les-innocentes_poster_goldposter_com_2Cuenta de cuerpos. Antes las guerras tenían un principio y un final. Y después del final, cuando empezaba a clarear el día luego del humo, los estruendos y la mugre, también aparecía el paisaje después de la batalla: la recuperación de los cuerpos, el reacomodamiento geopolítico y de las luchas de y por el poder, la reinserción a los escombros que quedaron de las casas, los juicios, y, en suma, la reconstrucción de países, de provincias, de ciudades y de pueblos, cada una con su macro/microcosmos. La historia que cuenta sobriamente –su mayor mérito- esta película de Anne Fontaine nos instala en agosto de 1945, cuando se están desarmando los teatros de operaciones, y  la manipulación de Polonia por parte de alemanes y rusos se estabiliza con la República Popular que se prolongará hasta 1989:  de una gran y prolongada tragedia sin fronteras como fue la II Guerra Mundial el foco de Las inocentes se cierra -en ese duelo y necesidad de renacimiento- sobre un puñado de mujeres cuyos cuerpos cuentan las consecuencias personales del conflicto que, en ellas, se extiende en otros conflictos morales y religiosos.

Cruz-cruce-cruces.  La tarea de la joven Mathilde, como integrante de la Cruz Roja, consiste en recibir heridos de guerra franceses para estabilizarlos y repatriarlos, luego del desarme de los campamentos militares de guerra. Destacada en su labor asistente será quien acuda, secretamente y muy a pesar de ellas, a socorrer a un grupo de monjas de un convento que no sólo tuvieron que afrontar la invasión brutal y abusiva de su recinto a cuenta del ejército ruso sino que varias de ellas quedaron embarazadas. El suceso desata un dilema más que complicado: no pueden hacerlo público, ni a su iglesia, ni a su pueblo, ni a sus nuevos mandatarios, y sumado a su propia vergüenza y desconocimiento de su propio cuerpo el vía crucis estalla internamente. Y su única ayuda, Mathilde, es quien clandestinamente cruza un largo y riesgoso camino entre el hospital y el convento que tanto la acercará más a las monjas por piedad como por identificación cuando tenga que enfrentar ella misma una situación similar en un puesto del ejército en medio de su trayecto. El proceso de los nacimientos y el interrogante por el destino de los niños será otro escollo para la inútil negación como forma de imposible escape: de alguna forma el infierno las arrastra a una desconocida concepción de vida y de la vida.

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El frente de la retaguardia. Fontaine, también guionista, expone un conflicto muy lacerante y complejo de la manera más despojada posible, cuando esta historia real se prestaba tanto para el fácil y demagogo abordaje folletinesco con violines y toda la orquesta, como para el enjuiciamiento de la toma de decisiones de sus atribuladas protagonistas. Desdeñando la grandiosidad para la desgracia que destilan tantas películas que hurgan la condición humana con un ojo en la taquilla y el otro en los premios, prefiere detenerse en los rostros de ellas, su proceso de cambio, en la acción decidida de su heroína, y acompañarlas íntimamente en su refugio que,  así como afuera todo es engañosa luz –se termina una guerra pero empieza un largo período opresivo-, se asemejan a ocultas catacumbas que difícilmente las protejan de su sufrimiento.

Seguramente en un conflicto bélico los que están en el frente y quienes cuidan la retaguardia tienen iguales riesgos y compromisos, y Las inocentes es una película de, sobre y con mujeres, que vuelca su mirada sobre quienes se quedaron a curar y ayudar pero terminaron probablemente más heridas que los combatientes. De paso, sin avisar y quien sabe si sin quererlo, en estos días de justas reivindicaciones y luchas contra los abusos nos recuerda cómo -si bien hoy tenemos medios para conocer gráficamente y al momento brutalidades que desafían nuestra capacidad de asombro e indignación- la historia tiene largo testimonio de sometimientos a la mujer.

Las inocentes (Francia/Polonia, 2016), de Anne Fontaine, c/Joanna Kulig, Lou de Laâge, Agata Buzek, Agata Kulesza, Anna Próchniak, . 100′.


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