13435435315_f1a8fa27aa_nLa protagonista de Santa Lucía también se llama Lucía pero no es una santa si no una mujer con todas las letras, fuera y dentro de esta película a la que cabe llamar documental pero también vehículo y, por lo tanto, también ficción porque se vale de estrategias de representación sencillas y potentes. Santa Lucía transporta información histórica además de provocar un hecho jurídico, la denuncia aún no realizada de secuestrados y desaparecidos en la localidad tucumana homónima, y hasta la existencia de un sótano usado para torturar que fue tapiado con cemento y recién adquiere existencia legal durante el rodaje de esta película. Estamos hablando entonces de una película que sigue descubriendo crímenes de nuestro pasado reciente, que es nuestro presente, con toda la conmoción que ello implica para personajes y espectadores.

Conducida por la sobrina de un trabajador desaparecido, ahora maestra de historia, la película muestra primero los efectos de las dictaduras militares en la Provincia de Tucumán en general, y en los alrededores del Ingenio Azucarero Santa Lucía en particular, a partir del golpe de Onganía. Los restos abandonados del Ingenio presiden el pueblo y los planos generales como los castillos presidían los de las películas de terror góticas, y esas ruinas reúnen los fantasmas del abortado país industrial, de los cosechadores y obreros explotados, finalmente secuestrados, torturados y desaparecidos. Las imágenes de archivo son fuertemente resignificadas por la pantalla grande, razón por la cual el Gaumont cumple funciones que exceden a las de una sala de cine comercial y entran en el orden de la instalación.

Santa Lucía no despliega una puesta en escena radical sino un claro desarrollo narrativo que culmina, como hemos dicho, en la justicia, y un tono seguro y amoroso que es el de su protagonista, a través de quien accedemos al miedo vigente de hombres y mujeres de extracción rural que cuentan vivencias de la represión ante una cámara por primera vez, sin la más mínima delectación morbosa. Los ojos de todos ellos cuentan mucho más que sus bocas no obstante elocuentes, incluso en el caso de Jorge Mittlebach, único oficial del ejército que ordenó desmantelar el aparato de tortura de su regimiento y que accede a charlar con la protagonista en cámara y testificar si fuera necesario.

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La convención formal evidente de Santa Lucía es el fondo musical que incluso atenúa empalmes (raccords) potencialmente poderosos como el de la cebolla picada por la sobrina de uno de los desaparecidos y la foto de éste que aparece en el plano siguiente, pero ese fondo sonoro no es continuo ni agresivo y hasta cumple funciones amables u hospitalarias hacia el espectador. Tampoco relativiza la gravedad de los hechos ni exalta el dolor. Está ahí, aparece y desaparece como una nota de acompañamiento e incluso de consuelo, que es lo que parece primar en la madre de la protagonista cuyo hermano desaparecido está enterrado, según ella, en ese sótano cegado del Ingenio sobre el que ha instalado un comedor público. Incapaz de hablar sobre el pasado ha hecho de la labor comunitaria un testimonio en sí mismo, ha mantenido a los desamparados dándoles de comer hasta que otra generación de su propia sangre y en otro marco político pudiera ir más allá, actuando legalmente contra los culpables a pesar del riesgo aún alto en un país que todavía no aclaró la desaparición de Julio Jorge López y en una provincia como Tucumán en la que la represión fue especialmente feroz, Bussi resultó electo Gobernador ya en democracia, y buena parte del funcionamiento social sigue arraigado en matrices feudales.

P.S.: Unos días después de haber escrito este texto se acercó a mi departamento Lucía Mercado, bioquímica y autora de Santa Lucía de Tucumán: La Base y El ingenio Santa Lucía de Tucumán: Los primeros habitantes, entre otros libros sobre el tema. Según me comentara en ese momento, la directora de esta película no habría reconocido los aportes que sus investigaciones significaron para la película, y quería que yo lo supiera y consignase.

Santa Lucía (Argentina, 2012), de Andrea Schellemberg, c/ Lucía Aguilar, Marta Gómez, Miguel Gómez, Jorge Mittelbach, 76’.


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