Cuando hace dos años Netflix estrenó la serie de Luis Miguel, se avizoraba el advenimiento de productos similares: biografías de artistas que hasta ese entonces sonaban impensadas. Pasando, entre otras, por The Dirt (2019), biografía de Motley Crue, o la ya polémica ―aunque no se haya estrenado aún― serie sobre Diego Armando Maradona, llegamos al reciente lanzamiento de Amazon: Súbete a mi moto, la historia del grupo juvenil “Menudo”.

Para los que no saben de quienes estamos hablando, Menudo fue un quinteto de pibes boricuas, éxito comercial por dos décadas, que le quemó la cabeza a varias generaciones de jóvenes, principalmente a mujeres. Y como podría imaginarse el lector, después de pensar muy poco, una serie de quince capítulos basados en la historia de este grupo está obligada a mover el foco principal del tema obligado: la música o el arte del grupo. Si la serie fuese realmente la historia de los artistas, de los pibitos y sus canciones, seguramente hubiese estado dirigida a un público infantil o adolescente. Pero Amazon no es tan ingenuo como para creer que la juventud de hoy puede ser enganchada por semejante y vetusto anzuelo. Súbete a mi moto es una producto destinado a la nostalgia de un público mayor, edulcorado con morbo y música, que enfoca en el creador de la banda, Edgardo Díaz.

Los primeros capítulos de la serie tienen mala cocción, algo que huele a pandemia, a apuradas por estrenar, o a falta de otras mejores opciones. De entrada tenemos tres ejes, y aunque suponemos que en algún momento irán a cruzarse, dos de ellos se sirven crudos. En primer lugar, el Edgardo Díaz del pasado está por crear Menudo y poner el puntapié inicial. En segundo lugar, el Edgardo Díaz del presente es entrevistado y cuenta la historia de su vida, convirtiéndose en motor y director de los saltos en el tiempo y dueño de la narrativa principal. Y en tercer lugar, con vertiginosos planos impersonales y hospitalarios, sabemos que algo malo ocurre en la historia, y a juzgar por el color de la película es parte del pasado. Con el Edgardo joven no hay grandes inconvenientes, la historia comienza a desarrollarse sin mayor dificultad para el espectador. En cuanto al Edgardo del presente, el motivo de la entrevista y quien la realiza son forzados. Finalmente, el tercer eje, la tragedia que va mostrándose muy despacio, viene con tufo: promete, carga responsabilidades para cuando llegue el telón negro, pero huele a morbo verde. Plata, billete, negocio inescrupuloso.

Plata, billete, negocio inescrupuloso es lo que hizo Menudo en su tiempo o, en un paralelismo, Cris Morena con sus productos aborrecibles en nuestro país. Nutridos de niños subidos a escena en roles de preadolescentes, los dueños de estos negocios ponen a trabajar a menores de edad que son arrancados de donde deberían estar. De no haber tanta plata de por medio, de ser niños trabajando en un taller clandestino, por ejemplo, lloverían las denuncias y el ajusticiamiento de sus explotadores. Por el contrario, con el reconocimiento multitudinario del público joven colmando estadios, financiados y alentados por sus padres, este ciclo penoso culmina con varias consecuencias.

En primer lugar, Menudo duró muchos años, casi treinta, aunque los últimos no fueron exitosos. Por lo general estos productos no sobreviven tanto. Menudo realmente fue algo grande, aunque sin entender esta palabra como sinónimo de bueno. Los integrantes de Menudo, como las Chiquititas o Parchís o cuales quieran, en general después de salirse del negocio pierden todo su brillo. En esta serie se muestra el constante entrar y salir de nenes, que arrancan llenos de sueños y en seguida temen a que les salgan pelos en las bolas, les cambie la voz, o se les llene la cara de granos mortuorios. Es que muy rara vez estos grupos han sacado una “figura” capaz de ser exprimida por mucho tiempo. En el caso de Menudo, Ricky Martin es uno que todavía sigue generando plata y llenando de mierda el almacén cultural.

En cuanto a entretenimiento, la serie va de menor a mayor. Sorteados los primeros episodios y rendidos a no seguir el hilo de quién es quién entre los integrantes, el eje principal de una banda en gira, en crecimiento y como suceso ―más allá de lo que represente―, tiene un goce un tanto adictivo. Sobreimpresos en la imagen y marcados con flechas, los nombres de los Menudo se señalan cuando una escena desorienta con el sorpresivo ingreso o la  salida (reemplazo) de alguno de los pibitos, que por sus caras seguramente Cris Morena jamás hubiese contratado. Cuando a un personaje lo interpretan varios actores, al que hizo el casting realmente hay que matarlo. El caso de Ricky Martin es el peor de todos. En la serie lo interpretan dos pibes que son el agua y el aceite. Hasta que no aparece la flecha de “este es Ricky Martin dos años después”, el espástico grandote de fosas nasales gigantescas que reemplaza al enanito carilindo y pésimo actor que lo interpreta primero podría confundirse con Marley en sus primitivos intentos por enmerdecer la cabeza de la gente. En cuanto a las actuaciones, el elenco mayor de edad sortea la prueba sin falencias ni destacables virtudes. En cuanto a los menores, en su mayoría son muy maderas. La duda que queda es si los fuera de sincro entre lo cantado y la mímica de los actores es un defecto, o un homenaje a tantos años de playbacks.

Cada capítulo termina enganchándote para ver el próximo, con un suspenso bien puesto. Y, por lo general, ese suspenso está ligado a una decisión que Edgardo Díaz debe tomar. Así, la acción principal siempre avanza en torno a las decisiones del productor, y construyendo muy por lo bajo un debate sobre su moral. La música queda de lado, aunque en cada capítulo tiene su momento. La selección de temas se vuelve un poco repetitiva y permite suponer que Menudo no debe haber tenido muchos éxitos, o más bien corrobora que ni a su propia serie le interesa la música del grupo.

Los capítulos finales de la Súbete a mi moto son más agrios. Menudo ya está robando, es un Titanic con rumbo a las profundidades y el glamour y la espectacularidad de las giras le cede el lugar a varias escenas oscuras, o escenarios menos vistosos. El eje de la entrevista a Edgardo Díaz rápidamente se funde con el tercer eje, con lo trágico, y la serie se ensucia en un final polémico. En la serie de Luis Miguel, lo que engancha al espectador es la trama policial vinculada a la madre. Incluso es lo que terminada la serie sigue alimentando varios programas de televisión y generando reproducciones de sus discos. En la de Menudo, ese gancho es mucho más rebuscado y, a juzgar de quien escribe, tiradísimo de los pelos. La tragedia la encarna una fanática del grupo, en un hecho que no incluye a ninguno de los “artistas” ni a su jefe Edgardo. Sin caer en spoilers, decimos que ese suceso no dará lugar a programas televisivos, repetitivas investigaciones de Ventura, ni a consuelos tántricos de fanáticas para con Ricky Martin o alguno de sus colegas. La intrascendencia es tal que ni bien se resuelve a “Súbete a mi moto” le restan minutos, la banda desaparece y Edgardo Díaz zafa otra vez de quedar recordado como lo que realmente es: un explotador.

Súbete a mi moto (México/Puerto Rico, 2020). Creadores: Mary Black-Suárez, Sergio Jablon. Elenco: Josette Vidal, Yamil Urena, Braulio Castillo hijo, Edgar Cuevas, Claudette Maillé. Disponible en Amazon Prime Video.


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