Al amanecer, un hombre sube a la terraza a fumar. Su rostro está apesadumbrado. Luego desciende las escaleras, arrastrando sus pies, acompañado por el sonido de las llaves que tiene en su mano, dispuesto a trabajar en un pequeño local de bocadillos al paso, cercano a las vías del tren.

Este es el comienzo de Una pastelería en Tokio (An, 2015), de la galardonada directora japonesa Naomi Kawase, film que fue seleccionado como película de apertura en la sección Un certain regard en el Festival de Cannes de ese año, y  que también formó parte de la selección oficial de festivales como Toronto, Melbourne, Chicago y Seminci.

Se sabe que el trabajo en un local de comidas es sacrificado, y en el caso de la pastelería requiere comenzar las tareas muy temprano para tener todo a punto para la clientela. Es importante amar ese trabajo para que lo degustado devenga una obra de arte para el paladar. Pero sabemos que en esta vida tan complicada y dura no siempre podemos hacer lo que amamos, a veces se trabaja de lo que se puede o de lo que las circunstancias determinan. Tal es el caso de nuestro protagonista, Sentaro (Masatoshi Nagase), quien pese a que le gusta beber alcohol y comer salado, paradógicamente vende en su local doriyakis, un tradicional bocadillo japonés que consiste en panqueques rellenos de una pasta de frijol dulce, llamada An. Este relleno es difícil de hacer y Sentaro trata de que su local sobreviva como puede, de manera que lo compra a granel de manera industrial.

En la vida de Sentaro, una mañana se cruza una mujer anciana llamada Tokue (Kirin Kiki) y una joven colegiala llamada Wakana (Kyara Uchida), y a partir de ese encuentro un cambio marcará las vidas de los tres. Es significativo señalar que la directora elige, para la puesta en escena del encuentro de los tres protagonistas, un marco natural de gran belleza fotográfica signado por los árboles de cerezo. Este detalle no es menor, pues la flor del cerezo, de corto esplendor, se asocia en la cultura japonesa a la transitoriedad de la vida y a la vez a la posibilidad de la transformación.

Tokue le pide a Sentaro tomar el trabajo de medio tiempo en la pastelería, pero Sentaro se niega debido a su edad (76 años), por lo sacrificado del trabajo a realizar. Pero Tokue no se rinde e insiste, haciéndole probar su pasta de frijol artesanal. La magia de tan delicioso manjar convence a Sentaro de contratarla como su ayudante. Wakana, por su parte, vive con una madre casi siempre ausente, que poco se interesa por ella y la presiona para que trabaje, en vez de continuar sus estudios secundarios, debido a la precariedad económica de su hogar (de hecho el vínculo que establece Wakana con Sentaro no es sólo para comer algo en el entretiempo del colegio, sino también para llevarse las sobras de panqueques, que generosamente le da).

El boca a boca de los nuevos doriyakis con las pasta de frijol hecha por Tokue hace crecer las ventas del local de Sentaro, quien se siente  más feliz y reconocido en su trabajo.  Pero ya sabemos que los chismes corren rápido, tanto para lo bueno como para lo malo: también crece el rumor de la lepra de Tokue, cuyas secuelas se perciben en sus manos, a la vez deformes y tocadas por el don.

Poco a poco, a medida que avance la trama, a través de los diálogos que se van dando entre los personajes, vamos conociendo el pasado y la situación actual de cada uno. Hay un elemento simbólico de la puesta en escena que representa a los tres personajes. Es el canario de Wakana que vive encerrado en su jaula. Es que cada uno, a su manera, transita su propio encierro, impuesto por la sociedad o la familia, y que los coloca en una situación de desesperanza y tristeza. Sentaro administra la pastelería de dulces que no le gustan como pago de la deuda que tiene con el dueño del local, debido a su pasado violento, vinculado al alcohol, que lo llevó a pasar un tiempo en la cárcel. Wakana intenta huir de su hogar, debido a la mala relación con su madre, y a su presión por deshacerse del canario, luego de las quejas de un vecino. Y Tokue halla en su trabajo en la pastelería un ámbito de integración social y dignidad, que no tuvo desde su juventud cuando quedó confinada al aislamiento al padecer de lepra (de hecho en 1996 recién se derogó en Japón la Ley de Prevención de la Lepra de 1953, que los recluía en sanatorios, fuera de la vista del mundo). Y de este modo, la película se acerca a la fábula, permitiendo a cada uno de los personajes encontrar su propio camino de libertad.

Aquí Kawase deja claramente sentada su posición humanista a contramano de las políticas neoliberales del capitalismo, que pondera a la juventud para explotar su fuerza de trabajo y donde los prejuicios contra quienes tienen antecedentes penales, contra los viejos y los enfermos de cualquier índole, no les permiten integrarse a la sociedad a través de una tarea que los dignifique. Y a la vez realza el valor de lo artesanal y lo tradicional contra la industrialización y la importación, producto de la globalización, de productos de consumo pre-hechos para abaratar costos.

Más allá de que pueda reprochársele a la directora la evidente pretensión de dejar un mensaje de optimismo y esperanza al espectador -en el que la occidentalización de la filosofía japonesa rápidamente puede convertirlo en recetas de vida new age-, la película sale airosa porque tiene todo el sello del universo propio de Kawase: sensibilidad a la hora de narrar, uso de los primeros planos para dar lugar a las emociones, y una poética fotográfica de la naturaleza, con sus apreciados cerezos en flor, que nos hacen sentir en el cuerpo, ese soplo que es la vida, esa fugacidad donde, sin embargo, el legado de una transmisión deseante puede permanecer.

Una pastelería en Tokio (An, Japón/Francia/Alemania, 2015). Dirección: Naomi Kawase. Guion: Naomi Kawase (basado en la novela de Durian Sukegawa). Fotografía: Shigeki Akiyama. Edición: Tina Baz. Elenco: Kirin Kiki, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida. Duración: 113 minutos.