pero que, en sus mejores momentos, expone la banalidad de un mundo en estado de descomposición que pareciera no importarle a nadie.

Calificación: 7/10

No mires arriba (Don’t Look Up, Estados Unidos, 2021). Dirección: Adam McKay. Guion: Adam McKay, Adam Sirota. Fotografía: Linus Sandgren Edición: Hank Corwin. Reparto: Jennifer Lawrence, Leonardo DiCaprio, Meryl Streep, Jonah Hill, Cate Blanchett, Timothee Chalamet, Mark Rylance, Melanie Lynskey,Tyler Perry, Ariana Grande. Duración 138 minutos. Disponible en Netflix.


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