En su novela Slapstik (Payasadas, 1976) [Adaptada por Steven Paul al cine, en 1986, con Jerry Lewis en el papel protagónico] Kurt Vonnegut ensaya la idea de que, para solucionar el problema de la superpoblación y el hambre, los chinos inventaron y desarrollaron la técnica de la miniaturización humana (inolvidable Pat Morita como Fu Manchu, el diminuto oficial de la República Popular China). Esta idea, poderosa y atractiva, no se desarrolla entonces, pero marca un precedente. (Dicen que las mejores novelas contienen otras novelas, en potencia). Pequeña gran vida retoma esa misma idea y la amplía en esta fábula científica, que se plantea como una utopía y una anti-utopía, alternativamente.

Pequeña gran vida (Downsizing) comienza, de manera previsible, con el Dr. Jorgen Asbjørnsen (Rolf Lassgård) en su laboratorio, experimentando con ratas hasta que el experimento arroja un resultado positivo; luego sigue, lógicamente, todo lo que ello implica. A medida que avanza la trama, la película se vuelve menos previsible. En eso, más que en ninguna otra cosa, radica su inteligencia: en que podría haber estirado ese argumento de base hasta el final, anteponiendo un mundo normal contra un mundo miniatura, como otrora lo hicieron películas como Innerspace (1987), Honey, I Shrunk the Kids (1989), o, incluso la ya clásica The Incredible Shrinking Man (1957)  (basada en una novela de Richard Matheson), y sin embargo no lo hace.

Con acierto, Pequeña gran vida parte de esa idea sólo para abandonarla oportunamente. Dados los elementos que la propia película plantea, lo lógico sería que algo salga mal con el experimento y que, entonces, el protagonista tenga que revertir el proceso de alguna manera. También podría haber pasado que, dada su nueva condición, el protagonista se viera envuelto en un problema que sólo podría solucionar gracias a la miniaturización. O miles de variaciones posibles, en ese tenor y estilo. Increíblemente, no pasa nada de todo eso, ni ninguna variación semejante. Pequeña gran vida apunta hacia otro blanco y acierta, convirtiéndose en una auténtica película de ciencia ficción en la que se plantean problemas reales y se ensayan soluciones posibles.

El tópico de los diferentes tamaños y su contraste da paso a otro tópico, mucho más interesante: el de la posibilidad de la supervivencia y el reinicio de la vida, tal como la conocemos. La posibilidad de comenzar la civilización desde cero, nuevamente. Tópico que, por otra parte, ha sido ampliamente explotado por la ciencia ficción pero que dista mucho de haberse agotado. Por lo demás, la manera específica en la que Pequeña gran vida explota ese tópico está llena de inesperados giros argumentales y de un fino humor que matizan la solemnidad que, acaso, arrastra un tema tan grave.

La película sabe reconstruirse a sí misma. Construye diferentes situaciones de tensión dramática y, luego, genera otras situaciones que desplazan o anulan esa tensión, llevando el argumento hacia diferentes instancias y dotando a la película de un dinamismo prolijo y ocurrente. En cierto sentido, la película también luce como muchas películas combinadas en una sola, en la que el único elemento común sería el protagonista, Paul Safranek (Matt Damon). Un personaje que, por cierto, no tiene ninguna característica particular, ni destacable y que, sin querer, funciona para cuestionar la figura del héroe.

Asimismo, Pequeña gran vida contiene algunos chistes francamente geniales, como cuando, en una fiesta de viejos alumnos, se entera que uno de sus compañeros ahora es anestesista. «Soy tan aburrido que hago que la gente se duerma, sin usar drogas», dice. En un remate estupendo, la esposa, a su lado, explica que tiene que escuchar ese mismo chiste, al menos dos veces por semana. Luego, en otra brillante escena, Ngoc Lan Tran (Hong Chau) explica las ocho alternativas posibles por las que los americanos tienen sexo.

En definitiva, es una película inteligente, muy bien llevada, dinámica, con actuaciones destacables (la de Christoph Waltz en el papel del libertino y moralmente ambiguo Dusan Mirkovic es antológica), que plantea un tópico característico de la ciencia ficción pero desligándose del género (o extrayendo lo mejor de él), que puede verse como una tragicomedia utópica en la que se plantean asuntos de extrema y genuina gravedad, pero con mucha soltura y gran humor, sin volverse nunca ni excesivamente paródica ni satírica. Se anima a plantear una incógnita sin caer en la moralina de una respuesta exacta. En este sentido, es una película muy anti-norteamericana y el compasivo retrato de las clases bajas (donde es fácil rastrear a las minorías latinas que tanto temor causan en ciertos sectores norteamericanos) lo deja bien claro. El protagonista va descubriendo al mundo, a los sucesivos mundos, y el director Alexander Payne sabe comunicarlo a la perfección.

Finalmente, la idea de que, si tuviésemos otra oportunidad, volveríamos a cometer los mismos errores, es una auténtica toma de posición filosófica ante el mundo. Más que una nota falsa, el director ofrece una visión honesta al respecto. Las nihilistas conclusiones de Dusan Mirkovic trascienden a la propia película y captan muy bien cierto clima de época.

Pequeña gran vida (Downsizing, EUA, 2018), de Alexander Payne, c/Matt Damon, Kristen Wiig, Christoph Waltz, Hong Chau, Rolf Lassgård, Jason Sudekis, 135′.


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