Rouge Amargo es otra película predecible y obvia desde la secuencia de títulos. Todo está subrayado varias veces para que nosotros, los espectadores con un coeficiente intelectual bajísimo, entendamos lo que está sucediendo. Todo aparece estilizado como en una comedia, pero no es una comedia y en eso consiste su peor defecto. Para variar, el cine argentino nos entrega otra película sofisticada y pretenciosa, que quiere cagar más arriba de su culo.
Veamos el argumento: En un hotel alojamiento, Julián (Luciano Caceres) escucha gritos de una mujer. [No pregunten qué hace un tipo solo en un hotel alojamiento.] Sale al pasillo, se encuentra con Cyntia (Emme), que está desnuda [¡Bingo!] y le pide ayuda. (Cesar Vianco) es el tipo malo, el que acaba de matar al cliente de Cyntia, que sí, es una puta y estaba trabajando. Julián y el tipo malo se pelean. Cyntia aprovecha para vestirse [Procura ponerse todo, hasta las medias… me llama la atención que no la enfocaran pintándose los labios, también, mientras los otros se dan una paliza, total, había tiempo… es cierto que se están peleando, pero no importa]. En fin, el fiambre es un candidato a diputado. Antes de que llegue la policía, Julián y  Cyntia escapan del hotel. Tienen que ir a un lugar seguro para esconderse. Cyntia propone visitar a Rita (Gustavo Moro), una travesti amiga. Mientras tanto, un periodista (Nicolás Pauls) estaba aguardando encontrarse con Cyntia en un bar, pero al enterarse de los sucesos por la televisión, comprende que las cosas no salieron como esperaba. ¿Por qué estaba el periodista aguardando a la prostituta? Porque ella tiene una información que pondría en jaque a más de un político corrupto. Sin embargo, hay varios peces gordos tras esa información… pasan varias cosas más, pero me cansé de contar la trama. Al final, ganan los buenos. Fin.
Ahora bien. ¿Por qué este tipo de películas me resultan inexplicables? ¿Tengo algo «en contra» del género policial? Por dios, no. El género policial es un género muy noble. Mi problema con este tipo de películas es que no las entiendo. Es decir, entiendo el argumento. Pero no entiendo para qué sirven. No les encuentro sentido. No me entretienen, no me hacen pensar, no me distraen, no me divierten, no me generan nada. O sea, me gusta ver las tetas de Emme, obvio. ¿A quién no? Pero más allá de eso… ¿qué me aporta? Nada, me resulta -simplemente- una película vulgar. Realizada con inteligencia, es cierto, pero una inteligencia puesta al servicio de un modo de entretenimiento que no entiendo y con el que no consigo vincularme.
Hay un público para este cine, como hay un público que prefiere el amarillismo canalla y la prensa basura. Pero yo no formo parte de ese público y tampoco entiendo a la gente que prefiere leer la sección de policiales del periódico por sobre todas las cosas. Es como cuando hay un accidente y nunca falta alguno que se excita ante la posibilidad de ver sangre. No entiendo esta manera de ser, me parece morbosa y me genera malestar. Me hace sentir incómodo.
Acepto la premisa de que el cine es arte y, como tal, es capaz de sublimar las emociones, pero me parece que hay métodos y métodos para conseguirlo. No voy a decir que unos sean mejores que otros. En su lugar, diré que me siento más a gusto con unas maneras de sublimación que con otras. En este caso, todo el discurso me parece chocante. Me parece que el gran problema que tiene Rouge amargo, como tantas (tantísimas, ay) películas del cine argentino es que están agotadas desde antes de comenzar el rodaje. ¿Por qué? Porque son incapaces de construir una ficción fuera de la maquinaria de una moral banalizada. Básicamente, porque están pensadas para satisfacer a un supuesto gran público que responderá al estímulo de manera predecible. Lo peor, digo, es que muchas veces consiguen su cometido.
Esto es así: el periodista es bueno porque el actor que eligieron es Nicolás Pauls, obvio. Si fuera un morachazo feo, probablemente no sería tan bueno. Pero es Nicolás Pauls, así que es obvio que tiene que ser bueno y noble. Con esos ojazos… ¿cómo no va a ser el bueno?. ¿Y qué me dicen de Emme? Es prostituta, sí, pero ella «está en cualquiera» y sufre por su suerte, así que es buena también. ¿Cómo va a ser mala una chica tan linda? ¿Y qué más? Ah, cierto, como somos re abiertos de mente, también aceptamos que una travesti pueda ser buena, a pesar de todo.
¿Es que nadie se da cuenta que la película propone un discurso que se supone simple, donde es obvio quiénes son los buenos y quiénes son los malos, lo que quizás no sea ni tan simple ni tan obvio? ¿No se dan cuenta que detrás de este modo de pensar efectista y paternalista se esconde una subvaloración de la inteligencia del espectador promedio? A ver si me explico: en la película es obvio quiénes son los buenos y quiénes los malos desde la secuencia de títulos, pero ¿por qué los buenos son los buenos y los malos son los malos? En rigor, por ninguna razón en particular, simplemente porque toda la película está construida para que esa pauta sea evidente, tal como el peor periodismo acostumbra hacer a través de la manipulación de la información. Hay que tener cuidado con este tipo de cine, pues impone su didáctica pedagógica y paternalista a la fuerza. Peor aún, utiliza el poder del arte para vehiculizar un modo de pensar ineficiente. Propone una realidad que, más allá de guardar semejanzas o no con la realidad cotidiana, promueve un modo de pensar y sentir que atrasa décadas. En el mejor de los casos, intenta renovar la ilusión de una justicia posible… pero jamás se cuestiona cuál es exactamente esa justicia. ¿Por qué los buenos son los buenos? ¿Qué es lo que han hecho los buenos para que los convirtamos en «héroes»?
Pensábamos que el montajismo soviético pertenecía al pasado. Pensábamos que somos capaces de realizar complejos procesos de análisis de información. Este tipo de películas nos recuerdan que no, que todavía somos total y completamente manipulables. Denle al público lo que el público quiere y a callar.

Clin caja.


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